ZAMORANA
Dolorosa ausencia en otro mayo
Más allá del gélido frio del invierno, de los días cortos y oscuros, de las noches tristes y eternas; más allá de la soledad, del abandono o de la lastimosa sensación de pérdida, estás tú. Tu imagen que se deshilvana cada día, los recuerdos que se desvanecen, el aroma inconfundible que dejabas a tu paso, las tozudeces, las manías, tus bondades, el cariño que manifestabas, aunque fuera siempre exigiendo la perfección: “camina erguida”, “ponte derecha”, “no hables en voz alta”, “sé paciente” … aquellos consejos que me exasperaban entonces y ahora, transcurrido un tiempo sin ti, los necesito y considero tan valiosos que, incluso, los reproduzco en mi hija.
Te echo tanto de menos que prefiero no recordarte para sentir menos dolorosa la punzada que se clava en mi alma; así que trasiego enredando con mil ocupaciones para impedir que la mente me asaeté con lo importante; en una palabra, te arrincono y pospongo conscientemente en un lugar de mi cabeza.
Sin embargo, descubro tu huella cada vez que voy a la casa familiar, abro un cajón de la cómoda y aspiro el aroma al jabón heno de Pravia con que solías perfumar la ropa. Cojo la toalla aquella a la que añadiste un encaje de ganchillo y quedó tan bonita, tanto que ahora me parece un recuerdo inestimable y único porque lo trabajaste con tus propias manos. ¡Ah, tus manos!, decías que no te gustaban, pero eran bonitas, con dedos largos y finos y unas uñas que cuidabas con una asidua manicura. Cuando enfermaste, te las pintaba con una laca de color perlado y sentía que ese momento era de una comunión especial entre nosotras; ninguna hablaba, y al final exponías las manos ante tus ojos y sonreías satisfecha.
En este mes de mayo que tanto me ha gustado siempre, nos dejaste. Lo hiciste precisamente el día de San Isidro, fecha muy señalada para los labradores que fuimos, y este santo es tan especial para nosotros porque nos reflejamos en él; así es uno de los recuerdos que guardo de mi infancia: ver desde lo alto de la villa a mi padre trabajando en el pueblo, clavando con fuerza el arado en la dura tierra para formar los surcos y caminar hasta él para llevarle el almuerzo antes de irme a la escuela, mientras miraba en silencio sus manos gruesas y encallecidas por el duro esfuerzo.
En este otro lugar donde fuiste tan feliz, en la casa que construisteis a capricho, lejos del ruido y la gente, un hogar siempre pulcro, que respiraba paz, os descubría muchos atardeceres sentados en silencio, a veces a oscuras, casi siempre rememorando aquel Castronuevo que tan definitorio fue en vuestras vidas; y cuando vuelvo, sentada a solas en el porche donde solíamos reunirnos en verano cada vez que os visitaba, cierro los ojos y percibo tímidos recuerdos; los olores se difuminan y ya no siento tus pasos suaves acercándose; tal vez sea que no quiero evocar lo inexistente, ¡qué sé yo!
Más allá de la alegre luz del verano, de las vacaciones, de pasar el tiempo al aire libre, del calor que obliga a vestir prendas ligeras; más allá del griterío de los niños libres de escuela… más allá estás tú, las fotografías en las que me apoyo para no olvidarte, el ejemplo de tu valentía hasta el final, la enseñanza silenciosa que nos legaste, y tantas cosas que algún día tendré que empezar a recobrar, abrir la espita que cierra mi mente y rescatar la memoria, aunque sea a fuerza de dolor, porque –según dicen los que saben- es preciso no demorar demasiado ese momento para que no encallezca el corazón. ¡Presiento que ya es demasiado tarde!
Mª Soledad Martín Turiño
Más allá del gélido frio del invierno, de los días cortos y oscuros, de las noches tristes y eternas; más allá de la soledad, del abandono o de la lastimosa sensación de pérdida, estás tú. Tu imagen que se deshilvana cada día, los recuerdos que se desvanecen, el aroma inconfundible que dejabas a tu paso, las tozudeces, las manías, tus bondades, el cariño que manifestabas, aunque fuera siempre exigiendo la perfección: “camina erguida”, “ponte derecha”, “no hables en voz alta”, “sé paciente” … aquellos consejos que me exasperaban entonces y ahora, transcurrido un tiempo sin ti, los necesito y considero tan valiosos que, incluso, los reproduzco en mi hija.
Te echo tanto de menos que prefiero no recordarte para sentir menos dolorosa la punzada que se clava en mi alma; así que trasiego enredando con mil ocupaciones para impedir que la mente me asaeté con lo importante; en una palabra, te arrincono y pospongo conscientemente en un lugar de mi cabeza.
Sin embargo, descubro tu huella cada vez que voy a la casa familiar, abro un cajón de la cómoda y aspiro el aroma al jabón heno de Pravia con que solías perfumar la ropa. Cojo la toalla aquella a la que añadiste un encaje de ganchillo y quedó tan bonita, tanto que ahora me parece un recuerdo inestimable y único porque lo trabajaste con tus propias manos. ¡Ah, tus manos!, decías que no te gustaban, pero eran bonitas, con dedos largos y finos y unas uñas que cuidabas con una asidua manicura. Cuando enfermaste, te las pintaba con una laca de color perlado y sentía que ese momento era de una comunión especial entre nosotras; ninguna hablaba, y al final exponías las manos ante tus ojos y sonreías satisfecha.
En este mes de mayo que tanto me ha gustado siempre, nos dejaste. Lo hiciste precisamente el día de San Isidro, fecha muy señalada para los labradores que fuimos, y este santo es tan especial para nosotros porque nos reflejamos en él; así es uno de los recuerdos que guardo de mi infancia: ver desde lo alto de la villa a mi padre trabajando en el pueblo, clavando con fuerza el arado en la dura tierra para formar los surcos y caminar hasta él para llevarle el almuerzo antes de irme a la escuela, mientras miraba en silencio sus manos gruesas y encallecidas por el duro esfuerzo.
En este otro lugar donde fuiste tan feliz, en la casa que construisteis a capricho, lejos del ruido y la gente, un hogar siempre pulcro, que respiraba paz, os descubría muchos atardeceres sentados en silencio, a veces a oscuras, casi siempre rememorando aquel Castronuevo que tan definitorio fue en vuestras vidas; y cuando vuelvo, sentada a solas en el porche donde solíamos reunirnos en verano cada vez que os visitaba, cierro los ojos y percibo tímidos recuerdos; los olores se difuminan y ya no siento tus pasos suaves acercándose; tal vez sea que no quiero evocar lo inexistente, ¡qué sé yo!
Más allá de la alegre luz del verano, de las vacaciones, de pasar el tiempo al aire libre, del calor que obliga a vestir prendas ligeras; más allá del griterío de los niños libres de escuela… más allá estás tú, las fotografías en las que me apoyo para no olvidarte, el ejemplo de tu valentía hasta el final, la enseñanza silenciosa que nos legaste, y tantas cosas que algún día tendré que empezar a recobrar, abrir la espita que cierra mi mente y rescatar la memoria, aunque sea a fuerza de dolor, porque –según dicen los que saben- es preciso no demorar demasiado ese momento para que no encallezca el corazón. ¡Presiento que ya es demasiado tarde!
Mª Soledad Martín Turiño

















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