CON LOS CINCO SENTIDOS
No sé qué hacer con lo que siento
Miro a mi alrededor y me veo muy chiquita, aún estando en mi propia casa, en mi refugio donde nadie me ve cuando me arde la vida y no encuentro agua para apagar esta flama. No sé qué demonios hacer con lo que siento por ti, con esta quemazón que me provoca heridas que sangran pero de las que también brotan flores frescas de primavera. El amor duele y yo sangro sal y rosas rojas con tacto de terciopelo, pero con unas espinas que se te clavan como puñales afilados a piedra antigua bajo un torrente frío. Siento la caricia y el color de las amapolas en la piel de mi alma. No sé qué hacer ya con lo que siento; si largarme lejos a buscar la sombra de una encina y olvidarte mientras invento de nuevo mi propia historia, o sembrar con la semilla de mis llantos tanto amor perdido, regalado sin que se mereciera, tirado en el andén de algún cuerpo que no lo valoró como debiera.
Pasan los años, pasan los días y no puedo amarrar en puerto alguno este barco a la deriva en el que se ha convertido mi cabeza. Intento sujetar sus embestidas, esa violencia con la que se me arrebatan las neuronas, que ni con las dos manos largas que tengo son suficiente campo para andarlo, labrarlo y domarlo. No soy un caballo. No puedo doblegar lo que no se deja porque anda solo, sin dueño que le abroche los botones para que no se le vean las costuras y las cicatrices que el tiempo y las personas hicieron en mi torso y en mi costado.
No sé qué hacer con lo que siento, más que decirlo; a ver si de ese modo se me despega esa persona que anda conmigo, que sigue mis pasos, pero que me ahoga y necesito a morir perder de vista. Esa persona que me recuerda a cada instante, cuando el espejo muestra mi reflejo, que soy una, que soy dos, que soy tres, que soy varias y que ya no puedo con tanta carga. Que quiero ser una y que me extiendan el finiquito para descansar de todo y de todos. Necesito ser solo una para saber qué hacer con esto que siento. Quizá siendo solo yo, sin vestiduras ni disfraces que disimulen mi ser, sea que pueda llegar a volverte loco.
Nélida L. del Estal Sastre
Miro a mi alrededor y me veo muy chiquita, aún estando en mi propia casa, en mi refugio donde nadie me ve cuando me arde la vida y no encuentro agua para apagar esta flama. No sé qué demonios hacer con lo que siento por ti, con esta quemazón que me provoca heridas que sangran pero de las que también brotan flores frescas de primavera. El amor duele y yo sangro sal y rosas rojas con tacto de terciopelo, pero con unas espinas que se te clavan como puñales afilados a piedra antigua bajo un torrente frío. Siento la caricia y el color de las amapolas en la piel de mi alma. No sé qué hacer ya con lo que siento; si largarme lejos a buscar la sombra de una encina y olvidarte mientras invento de nuevo mi propia historia, o sembrar con la semilla de mis llantos tanto amor perdido, regalado sin que se mereciera, tirado en el andén de algún cuerpo que no lo valoró como debiera.
Pasan los años, pasan los días y no puedo amarrar en puerto alguno este barco a la deriva en el que se ha convertido mi cabeza. Intento sujetar sus embestidas, esa violencia con la que se me arrebatan las neuronas, que ni con las dos manos largas que tengo son suficiente campo para andarlo, labrarlo y domarlo. No soy un caballo. No puedo doblegar lo que no se deja porque anda solo, sin dueño que le abroche los botones para que no se le vean las costuras y las cicatrices que el tiempo y las personas hicieron en mi torso y en mi costado.
No sé qué hacer con lo que siento, más que decirlo; a ver si de ese modo se me despega esa persona que anda conmigo, que sigue mis pasos, pero que me ahoga y necesito a morir perder de vista. Esa persona que me recuerda a cada instante, cuando el espejo muestra mi reflejo, que soy una, que soy dos, que soy tres, que soy varias y que ya no puedo con tanta carga. Que quiero ser una y que me extiendan el finiquito para descansar de todo y de todos. Necesito ser solo una para saber qué hacer con esto que siento. Quizá siendo solo yo, sin vestiduras ni disfraces que disimulen mi ser, sea que pueda llegar a volverte loco.
Nélida L. del Estal Sastre



















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