Eugenio de Ávila
Viernes, 22 de Octubre de 2021
NOCTURNOS

El viejo que se enamoró de una joven dama

[Img #58193]Me enamore de esa joven mujer, divorciada, por pájaros nuevos. La conocí merced a una amistad de canes. El suyo, más chiquitín, el mío, más grandote y fuerte. Supe que existía, merced a aquella cercanía perruna. Me pareció una mujer guapísima. No hubo más. Pasó el tiempo y descubrí que seguía mis artículos. Entablé amistad. Nunca pensé, por la diferencia de edad, en seducirla. No existe para un servidor erotismo posible con una dama de menos de 50 años de edad. Ahora bien, tanto charlar con ella de todo: numerología, arte y vida, cosió una bonita amistad entre la joven y este hombre al que le espera la vejez a la vuelta de la esquina.

 

Nos abrazábamos, cuando nos veíamos, para transmitirnos energía. La confianza enhebró la aguja de la ternura, del cariño, del afecto. Confieso que se gestó en mi alma el deseo de besarla, de acariciarla, de rodearla con mis brazos de mar como si fuera una isla del Egeo. Temía un bofetón, un “qué te has creído, viejo verde”.

 

Cierta mañana, mientras sonreían las florecillas con sus dentaduras perfumadas, secuestrado por Cupido, aproveché un abrazo más, ya clásico entre ambos, para que mis labios capturasen su boca. Y aquel primer beso duró, se extendió, se eternizó. Tanta pasión desatada entre la hermosa mujer y este viejo seductor me partió los labios. Nos mordimos, nos enganchamos, nos estiramos las bocas, de arriba abajo, desde fuera hacia adentro, mientras mi saliva humedecía su lengua, y la suya acariciaba mi paladar. Jamás en mi vida besé con tanta fuerza, ardor, vehemencia, calor. Salí herido de aquel primer encuentro entre mi deseo y la realidad. Hasta aquel día de la primavera, vivía una vida erótica tranquila, quizá apática, sin fuste, sin ganas. A veces, estar a gusto con una persona de distinto sexo te conduce a una muerte viva, a un placer seco, a ajuntamiento porque toca; a una cópula sin aliciente, sin deleite, casi con padecimiento; a un orgasmo de la frustración.

 

No hubo necesidad perder más tiempo en galanteos, miradas, palabras, para que nuestros cuerpos se encontraran en mi lecho, cuando la madrugada era todavía joven. El alba nos despertó y, mientras gozábamos, los pajarillos trinaban en mi balcón y alguna golondrina bequeriana abandonaba su nido a la búsqueda de insectos para alimentar a su prole.

 

Nos amamos a la postura del sol, tras la media noche, mientras la luna se pintaba sus labios de plata, cuando el primer rayo de luz contaba nuestras pestañas. Y contemplé el rostro del Dios del erotismo, que luce con los colores del arco iris, y mi cerebro dejó de pensar, meditó. Y me sentí eterno con aquel amor infinito.

 

Y se sucedieron días y noches de pasión volcánica, de lava que quemaba nuestros cuerpos, de olvidarnos cada uno de nuestro yo, para ser uno en dos, o dos en la unidad. Y la amé. Y no sé si me amo. Viaje en el túnel del tiempo y me dejé décadas en el tránsito. Y cabalgue a su grupa como un jinete pálido, juvenil y poderoso. No necesité de fustas para trotar sobre el hedonismo. No calcé espuelas para amarla hasta el fondo del alma, allá donde se halla el vaho de Dios. ¡Cuánto amor, Señor del tiempo, extraje de mi viejo espíritu, casi un cadáver!

 

Y durante meses, cada tarde, noche y amanecer superaban la conocido. En cada coito seso y sexo se vinculaban, se agarraban, se amaban, se nos escapaba la vida, se nos alejaba la muerte.

 

Y aconteció que, aún de noche, cuando todavía la alondra guardaba silencio, aquella mujer me acusó de ser una especie de frívolo con canas, de libertino con surcos en la piel. Y me defendí. Y mis verbos la conjugaron hasta herirla. La fustigué con mis palabras. La azoté con mis adjetivos. Y se rompió la sintaxis erótica entre ella, la joven fémina, y yo, el viejo azul. Ahora ella casi me odia y yo casi la amo más. Como el Quijote en las playas de Barcino fui derrotado por la dama de la Blanca Luna, que luce peto de orgullo y espaldar de rencor. SE murió el amor y yo un tanto con él.

Eugenio-Jesús de Ávila

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