San Pedro: cerámica y ajos
El día de San Pedro no significó mucho para mi durante demasiados años; sin embargo hoy, cuando estoy imbuida de mi tierra, y he aprendido más de ella en los últimos tiempos, que en toda mi vida anterior; hoy estudio y ahondo en las fiestas zamoranas, como la de San Pedro y, al mismo tiempo, reverencio la cultura del barro en todas sus manifestaciones: artística, arquitectónica, cultural…. El barro es tan solo un pedazo de tierra, algo básico, que encuentra el campesino de forma fácil y gratis y que, tras trabajarlo con esmero y esfuerzo, consigue de la tierra más fina ese preciado material que trabajaron hombres y mujeres de gruesas manos acostumbradas a duras labores en hornos artesanos en Pereruela o Moveros dando vida a objetos de uso doméstico: ollas, cazuelas y pucheros. Hoy en día algún que otro taller alfarero continúa resistiendo en las olvidadas regiones zamoranas de Sayago, Aliste y Tierra del Pan destinados, sobre todo, a la decoración ornamental. Estos alfareros del siglo XXI quieren darse a conocer para que su oficio no desaparezca y los jóvenes se interesen por una manera de vivir sencilla y un pasado que no debe perderse; en este sentido conviene recordar el documental Almas de barro, de Dani Keral muy en esta línea.
De barro se construyeron los palomares que salpican los campos castellano-leoneses; unos al cobijo de los pueblos, otros resurgiendo entre la llanura, solitarios, erguidos, algunos ya en ruinas tras haber cumplido su destino. Los palomares son edificaciones antiguas –existió uno en San Pedro de Latarce que data de 1750- y pese a que en la actualidad constituyan tan solo un ornamento arquitectónico, antaño estaban dedicados a la cría de pichones y palomas. De ellos se extraía, además, la palomina utilizada en los campos como un preciado abono natural.
Y como estamos hablando de tierras pobres zamoranas, no se puede obviar el otro gran protagonista de San Pedro: el ajo. En esta festividad los agricultores venden su producto a zamoranos y foráneos; ristras de ajos cuelgan de los tenderetes exhibiendo sus grandes cabezas para orgullo y competición por ver quién es más afortunado y tiene mayor número de ventas. Luego, esas sartas ornarán las casas particulares para consumirlos durante todo el año.
Zamora, y sobre todo la Tierra de Campos, es pobre, de poco puede presumir, pero no se conforma con quedarse aislada en su penuria, sino que saca a la luz aquello que produce, pobre también, pero que ha conformado una seña de identidad única en esta zona. La ciudad se viste de gala, la gente sale a la calle, mira los puestos, compara y adquiere artesanía y ajos como manda la tradición, ya sea para consumo propio o para regalar, porque la fiesta de San Pedro en nuestra tierra se celebra de este modo.
Mª Soledad Martín Turiño
El día de San Pedro no significó mucho para mi durante demasiados años; sin embargo hoy, cuando estoy imbuida de mi tierra, y he aprendido más de ella en los últimos tiempos, que en toda mi vida anterior; hoy estudio y ahondo en las fiestas zamoranas, como la de San Pedro y, al mismo tiempo, reverencio la cultura del barro en todas sus manifestaciones: artística, arquitectónica, cultural…. El barro es tan solo un pedazo de tierra, algo básico, que encuentra el campesino de forma fácil y gratis y que, tras trabajarlo con esmero y esfuerzo, consigue de la tierra más fina ese preciado material que trabajaron hombres y mujeres de gruesas manos acostumbradas a duras labores en hornos artesanos en Pereruela o Moveros dando vida a objetos de uso doméstico: ollas, cazuelas y pucheros. Hoy en día algún que otro taller alfarero continúa resistiendo en las olvidadas regiones zamoranas de Sayago, Aliste y Tierra del Pan destinados, sobre todo, a la decoración ornamental. Estos alfareros del siglo XXI quieren darse a conocer para que su oficio no desaparezca y los jóvenes se interesen por una manera de vivir sencilla y un pasado que no debe perderse; en este sentido conviene recordar el documental Almas de barro, de Dani Keral muy en esta línea.
De barro se construyeron los palomares que salpican los campos castellano-leoneses; unos al cobijo de los pueblos, otros resurgiendo entre la llanura, solitarios, erguidos, algunos ya en ruinas tras haber cumplido su destino. Los palomares son edificaciones antiguas –existió uno en San Pedro de Latarce que data de 1750- y pese a que en la actualidad constituyan tan solo un ornamento arquitectónico, antaño estaban dedicados a la cría de pichones y palomas. De ellos se extraía, además, la palomina utilizada en los campos como un preciado abono natural.
Y como estamos hablando de tierras pobres zamoranas, no se puede obviar el otro gran protagonista de San Pedro: el ajo. En esta festividad los agricultores venden su producto a zamoranos y foráneos; ristras de ajos cuelgan de los tenderetes exhibiendo sus grandes cabezas para orgullo y competición por ver quién es más afortunado y tiene mayor número de ventas. Luego, esas sartas ornarán las casas particulares para consumirlos durante todo el año.
Zamora, y sobre todo la Tierra de Campos, es pobre, de poco puede presumir, pero no se conforma con quedarse aislada en su penuria, sino que saca a la luz aquello que produce, pobre también, pero que ha conformado una seña de identidad única en esta zona. La ciudad se viste de gala, la gente sale a la calle, mira los puestos, compara y adquiere artesanía y ajos como manda la tradición, ya sea para consumo propio o para regalar, porque la fiesta de San Pedro en nuestra tierra se celebra de este modo.
Mª Soledad Martín Turiño


















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