NOCTURNOS
Morir sin amar
Hay hombres, ignoro si también formarán parte de este grupo las féminas, que se enamoran de mujeres que los desprecian, desdeñan y humillan. Son varones, perdóneseme el adjetivo, gilipollas. Personas que perdieron la cordura por damas que dibujaron caricaturas de sus defectos, físicos y psíquicos, sobre un lienzo de lino, tejido de ucronía.
Confieso que alcancé, en cierta ocasión, la miseria de la estulticia erótica en el camino de la vida. Me enamoré cuando a mi edad está prohibido, por ley, amar. A los de mi generación se les considera desecho de tienta de la pasión, gente que camina hacia la nada, donde no existen los besos, ni las caricias, ni la rima que dé música a las estrofas enamoradas.
Amar ahora, cuando tienes más pasado en la memoria que futuro en el recuerdo, sin recibir una miaja de ternura, unos gramos de cariño y unos besos como versos en el palimpsesto de tu paladar, te desmorona el alma, te arruina el espíritu y te enluta el corazón. Porque no se puede amar a lo tonto, porque ese es un lujo de la pubertad, de la adolescencia estúpida, de la madurez sin seso. Amar sin amor solo sirve para componer poemas románticos, adecuados para aliviar el peso de la utopía erótica, que te carga las espaldas de deseos irrealizables, los que generan frustración y hacen de la vida una muerte viva.
Confesaré, en el juicio final de mi vida erótica, tras haberme dejado seducir por las tres parcas, que me arrepiento de haber amado a quién nunca mereció mi amor, a quien jamás me dedicó ni tan si quiera una mirada de agua fresca, ni una palabra preñada de dulzura, ni un piropo que me vibrase en los adentros de este vivir sin querer, de esta morir sin amar.
Eugenio-Jesús de Ávila
Hay hombres, ignoro si también formarán parte de este grupo las féminas, que se enamoran de mujeres que los desprecian, desdeñan y humillan. Son varones, perdóneseme el adjetivo, gilipollas. Personas que perdieron la cordura por damas que dibujaron caricaturas de sus defectos, físicos y psíquicos, sobre un lienzo de lino, tejido de ucronía.
Confieso que alcancé, en cierta ocasión, la miseria de la estulticia erótica en el camino de la vida. Me enamoré cuando a mi edad está prohibido, por ley, amar. A los de mi generación se les considera desecho de tienta de la pasión, gente que camina hacia la nada, donde no existen los besos, ni las caricias, ni la rima que dé música a las estrofas enamoradas.
Amar ahora, cuando tienes más pasado en la memoria que futuro en el recuerdo, sin recibir una miaja de ternura, unos gramos de cariño y unos besos como versos en el palimpsesto de tu paladar, te desmorona el alma, te arruina el espíritu y te enluta el corazón. Porque no se puede amar a lo tonto, porque ese es un lujo de la pubertad, de la adolescencia estúpida, de la madurez sin seso. Amar sin amor solo sirve para componer poemas románticos, adecuados para aliviar el peso de la utopía erótica, que te carga las espaldas de deseos irrealizables, los que generan frustración y hacen de la vida una muerte viva.
Confesaré, en el juicio final de mi vida erótica, tras haberme dejado seducir por las tres parcas, que me arrepiento de haber amado a quién nunca mereció mi amor, a quien jamás me dedicó ni tan si quiera una mirada de agua fresca, ni una palabra preñada de dulzura, ni un piropo que me vibrase en los adentros de este vivir sin querer, de esta morir sin amar.
Eugenio-Jesús de Ávila
















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