HABLEMOS
Realineamientos necesarios
Carlos Domínguez
No todo se ha perdido con Afganistán. Pese a la magnitud del desastre, para Occidente se trata ahora de recuperar la confianza en sí mismo, la creencia en la superioridad técnica, económica, cultural y moral de nuestra civilización, detentando como detenta aún la fuerza y el ascendiente en todos los órdenes, incluido el político y, de ser preciso, también el militar.
Desde una cobardía proverbial, la Europa servil a todo aquello que mina los cimientos de nuestro mundo no cuenta, porque tampoco es necesaria. El Viejo continente se ha convertido en mero hinterland dominado por los gigantes asiáticos, Rusia y China en su convergencia doblemente agresiva, para depender de la primera en el plano energético, y en el comercial de la segunda dentro de un mercado global.
Bajo liderazgo de EEUU, Occidente debe recuperar la iniciativa, en defensa de la democracia y la libertad. Puede hacerse, a partir del área de tradición histórica y cultural anglosajona (países de la Commonwealth), cuya extensión, situación y potencia en el plano demográfico y el económico son innegables, con miras a fortalecer las posiciones propias. Igual que en el pasado, USA y Reino Unido serían los pilares de la nueva alianza, adaptada a la actual coyuntura y capaz de renovar una OTAN en crisis a causa de su misma finalidad, no otra que la contención del expansionismo soviético en el marco hoy caduco de la Guerra Fría, volcada junto a la antigua política de bloques en un escenario europeo.
Occidente demanda realineamientos integradores, en condiciones de establecer las grandes directrices de una acción eficaz. Algo que requiere desde la perspectiva atlántica el compromiso claro de Canadá, más allá de las lógicas suspicacias hacia su vecino. Pero esencialmente obliga a contemplar el Pacífico como nuevo escenario, donde la irrupción de China fuerza a Australia a asumir un mayor protagonismo dentro del ANZUS, como baluarte llamado a reforzar en el flanco suroriental el papel de la ASEAN, dada la amenaza que pende sobre sus miembros.
Sin embargo, la pieza maestra de esa renovada arquitectura internacional es la India, potencia silente como lo fuera China hace cuatro décadas, con el suficiente peso territorial y demográfico para contrarrestar el del gigante septentrional. Quizás el gran error de Occidente haya sido no impulsar su crecimiento económico, en paralelo al experimentado por China. Ello acompañado de unas miopes reticencias a la hora de potenciar su papel militar y estratégico, ante el temor a graves desequilibrios regionales, desde la posibilidad de choque directo con Pakistán, e indirectamente con el resto de naciones islámicas.
La India es la clave, y sin duda puede hacerse. Mas, para Occidente, el cabo suelto sigue siendo el que siempre fue, Oriente Medio con Israel enfrentado ya, y en guerra abierta más pronto que tarde con Irán, arrastrando a la inmensa mayoría del mundo árabe. Con semejante tigre desatado, ¿quién le pone el cascabel al gato, americanos incluidos? Pues urge hacerlo, a fin de evitar un posible e inabarcable doble frente. A diferencia de Obama y Biden, Trump lo comprendió a la perfección.
No todo se ha perdido con Afganistán. Pese a la magnitud del desastre, para Occidente se trata ahora de recuperar la confianza en sí mismo, la creencia en la superioridad técnica, económica, cultural y moral de nuestra civilización, detentando como detenta aún la fuerza y el ascendiente en todos los órdenes, incluido el político y, de ser preciso, también el militar.
Desde una cobardía proverbial, la Europa servil a todo aquello que mina los cimientos de nuestro mundo no cuenta, porque tampoco es necesaria. El Viejo continente se ha convertido en mero hinterland dominado por los gigantes asiáticos, Rusia y China en su convergencia doblemente agresiva, para depender de la primera en el plano energético, y en el comercial de la segunda dentro de un mercado global.
Bajo liderazgo de EEUU, Occidente debe recuperar la iniciativa, en defensa de la democracia y la libertad. Puede hacerse, a partir del área de tradición histórica y cultural anglosajona (países de la Commonwealth), cuya extensión, situación y potencia en el plano demográfico y el económico son innegables, con miras a fortalecer las posiciones propias. Igual que en el pasado, USA y Reino Unido serían los pilares de la nueva alianza, adaptada a la actual coyuntura y capaz de renovar una OTAN en crisis a causa de su misma finalidad, no otra que la contención del expansionismo soviético en el marco hoy caduco de la Guerra Fría, volcada junto a la antigua política de bloques en un escenario europeo.
Occidente demanda realineamientos integradores, en condiciones de establecer las grandes directrices de una acción eficaz. Algo que requiere desde la perspectiva atlántica el compromiso claro de Canadá, más allá de las lógicas suspicacias hacia su vecino. Pero esencialmente obliga a contemplar el Pacífico como nuevo escenario, donde la irrupción de China fuerza a Australia a asumir un mayor protagonismo dentro del ANZUS, como baluarte llamado a reforzar en el flanco suroriental el papel de la ASEAN, dada la amenaza que pende sobre sus miembros.
Sin embargo, la pieza maestra de esa renovada arquitectura internacional es la India, potencia silente como lo fuera China hace cuatro décadas, con el suficiente peso territorial y demográfico para contrarrestar el del gigante septentrional. Quizás el gran error de Occidente haya sido no impulsar su crecimiento económico, en paralelo al experimentado por China. Ello acompañado de unas miopes reticencias a la hora de potenciar su papel militar y estratégico, ante el temor a graves desequilibrios regionales, desde la posibilidad de choque directo con Pakistán, e indirectamente con el resto de naciones islámicas.
La India es la clave, y sin duda puede hacerse. Mas, para Occidente, el cabo suelto sigue siendo el que siempre fue, Oriente Medio con Israel enfrentado ya, y en guerra abierta más pronto que tarde con Irán, arrastrando a la inmensa mayoría del mundo árabe. Con semejante tigre desatado, ¿quién le pone el cascabel al gato, americanos incluidos? Pues urge hacerlo, a fin de evitar un posible e inabarcable doble frente. A diferencia de Obama y Biden, Trump lo comprendió a la perfección.





























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