HABLEMOS
Mito y falacia de la “España invertebrada”
Carlos Domínguez
Pocos tópicos han alcanzado entre nuestra siempre adocenada y mediocre intelectualidad mayor fortuna que el tan manido de la “España invertebrada”, como diagnóstico de un Ortega magnífico prosista, pero de discutible mérito respecto a su producción teórica y filosófica. Al menos para el mucho bombo que se le ha dispensado, probablemente a falta de nada mejor.
La monserga de una España invertebrada fue fruto de la calamidad, otra más, sufrida por España con las dos generaciones, del noventa y ocho y veintisiete, que como supuestas élites intelectuales, en realidad cogollitos aferrados a su miseria aldeana, no hicieron otra cosa que regodearse en los mitos de la decadencia, la derrota, el fracaso histórico y político de la España contemporánea. Estereotipo basado en una doble impostura, comenzando por el arbitrismo con pretensiones de evangelio regeneracionista que se habrían arrogado las “grandes” figuras culturales de fines y comienzos de siglo, suplantando en cuanto creadoras de opinión a unas clases medias que despuntaban en la vida civil, pero a las cuales, desde una inaceptable arrogancia, tales círculos desdeñaron no sin responsabilizarlas de una frustrada modernización.
Mas la impostura verdaderamente nefasta pasó por la ambición de influir en la dirección del país, marcando la pauta a una clase política que, mal que bien y en la línea de una Restauración articulada a lo largo de medio siglo, no difería demasiado de sus homólogas europeas. Injerencia que, desde la falta de una opinión pública firmemente asentada en valores cívicos, se tradujo en una acción política cuando no de gobierno inspirada en burdas ensoñaciones, antes que en una prosaica, humilde y benéfica realidad. El experimento trágico de una II República llevando directamente a la Guerra civil tuvo mucho que ver con el papel que Unamuno, Baroja, Lorca y demás tropa de iluminados, incluido el Ortega de al final “no es esto, no es esto”, quisieron jugar como redentores de los infinitos males de una España real a la que en el fondo despreciaban, ello en mucha mayor medida que la oficial de la vieja y caciquil clase política; vaya ahí un Romanones incisivo y sagaz, a la hora de calar a los susodichos.
Paradójicamente, hubo un tiempo no lejano que vino a demostrar la falsedad del tópico. Refrenadas por la lógica de las cosas las ambiciones del separatismo, en rigor oligarquías catalana y vasca atentas a sus privilegios, el desarrollo de la década de los sesenta, con la urbanización unida al éxodo hacia las regiones industrializadas, evidenció que a nivel social, civil y de convivencia, no existía antagonismo ni rechazo alguno entre la población española, que iba, venía, comerciaba, veraneaba y se entendía a la perfección con quienes tenía por compatriotas, independientemente del origen, el lugar o la situación. Lo sabemos porque lo vivimos de un extremo a otro de aquella España que, al margen de filias y fobias políticas, lo fue de todos sin distinción, contrariamente a lo publicitado por una intelectualidad largo tiempo infatuada. Y respecto a Ortega, dejémoslo con el Gallo en el popular “Hay gente pa tó”.
Pocos tópicos han alcanzado entre nuestra siempre adocenada y mediocre intelectualidad mayor fortuna que el tan manido de la “España invertebrada”, como diagnóstico de un Ortega magnífico prosista, pero de discutible mérito respecto a su producción teórica y filosófica. Al menos para el mucho bombo que se le ha dispensado, probablemente a falta de nada mejor.
La monserga de una España invertebrada fue fruto de la calamidad, otra más, sufrida por España con las dos generaciones, del noventa y ocho y veintisiete, que como supuestas élites intelectuales, en realidad cogollitos aferrados a su miseria aldeana, no hicieron otra cosa que regodearse en los mitos de la decadencia, la derrota, el fracaso histórico y político de la España contemporánea. Estereotipo basado en una doble impostura, comenzando por el arbitrismo con pretensiones de evangelio regeneracionista que se habrían arrogado las “grandes” figuras culturales de fines y comienzos de siglo, suplantando en cuanto creadoras de opinión a unas clases medias que despuntaban en la vida civil, pero a las cuales, desde una inaceptable arrogancia, tales círculos desdeñaron no sin responsabilizarlas de una frustrada modernización.
Mas la impostura verdaderamente nefasta pasó por la ambición de influir en la dirección del país, marcando la pauta a una clase política que, mal que bien y en la línea de una Restauración articulada a lo largo de medio siglo, no difería demasiado de sus homólogas europeas. Injerencia que, desde la falta de una opinión pública firmemente asentada en valores cívicos, se tradujo en una acción política cuando no de gobierno inspirada en burdas ensoñaciones, antes que en una prosaica, humilde y benéfica realidad. El experimento trágico de una II República llevando directamente a la Guerra civil tuvo mucho que ver con el papel que Unamuno, Baroja, Lorca y demás tropa de iluminados, incluido el Ortega de al final “no es esto, no es esto”, quisieron jugar como redentores de los infinitos males de una España real a la que en el fondo despreciaban, ello en mucha mayor medida que la oficial de la vieja y caciquil clase política; vaya ahí un Romanones incisivo y sagaz, a la hora de calar a los susodichos.
Paradójicamente, hubo un tiempo no lejano que vino a demostrar la falsedad del tópico. Refrenadas por la lógica de las cosas las ambiciones del separatismo, en rigor oligarquías catalana y vasca atentas a sus privilegios, el desarrollo de la década de los sesenta, con la urbanización unida al éxodo hacia las regiones industrializadas, evidenció que a nivel social, civil y de convivencia, no existía antagonismo ni rechazo alguno entre la población española, que iba, venía, comerciaba, veraneaba y se entendía a la perfección con quienes tenía por compatriotas, independientemente del origen, el lugar o la situación. Lo sabemos porque lo vivimos de un extremo a otro de aquella España que, al margen de filias y fobias políticas, lo fue de todos sin distinción, contrariamente a lo publicitado por una intelectualidad largo tiempo infatuada. Y respecto a Ortega, dejémoslo con el Gallo en el popular “Hay gente pa tó”.

















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