CON LOS CINCO SENTIDOS
Zapatos
Muchas veces me pregunto cómo es posible que algunas personas no sean capaces de conectar emocionalmente con otras, de sentir lo que otros sienten y de mostrar un poco de empatía, siquiera por el hecho de que ellos también podrán pasar en cualquier momento por las mismas circunstancias que ahora miran desde la distancia o la superioridad de la que se creen investidos. La respuesta no es sencilla, desde luego.
Dicen los expertos, que la persona que es incapaz de ponerse en el lugar de otro, incapaz de sentir remordimiento alguno cuando inflige un mal, físico o psicológico a ese otro par, se conoce como psicópata o sociópata. Son personas que pueden pasar o no desapercibidas, que se adaptan a la vida en la sociedad, pero cuyos códigos “morales” (…) son muy rígidos. Los hay victimistas, que piensan que todo lo que les ocurre es por culpa de los demás, no por sus acciones u omisiones, éstos piensan que son el centro del universo y que los problemas del resto, no son problemas, no los identifican como tales. Suelen mentir de manera compulsiva y con total impunidad. No tienen conciencia de ello, es su código para vivir en comunidad.
También los hay manipuladores, éstos son muy peligrosos, más si cabe que los anteriores que van de víctimas. Utilizan a las personas para someterlas emocionalmente, las hacen dependientes de sus deseos hasta convertirlas en monigotes sin ideas propias, pues todo lo que hagan o digan habrá de ser supervisado y escrutado o fiscalizado por el manipulador. Los manipuladores sumen a sus parejas o familiares en profundas depresiones, cohíben, coartan y hacen ver a los demás que no valen, que no importan, hasta que los pobres, se sienten la nada. Cada vez me encuentro con más casos de este tipo desde la explosión exponencial de las redes sociales, esas que crean lazos tan endebles como ficticios. Son contados los casos en los que, de una relación de amistad por la red, se extrae algo verdadero, doy fe. Y estos casos que se salvan es porque esa amistad virtual se ha convertido en amistad personal y esas personas se han llegado a conocer de manera física y presencial. Yo tengo excelentes amigos que conocí de primeras a través de las redes sociales. Pero no suele ser lo habitual.
En las redes todos vociferan, mienten, vuelcan una imagen al exterior que no es la suya. Es como si se expusieran en un escaparate con el mejor traje que poseen, pero ese traje nada tiene que ver con el que habitualmente visten. Son los que hablan sin saber, se ofenden si ser ellos destinatarios de ninguna ofensa (el hecho de que se ofendan denota un grado de egolatría más que evidente) y los que critican casi todo sin aportar una mierda para cambiar lo que les disgusta.
Si todos nos pusiéramos en el lugar del otro, sólo de vez en cuando, unos minutos, pasando por su calvario, o por su vida sufriente aún con la fachada de una vida ejemplar y ociosa o feliz, seríamos mejores personas. Da la triste circunstancia de que somos demasiado egocéntricos para fijarnos en otra cosa que no sea en nosotros mismos. Así es como las civilizaciones, en lugar de avanzar para hacerse más sociales, más perfectas, se acaban convirtiendo en celdas de cristal, con las ventanas abiertas, con los barrotes de raso, pero sin que ninguno de los inquilinos tenga la menor intención de salir de ellas.
Nélida L. del Estal Sastre
Muchas veces me pregunto cómo es posible que algunas personas no sean capaces de conectar emocionalmente con otras, de sentir lo que otros sienten y de mostrar un poco de empatía, siquiera por el hecho de que ellos también podrán pasar en cualquier momento por las mismas circunstancias que ahora miran desde la distancia o la superioridad de la que se creen investidos. La respuesta no es sencilla, desde luego.
Dicen los expertos, que la persona que es incapaz de ponerse en el lugar de otro, incapaz de sentir remordimiento alguno cuando inflige un mal, físico o psicológico a ese otro par, se conoce como psicópata o sociópata. Son personas que pueden pasar o no desapercibidas, que se adaptan a la vida en la sociedad, pero cuyos códigos “morales” (…) son muy rígidos. Los hay victimistas, que piensan que todo lo que les ocurre es por culpa de los demás, no por sus acciones u omisiones, éstos piensan que son el centro del universo y que los problemas del resto, no son problemas, no los identifican como tales. Suelen mentir de manera compulsiva y con total impunidad. No tienen conciencia de ello, es su código para vivir en comunidad.
También los hay manipuladores, éstos son muy peligrosos, más si cabe que los anteriores que van de víctimas. Utilizan a las personas para someterlas emocionalmente, las hacen dependientes de sus deseos hasta convertirlas en monigotes sin ideas propias, pues todo lo que hagan o digan habrá de ser supervisado y escrutado o fiscalizado por el manipulador. Los manipuladores sumen a sus parejas o familiares en profundas depresiones, cohíben, coartan y hacen ver a los demás que no valen, que no importan, hasta que los pobres, se sienten la nada. Cada vez me encuentro con más casos de este tipo desde la explosión exponencial de las redes sociales, esas que crean lazos tan endebles como ficticios. Son contados los casos en los que, de una relación de amistad por la red, se extrae algo verdadero, doy fe. Y estos casos que se salvan es porque esa amistad virtual se ha convertido en amistad personal y esas personas se han llegado a conocer de manera física y presencial. Yo tengo excelentes amigos que conocí de primeras a través de las redes sociales. Pero no suele ser lo habitual.
En las redes todos vociferan, mienten, vuelcan una imagen al exterior que no es la suya. Es como si se expusieran en un escaparate con el mejor traje que poseen, pero ese traje nada tiene que ver con el que habitualmente visten. Son los que hablan sin saber, se ofenden si ser ellos destinatarios de ninguna ofensa (el hecho de que se ofendan denota un grado de egolatría más que evidente) y los que critican casi todo sin aportar una mierda para cambiar lo que les disgusta.
Si todos nos pusiéramos en el lugar del otro, sólo de vez en cuando, unos minutos, pasando por su calvario, o por su vida sufriente aún con la fachada de una vida ejemplar y ociosa o feliz, seríamos mejores personas. Da la triste circunstancia de que somos demasiado egocéntricos para fijarnos en otra cosa que no sea en nosotros mismos. Así es como las civilizaciones, en lugar de avanzar para hacerse más sociales, más perfectas, se acaban convirtiendo en celdas de cristal, con las ventanas abiertas, con los barrotes de raso, pero sin que ninguno de los inquilinos tenga la menor intención de salir de ellas.
Nélida L. del Estal Sastre


















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