Nélida L. Del Estal Sastre
Domingo, 04 de Julio de 2021
CON LOS CINCO SENTIDOS

Transparente

[Img #54763] De pequeña era muy poquita cosa, de una altura normal para mis pares, pero de una delgadez enfermiza que daba, sinceramente,  algo de pena. Hubiera sido una “extra” de fábula para cualquier película inspirada en la posguerra española o en cualquier otra posguerra de cualquier otro país. Morena de pelo y de tez nívea, piernas escuálidas que se torcían hacia adentro por inercia, para compensar el peso del resto del cuerpo. Aún hoy sigo teniendo ese gesto inconsciente de meter los pies hacia adentro cuando no me doy cuenta… los que me conocen, se ríen cuando lo hago, cuando ese afán dañino de perfeccionismo me juega una mala pasada y los deditos de ambos pies se acercan más que los talones.

    Mi madre es muy blanca y de ojos claros, casi verdes. Los niños con los que iba a clase me decían para joderme que mi madre se bañaba en leche de burra como Cleopatra y que por eso yo salí así. Mi abuelo materno, David,  era rubio con ojos azules, parecía un clon del difunto Duque de Edimburgo, esposo de la longeva reina Isabel II. Ese abuelo se casó con Leonor, morena de ojos  azabache y claro, de esa extraña mezcolanza salí yo. Incolora.

     Nunca me gustó el calor, pero he trabajado en muchas labores del campo siendo una niña y adolescente. He recogido patatas a las cinco de la mañana después de una farra en las fiestas del pueblo y sin dormir. Verme recoger patatas, agachada y con las gafas de sol puestas era un verdadero poema, pero trabajaba. Mi abuelo  me decía “si estás bien para ir de fiesta, estás bien para trabajar”. Así era, a ver quién le iba a llevar la contraria a ese señor alto, que jugaba a la pelota mano y de un guantazo te podía mandar a otro país… Dios, os aseguro que tenía unas manos enormes. Era verlo a lomos de uno de sus caballos y parecía una estatua. No se nos unía en la recogida de la uva, o de las patatas, o en la trilla, no. Estaba en la atalaya de su montura a caballo, mirando si nos torcíamos de linde en el sembrado. Parecía un caballero medieval, de ordeno y mando pero no me bajo del equino porque mis calzas se ensucian. Te echaba una mirada y sabías que, en la comida, te iba a hacer palmas con las orejas. La colleja a vuela pluma era su especialidad; no la veías venir, pero venía…

   Recuerdo que me decía que era demasiado sibarita para ser hija de un maestro. Supongo que eso del trabajo intelectual no era trabajo para él, porque leyendo no se suda la gota gorda. Entiendo esa manera de ser, esos tiempos. Lo entiendo todo. Gracias a esa manera de concebir la vida, más la que me enseñaron mis padres, soy como soy. Todo me ha influenciado y ha conformado el conglomerado que es mi yo actual. Abuelos rudos y sufrientes, padre culto, sensible y amoroso y madre alejada de todo signo de frivolidad, intensa y poco dada a muestras de cariño por absolutamente nadie.

   El resultado no me disgusta, pero tampoco me llena. Alguien transparente, sin fisuras y, precisamente por esa circunstancia, alguien a quien dañar con suma facilidad. Es lo que hay. Es lo que soy. No voy a cambiar porque no me da la gana.  C'est fini

  

Nélida L. del Estal Sastre

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