CON LOS CINCO SENTIDOS
Si yo fuera flor
Me prendí del pelo cuatro flores de las que me fui encontrando por el camino hacia tu casa. Una rosa roja, por el rubor de mis labios y el palpitar del corazón encendido en llamas que provocan en mí tus palabras cuando me hablas de que me amas. Das vueltas a las frases, las pones del revés para que, aún doliéndome a veces, me hagan sentir única. Sufres, como yo. Sufres porque quieres tenerme siempre y la sola idea de no poder llevarlo a término te hace ser cruel, hosco, arisco y vulnerable. No te gusta la vulnerabilidad en ti. No te lo puedes permitir.
Una lila fragante, porque el otoño se acerca y el color morado me recuerda que ya no soy una niña aunque me comporte como tal cuando te tengo a mi vera. Sé que eso te pone, que te mire fijamente a los ojos, hasta deshacerte por dentro y licuarte los pensamientos, pero como si te admirase y necesitase de tu ayuda para rescatar este cuerpo desvalido de los depredadores de la noche, esos que sabes que aprovecharán mi benevolencia para hacerme un traje de espinas incandescentes.
Una peonía rosa claro, con su multitud de pétalos apretujados y frágiles. Esa peonía que dura poco entera y sutilmente perfumada. Esa flor que parece esconderse hacia adentro de sí misma para que nadie le robe la belleza, que se enrosca y se oculta por si la descubres y su corazón te resulta demasiado embriagador. Es pura supervivencia.
Finalmente, cogería para acabar de adornar mis ondulados cabellos, una camelia blanca de ese jardín que rodea una casita verde al lado del río. Esa camelia impoluta de pétalos simétricos, hecha por un ser superior y que en el escalafón de la perfección floral, ocupa el primer espacio y el primer puesto de la belleza de lo sencillo. No tiene la pretensión de figurar y lucirse de la rosa roja, ni la edad adulta del color de las lilas, ni la fragilidad y complejidad de las peonías. La camelia es la perfección porque es simétrica, fragante, agradecida, suave, niña y mujer, blanca, rosa, roja, o de dos colores a la vez. Es bella porque no pretende serlo. Precisamente por eso, es la última que prendí de mi pelo para que su aroma sea el más fresco, el último. El aroma que te quede de mi recuerdo.
Nélida L. del Estal Sastre
Me prendí del pelo cuatro flores de las que me fui encontrando por el camino hacia tu casa. Una rosa roja, por el rubor de mis labios y el palpitar del corazón encendido en llamas que provocan en mí tus palabras cuando me hablas de que me amas. Das vueltas a las frases, las pones del revés para que, aún doliéndome a veces, me hagan sentir única. Sufres, como yo. Sufres porque quieres tenerme siempre y la sola idea de no poder llevarlo a término te hace ser cruel, hosco, arisco y vulnerable. No te gusta la vulnerabilidad en ti. No te lo puedes permitir.
Una lila fragante, porque el otoño se acerca y el color morado me recuerda que ya no soy una niña aunque me comporte como tal cuando te tengo a mi vera. Sé que eso te pone, que te mire fijamente a los ojos, hasta deshacerte por dentro y licuarte los pensamientos, pero como si te admirase y necesitase de tu ayuda para rescatar este cuerpo desvalido de los depredadores de la noche, esos que sabes que aprovecharán mi benevolencia para hacerme un traje de espinas incandescentes.
Una peonía rosa claro, con su multitud de pétalos apretujados y frágiles. Esa peonía que dura poco entera y sutilmente perfumada. Esa flor que parece esconderse hacia adentro de sí misma para que nadie le robe la belleza, que se enrosca y se oculta por si la descubres y su corazón te resulta demasiado embriagador. Es pura supervivencia.
Finalmente, cogería para acabar de adornar mis ondulados cabellos, una camelia blanca de ese jardín que rodea una casita verde al lado del río. Esa camelia impoluta de pétalos simétricos, hecha por un ser superior y que en el escalafón de la perfección floral, ocupa el primer espacio y el primer puesto de la belleza de lo sencillo. No tiene la pretensión de figurar y lucirse de la rosa roja, ni la edad adulta del color de las lilas, ni la fragilidad y complejidad de las peonías. La camelia es la perfección porque es simétrica, fragante, agradecida, suave, niña y mujer, blanca, rosa, roja, o de dos colores a la vez. Es bella porque no pretende serlo. Precisamente por eso, es la última que prendí de mi pelo para que su aroma sea el más fresco, el último. El aroma que te quede de mi recuerdo.
Nélida L. del Estal Sastre






























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