COSAS MÍAS
Una sociedad hipócrita produce corrupción política
Hubo un tiempo en la historia de España en el que ser de izquierdas suponía un peligro. Eso sí, siempre que entrases, verbigracia, en el PCE y te encomendasen, como a un íntimo amigo del que esto firma, repartir panfletos por las distintas facultades de la capital de España.
Se podía ser comunista en casa, en conversaciones con los amigos, protagonizadas por Gramsci, Althuser, el materialismo histórico, los “grundrisse” de Marx o si habíamos leído “Materialismo y Empirio-Criticismo-" por cierto, coñazo absoluto, que solo intentábamos entender los jóvenes de la pequeña burguesía, clase surgida durante la dictadura.
Ese proceder evitaba acabar en Carabanchel. Pero quedaba muy bien entre las amistades escasamente politizadas, como sucedía también si fumabas marihuana o hachís o te declarabas agnóstico. Ateo tampoco molaba. Eso fue ya en democracia. La moda. Nuestra sociedad siempre fue muy hipócrita.
Aquí, en Zamora, la izquierda, a la muerte de Franco, procedía de la Falange, como fascista, socializante, y de excuras. En el PCE, vivía en soledad el inolvidable Amable García y algunos jóvenes universitarios que nunca habían leído a Marx; tampoco lo habrían entendido. El resto vivía a gusto: funcionarios, comerciantes, jóvenes...
Como no se sabía en qué consistía la libertad, no se la echaba de menos, salvo por la películas de sexo que se estrenaban en Europa, pero aquí, como a la Iglesia solo le preocupaba el sexto mandamiento, por aquello de que masturbarse podría darte trabajo en la ONCE, el personal se moría por ver una play-boy americana.
Desde que se murió el caudillo, todo cambió en la epidermis de nuestra sociedad, pero todo se mantuvo tal cual en su dermis. Eso sí, con el tiempo, la amistad se fue diluyendo, algunas familias quebraron, se transformó el amor y la mentira se hizo verdad. A una sociedad hipócrita, le corresponde la corrupción política. No va más.
Hubo un tiempo en la historia de España en el que ser de izquierdas suponía un peligro. Eso sí, siempre que entrases, verbigracia, en el PCE y te encomendasen, como a un íntimo amigo del que esto firma, repartir panfletos por las distintas facultades de la capital de España.
Se podía ser comunista en casa, en conversaciones con los amigos, protagonizadas por Gramsci, Althuser, el materialismo histórico, los “grundrisse” de Marx o si habíamos leído “Materialismo y Empirio-Criticismo-" por cierto, coñazo absoluto, que solo intentábamos entender los jóvenes de la pequeña burguesía, clase surgida durante la dictadura.
Ese proceder evitaba acabar en Carabanchel. Pero quedaba muy bien entre las amistades escasamente politizadas, como sucedía también si fumabas marihuana o hachís o te declarabas agnóstico. Ateo tampoco molaba. Eso fue ya en democracia. La moda. Nuestra sociedad siempre fue muy hipócrita.
Aquí, en Zamora, la izquierda, a la muerte de Franco, procedía de la Falange, como fascista, socializante, y de excuras. En el PCE, vivía en soledad el inolvidable Amable García y algunos jóvenes universitarios que nunca habían leído a Marx; tampoco lo habrían entendido. El resto vivía a gusto: funcionarios, comerciantes, jóvenes...
Como no se sabía en qué consistía la libertad, no se la echaba de menos, salvo por la películas de sexo que se estrenaban en Europa, pero aquí, como a la Iglesia solo le preocupaba el sexto mandamiento, por aquello de que masturbarse podría darte trabajo en la ONCE, el personal se moría por ver una play-boy americana.
Desde que se murió el caudillo, todo cambió en la epidermis de nuestra sociedad, pero todo se mantuvo tal cual en su dermis. Eso sí, con el tiempo, la amistad se fue diluyendo, algunas familias quebraron, se transformó el amor y la mentira se hizo verdad. A una sociedad hipócrita, le corresponde la corrupción política. No va más.


















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