Sábado, 29 de Noviembre de 2025

Eugenio de Ávila
Miércoles, 01 de Septiembre de 2021
ZAMORANA

Palabros de mi pueblo

[Img #56360]Porque soy de Zamora y quiero a mi provincia, si no de qué me daría estos apipones luchando cada día por mi tierra, mientras otros candongos de poco pelaje, van con una carritulera de discursos manidos que solo provocan un tímido barullo mientras se enviscan unos a otros, dispuestos a embrollar las situaciones en lugar de arreglarlas.

 

Me desazonan las frases manidas, los tópicos de quienes llenan el drupo a fuerza de nuestra pasividad, que se ve a la legua el desinterés que demuestran, pese a que voceen en sus mítines para callar la boca a un auditorio muchas veces morugo y amonado, que no se rebulle de su asiento por más que lo que escuche le ponga roncero cuando oye parlar al orador de turno que, a veces, pese a su prestancia y cargo, ni les llega a los zancajos.

 

Prefiero a los labradores de mi pueblo y de todos los pueblos, que van con sus atavales, a veces viven en chiriviteles, pero son buena gente, aunque convivan a veces con algún pellejo que no calla la boca y eso les provoque una justificada murria. Esos hombres que solo paraban de trabajar un rato para almorzar un cacho de chorizo y tocino de matanza, acompañado de la encetadura de un trozo de pan y un cancarro de vino con que suavizar el gaznate seco por el airón y el polvo de la cosecha. A veces sus piernas se enrataban con el perro, fiel amigo siempre a su lado, y le participaban de la comida, cosa que agradecía con ladridos, gracietas y saltos.

 

Ahora muchas casas aparecen arroñadas, pero hace años, cuando aún el pueblo aún estaba vivo, las calles estaban llenas de cagalitas que dejaban tras de sí los rebaños, y de paja que iban soltando los carros o los remolques tras la siega, y había mujeres que con badila y escoba en ristre iban recogiendo el forraje para hacer fuego y calentarse un poco en sus casas.

 

Recuerdo las veces que regresaba mi abuelo a casa, después de haber estado a la abrigada con un par de amigos, charlando en silencio, con los hatos del trabajo y comiendo un rebojo antes de volver a casa. A veces tardaba tanto que mi abuela tenía que mandar razón para buscarle con algún perillán que jugaba en la calle; sin embargo, el muchacho solía olvidar el recado y seguía retozando teso arriba, teso abajo, hasta que la mujer, desesperada, por enésima vez, salía de casa y a voz en grito decía:

 

“¡demonio de crío, a saber en qué estará pensando, si no me ha hecho caso!”

 

Mi abuelo llegaba al poco rato y se encontraba con la abuela mohína, que le servía la cena apenas matada la friura, con las patatas más frías que otro poco, pero se las comía sin rebullir mirando de reojo a la mujer que devanaba el ovillo de la vachilla, llena de alfileteros e hilos para continuar con un jersey de punto eterno. Después de cenar, se sentaban en silencio; él en el escaño, cogía el chisquero, el librito y un poco de picadura de tabaco y se fabricaba un cigarro con una parsimonia que casi constituía un rito. A poco de dar las once, trancaba la puerta y limpiaba un poco de ferruje que escupían los viejos goznes antes de irse a dormir.

 

Muchos días entraba en casa el muchacho y le daban un currusco de pan, aunque a él le gustaba sobre todo el migollo, que devoraba a muerdos, y una fuente de fruta de la que comía cermeños y albérchigos con tal voracidad que raro era el día que no se añusgaba. Al chiquillo lo criaban un poco entre todos los vecinos del pueblo, pues su madre tenía más mocosos de los que podía atender. Le querían todos, a pesar de que estaba sobrao de roña y solía ir con tantas piteras en el pantalón que parecía ir a culo pajarero trotando por las calles, y recibiendo más soplamocos de los que merecía, sobre todo de los muchachos mayores y por eso se pasaba el día emberronao cuando no se espurría en un viejo jergón para curarse de la panadera.

 

Daba pena verlo lleno de berbujones, dolorido y siempre con alguna mancadura, pero no quería ni oír hablar de la escuela, aunque le dieran pizarrines que entoñaba en el teso para comerciar con ellos, pero era perdulario por naturaleza y luego no solía encontrarlos, lo que le hacía implarse temblándole la mamola. Conocía todo lo que crecía en la maleza, y gustaba de recolectar alberjacas que arrancaba con furia para comerlas tras limpiar un poco las raíces; en otras ocasiones cruzaba una cortina o entraba en el huerto de alguna finca cercana para robar unas peras o manzanas de los árboles, aunque solía salir trasquilado porque le enviscaban los perros y tenía que correr para salvarse del ataque.

 

Cuando llegaba a casa, su agotada madre le sacaba cualquier cosa de la fresquera para cenar, le acochaba con cariño, le amollecía el jergón y se preocupaba al ver al pequeño más encanecido en comparanza con los otros hijos, pero desde la postura del sol su espalda le dolía tanto que apenas llegaba a casa empuntiaba a los muchachos a dormir para poder descansar ella también.

 

Son, en fin, recuerdos pasados, dichos y palabros que todavía resuenan en mis oídos, de gentes sencillas, poco cultas de academia, pero licenciados en el arte de la vida; gentes de un pueblo de esos que aparecen con letra pequeña en los mapas que estudiamos en la escuela. Cuando he pensado en recuperar algunas de ellas, me han dicho: “¡déjate en paz!. Si eso no importa ya a nadie” pero yo, fiel a mi norma de hacer lo que dicta mi conciencia, he contestado:

 

“Cada cabeza, una sentencia”.

 

Y aquí está lo que he recordado: Palabros, historias, recuerdos

Mª Soledad Martín Turiño

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