Miércoles, 28 de Enero de 2026

Eugenio de Ávila
Domingo, 07 de Noviembre de 2021
RES PÚBLICA

Montesquieu sigue enterrado: la Justicia, en almoneda

[Img #58701]Nietzsche encontró el cadáver de Dios en una oquedad de su cerebro, a finales del siglo XIX,  que Dios se había muerto. Nunca supe si de muerte natural o por algún virus chino. Después, cuando el PSOE se asentó en el poder, Guerra nos anunció otro fallecimiento: el de Montesquieu. Y yo a don Alfonso le creo todo. En efecto. Su aserto se confirmó con la práctica. Desde entonces, los jueces se convirtieron en títeres de los partidos políticos. El magistrado que no fuese del PSOE o del Opus Dei –Partido Popular-nunca llegaría al Supremo.

Una partitocracia que ha dejado en evidencia, empírico, que todos los partidos, excepción hecha de UPyD, en su día, ahora Ciudadanos, camino de la perdición,  y Vox -todavía no ha  sudado poder en las instituciones-,  poseen querencia por la corrupción: El PSOE batió todas las marcas en Andalucía. El PP, en Madrid y Valencia y tampoco está limpio en Castilla y León. En Cataluña, Pujol robaba algo más del tres por ciento para cuando obtuviesen la independencia, según cree, acto de fe extraordinaria, la burguesía catalana, explotadora de los trabajadores andaluces, extremeños y murcianos que levantaron, con su sudor, su esfuerzo y sus plus valías, aquella región del noreste español.

Felipe González, que intuyó que el poder corrompe, decide, en 1985, tres añitos después de quedarse con todo el voto del centro y de la izquierda domesticada, amordazar a los jueces y magistrados, convertirlos en títeres políticos, en militantes del socialismo patrio. Después, el PP, cuando Aznar, habló de cambiar, porque avergonzaba a todo sistema democrático que se precie, la elección al Consejo del Poder Judicial. Pero, una vez alcanzado el poder, mantuvo, en el fondo y la forma, la fórmula socialista. El ejecutivo, pues, ordenaba al poder  judicial lo que tenía que decidir en torno a la política y los políticos.

Se sucedieron legislaturas, las de Zapatero y Rajoy, y todos los líderes políticos y partidos disfrutaron de ese confinamiento ideológico de los jueces. La justicia obtuvo libertad para impartirla entre el pueblo, pero nunca se cumplirían las leyes con  los administradores de la res pública, una casta distinta, superior, aristocrática.

Ahora, al parecer, según informa la prensa madrileña, Sánchez y Casado ya habían llegado a un acuerdo para renovar el CGPJ. Más de lo mismo. De momento, se pararon las negociaciones. Si el PP fuese un partido que amase la democracia debería negarse a pactar una renovación tan burda, injusta y anacrónica. El poder judicial ha de ser independiente, absolutamente, del resto de poderes del Estado. Mientras se mantenga el actual status quo, esto no será una democracia real. Y Montesquieu no resucitará.

Los grandes partidos políticos, PSOE y PP, a los que ahora se añade Unidas Podemos, fuerza más partidaria de una Justicia tipo Comité de Salvación del periodo jacobino de la Revolución Francesa, cuando Robespierre, afirmó aquello de que "el terror no es más que la justicia rápida, severa e inflexible",  quieren seguir repartiéndose jueces, porque temen, sienten pánico de una Justicia independiente, a la que no pastoreen los políticos, en la que no abreven en sus pesebres de lisonjas en formas de ascensos al Supremo y otras sinecuras y prebendas.

 En esencia, los políticos españoles, con excepciones, no son demócratas, toleran la democracia porque no les queda otro remedio, pero la corrompen, la horadan, la devoran como la termita la madera. Una democracia no es tal, insisto, sin la independencia del poder judicial. Los magistrados deberían elegir, en plena libertad, su propio gobierno. En España, ahora y antes, si la Justicia hubiera sido libérrima, los corruptos se hallarían o fuera de la res pública o en la cárcel. Y no se trata de renovar, como pedía Lesmes, el que manda en el Supremo, con la tutela del ejecutivo sanchista, el gobierno de los jueces, sino de acabar con ese organismo, romper el eslabón de la cadena que vincula al poder ejecutivo con el judicial. Libertad para los jueces. Objetivo: que España sea una democracia homologable con la francesa, la británica, la italiana, la alemana.

Nuestra nación habría necesitado, ha tiempo, de un movimiento como “Mani polite” (manos limpias), dirigido y ejecutado por magistrados italianos para juzgar a los políticos corruptos. España necesita su “Tangentópolis”, una causa general en la que declarasen miles de políticos y empresarios, tal cual sucedió en Italia. Pero allí la Justicia nunca fue tutelada por la Política, excepción hecha del periodo fascista.

Eugenio-Jesús de Ávila

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