Miércoles, 04 de Febrero de 2026

Luis-Felipe Delgado de Castro
Domingo, 15 de Agosto de 2021
TRADICIÓN

El Tránsito

[Img #55904]Os contaba hace un mes aquí mismo la colección de estampas que vivimos y añoramos en la infancia, en las novenas del Carmen, allá en aquellos tiempos de la adolescencia, hoy tan lejanos.


Un mes más tarde, cuando el calor cercaba la ciudad y fustigaba con un sol de fuego,  una pura brasa, llegaba la siguiente manifestación popular de fe. La novena a la Virgen del Tránsito, otra de las palabras mayores de las advocaciones marianas de la ciudad. Aquí os presento la imagen, en una postal antigua, de singular encanto, de tanta difusión en aquellos tiempos.


Caía el día, llegaba aún ardiente el atardecer con el bochorno encima de los hombros. Familias enteras se dirigían al convento del Tránsito. Y si sobraba tiempo, un paseo bajo las acacias del parque de San Martín, en el que una gran cruz, resaltada en un arco que decían histórico, dominaba el principal espacio. Luego, ya de mayores, supimos que en la república, la guerra civil y la posguerra, usaron malamente ese símbolo para luchar contra las ideas del otro. Los unos, embistiendo con ella, arrogándose en exclusiva su figura y defensa, más espada que cruz, y los otros, fustigándola y derribándola con saña, sin más razón que el odio a una representación de paz y amor.

 

En ese parque de San Martín, se había levantado años después, cuando cruzaba nuestra infancia por él, esa cruz, cuya sombra solo cobijó a una parte de ellos, que la erigieron como signo de victoria y no de perdón y de futuro, ligándola exclusivamente a sus muertos. La cruz, una vez más a lo largo de la historia, había sido manoseada por pensamientos y doctrinas tan lejanos a su primitivo y auténtico significado, el de una vida entregada por los demás. Hoy, tantos años después, parece que aún estorba y ofende. ¡Qué pena!
Pero sigamos al hilo de la  novena.


El altar mayor y camarín aparecían revestidos por un amplísimo dosel de color azul cielo o Purísima, festoneado de estrellas, que aún se coloca hoy día, extendido desde una gran corona encajada en las alturas del presbiterio.
Se enlazaban novenas, una tras otra, hasta que el templo, ya de noche, cerraba sus puertas y las monjas se quedaban a solas con su Madre. Toda Zamora, la ciudad de entonces, pasaba por allí en estos días. Un rito ingenuamente piadoso pero enraizado en el pueblo.

 


La leyenda, tan popular a través de los siglos, apunta la autoría de la imagen a dos peregrinos, dos ángeles, que cumplieron milagrosamente los deseos de aquellas monjas venidas de Gandía, que echaban tanto de menos la imagen de la Virgen dormida de su lejano convento valenciano. Así nos lo contó el paso de los años y de los libros y de las narraciones boca a boca, y así lo hemos asumido. Leyenda y devoción sólidamente unidas.
En el corazón antiguo de la ciudad, hermoso y sobrio a la vez, permanece con vida propia el convento, sustentado por vocaciones clarisas que no desfallecen en tiempos como éstos. Allí la imagen, la Virgen del Tránsito, en su camarín perpetuo, continúa presidiendo las rutinas, sueños, ausencias, dolores, afanes, de sus devotos. Ella siempre está allí y parece dormida. Pero la fe nos dice que no. Por eso nunca está sola y mucho menos en estos días de su novena.

LUIS-FELIPE DELGADO DE CASTRO

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