Redacción
Viernes, 04 de Junio de 2021
HABLEMOS

Ideología bitcoin

Carlos Domínguez

[Img #53844]   Es sabido por una magistral escuela de Salamanca, y aquí cualquier comparación con la actualidad rayaría la ofensa a lo mejor de nuestra tradición universitaria, que el motivo de la inflación vivida por el reino de Castilla en el siglo XVI fue la llegada masiva de metales preciosos procedentes de tierras americanas. El mecanismo es de una simplicidad tal, que resulta aplicable más o menos como la ley de Murphy, aunque tirando incluso a peor, a cualquier actividad humana. También a la ideología, susceptible quizá más que ninguna otra de desbordar, prodigarse  y opar la esfera de la acción política.

 

   Desde el experimento radical orquestado por el zapaterismo, España conoce un fenómeno similar. Inflactar a ritmo febril la ideología extremista de izquierda, inspirada en los viejos mitos comunistas del estalinismo y la Komintern, como exorcismo en clave correcta de los fantasmas habituales: fascismo, franquismo, dictadura y demás memoria de barraca, no deja de presentar para la ultraizquierda un grave inconveniente.

 

   Traer a colación sin cesar los mantras habituales, bajo momia y máscara de una antigua república prosoviética, significa desatar en lo ideológico un proceso inflacionario con el efecto habitual, no otro que la devaluación de tan especulativa y volátil mercadería, en este caso la propaganda ofertada a lo bitcoin gracias a las terminales mediáticas de estricta obediencia socialcomunista. Si bien se analiza, ¿qué ocurrió con el asunto de Franco y la exhumación, publicitado hasta la náusea por la pravda gubernamental? Sencillamente que quedó en nada, agotando de una sola vez el efecto agitprop que con él se pretendía. Y nada distinto sucedería si se empeñasen en echar abajo o asaltar la Cruz y la Basílica, en la línea más o menos de lo hecho con el Pazo, de modo que, una vez perpetrada tan heroica hazaña, la izquierda se quedaría sin memoria ni argumentos para airear los eslóganes de costumbre.

 

   Por mucho que se propale, lo de Franco y la dictadura no da más de sí, a los ojos de una ciudadanía que, desde el realismo y el sentido común, según demostraron las elecciones madrileñas, está harta del soniquete republicano y de la memoria histórica. Es decir, tan manida está la vergonzosa y vergonzante iconografía totalitaria de hace un siglo, que ha bastado su proliferación para que, de la mano del lenguaje, la verdad se imponga. Hoy, pese a la inflación bitcoin de la propaganda progresista, el remoquete de franquista ha perdido su valor, simplemente por irreal. De ahí la necesidad de resucitar al alimón el no menos trasnochado de fascista u otros similares, desde el interesado e hipócrita desconocimiento de su realidad histórica. Tales calificativos han perdido hoy toda vigencia y credibilidad. Mas ¿lo han hecho también los de comunista, castrista o chavista, pese a sus muchas y camufladas marcas?

 

   Esto en el día en que el régimen nicaragüense detiene de forma arbitraria a la líder y candidata electoral de la oposición, Cristiana Chamorro, como nueva prueba del proyecto totalitario que de la mano del comunismo internacional se abre camino en Iberoamérica, ante la pasividad si no complacencia de las bienpensantes democracias europeas.

 

 

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