Nélida L. Del Estal Sastre
Domingo, 25 de Abril de 2021
CON LOS CINCO SENTIDOS

Cuando te pierdes dentro de ti mismo

[Img #52275]No viene en los manuales, no conozco un solo libro en el que te enseñen a afrontar una pérdida sin que te duela. No hace falta que la pérdida sea de una persona cercana porque ésta haya fallecido, o de una mascota a la que adorabas y que te ha dejado solo sin más entretenimiento que portar su correa de un lado a otro de la casa, como si fueras un zombie,  esperando que salte sobre tí porque recuerdas que era su hora de salir a pasear.

 

Se pueden perder muchas cosas. Unas llaves, unas gafas, algo de tu ropa interior en un hotel en el que disfrutaste una noche cualquiera. Puedes perder la cordura por amor o por odio, sentimientos demasiado intensos y cercanos... Puedes perder todo tu dinero por una nefasta inversión, o perder una amistad a la que le  prestaste ese dinero que casi no tenías y jamás hizo ademán de devolverte  un  solo céntimo. Eso te dolió porque esa persona se aprovechó de tu bondad y natural generosidad y te defraudó tanto que su recuerdo te eriza el vello devolviéndote al ayer como si fuera el hoy.

 

Se pueden perder cosas y personas. Pero debe de de ser terrible perder la memoria sobre todas ellas. No imagino  si perder la memoria y olvidarte hasta de quién eres duele físicamente. Lo ignoro. Confieso que espero y deseo  no experimentarlo jamás. Si lo experimento, nunca me acordaré de contaros lo que se siente porque no recordaré que os conocí. Triste paradoja.

 

Perderte dentro de tí mismo puede que no duela cuando ya has olvidado hasta la cara de tus hijos. Pero en tanto llega ese definitivo momento de abandono de tu persona y alrededores por parte de tu mente, debe de doler el alma sentir que no recuerdas ciertos detalles sobre tu vida, que era tan obvios que serían imposibles de olvidar. Pero tú ya no los recuerdas con nitidez y poco a poco, todo se emborrona y se diluye en la lejanía, como un eco en una cueva más allá del horizonte por el que planean los pájaros que ahora pueblan tu cabeza.

 

Hasta que llega el tremendo día en el que no sabes que la persona que ha ido a verte o te saluda con efusividad es tu hermano, o tu hijo, o tu esposa. No reconoces esas facciones, ni siquiera te resultan familiares. Quizá te preguntas ¿por qué está llorando esta señora que tengo delante? Esa señora que llora y que ya es una extraña para ti,  es tu hija a la que adorabas y colmabas de besos y atenciones, a la que enseñaste a montar en bici un caluroso verano y con la   que salías al patio en bañador para que la lluvia os empapara alzando los brazos al cielo y riendo a carcajadas.

 

El Alzheimer es una de las enfermedades más hijas de puta por las que una persona puede pasar. No sé qué se debe sentir en un mundo interior en el que te has olvidado hasta  de tí mismo.

Nélida L. del Estal Sastre

 

 

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