NOCTURNOS
Enamorarse como castigo o como placer
Una pregunta cándida para empezar este nocturno erótico, donde solo tiene cabida el amor: ¿Te molestaría que yo me enamorase de ti? Supongamos que te he conocido, tratado, confesado mis cuitas y escuchado tus anhelos, problemas e ilusiones. De esa relación, más tu imagen, tu belleza, lo que se ve de ti desde fuera, me quedo contigo, me prendo de ti, me entusiasmo, tanto que me paso horas pensando más en tu persona que en mí mismo, en lo que me interesa y conviene. Traduzco: me enamoro. Y te confieso que me he enamorado de ti. Y comparto esa emoción del alma con la mujer que me provoca tal afección. ¿Te perjudico si te lo confieso, te hago daño, te incomoda? A mí jamás me enojaría que tú te enamorases de mí.
Cuando yo desnudo mi alma ante la mujer de la que me he enamorado, me quedo inerme, sin defensas, derrotado, descorazonado, más si ella carece de ese sentimiento hacia mí. Para curarme del despecho, acudiría al olvido. Intentaría descafeinar mi memoria, arrojarla a la zahúrda del tiempo. Yo, para amar a esa dama que me obvia, para la que no significo nada, escribo. Juego con las palabras, tinta del alma, que son verbos enamorados, que se cortejan, que se quieren, para extraer lo mejor de mí del interior de mi esencia. Y sé que las palabras jamás traducirán mi verdad, la realidad de mi sentimiento.
Si no me hubiese enamorado, ahora, en esta noche de primavera extraña, de virus inmorales, de políticas caóticas, me dedicaría a leer a Nietzsche o Schopenhauer, a Montaigne o Popper, a ver una película o a escuchar rock sinfónico o música de Bach o Malher. Pero amo a una mujer sin ser amado, sin esperar ni un solo beso, ni tan si quiera de esos que se pierde en el aire. Y necesito escribir como catarsis, como metamorfosis, como libar néctar de la pasión para fabricar miel de deseo.
Eugenio-Jesús de Ávila
Una pregunta cándida para empezar este nocturno erótico, donde solo tiene cabida el amor: ¿Te molestaría que yo me enamorase de ti? Supongamos que te he conocido, tratado, confesado mis cuitas y escuchado tus anhelos, problemas e ilusiones. De esa relación, más tu imagen, tu belleza, lo que se ve de ti desde fuera, me quedo contigo, me prendo de ti, me entusiasmo, tanto que me paso horas pensando más en tu persona que en mí mismo, en lo que me interesa y conviene. Traduzco: me enamoro. Y te confieso que me he enamorado de ti. Y comparto esa emoción del alma con la mujer que me provoca tal afección. ¿Te perjudico si te lo confieso, te hago daño, te incomoda? A mí jamás me enojaría que tú te enamorases de mí.
Cuando yo desnudo mi alma ante la mujer de la que me he enamorado, me quedo inerme, sin defensas, derrotado, descorazonado, más si ella carece de ese sentimiento hacia mí. Para curarme del despecho, acudiría al olvido. Intentaría descafeinar mi memoria, arrojarla a la zahúrda del tiempo. Yo, para amar a esa dama que me obvia, para la que no significo nada, escribo. Juego con las palabras, tinta del alma, que son verbos enamorados, que se cortejan, que se quieren, para extraer lo mejor de mí del interior de mi esencia. Y sé que las palabras jamás traducirán mi verdad, la realidad de mi sentimiento.
Si no me hubiese enamorado, ahora, en esta noche de primavera extraña, de virus inmorales, de políticas caóticas, me dedicaría a leer a Nietzsche o Schopenhauer, a Montaigne o Popper, a ver una película o a escuchar rock sinfónico o música de Bach o Malher. Pero amo a una mujer sin ser amado, sin esperar ni un solo beso, ni tan si quiera de esos que se pierde en el aire. Y necesito escribir como catarsis, como metamorfosis, como libar néctar de la pasión para fabricar miel de deseo.
Eugenio-Jesús de Ávila


















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