ZAMORANA
De la maledicencia, la aversión y otros vituperios
El conocido refrán bíblico: “nadie es profeta en su tierra” se ha convertido en realidad muchas veces; supongo que será debido al carácter envidioso de aquellos que se sientan a esperar, sin luchar, sin comprometerse mientras ven al de enfrente que triunfa, ya sea amigo, vecino, pariente o lo que sea; entonces llega el vituperio, la animadversión, la sospecha, la inquina. Todos hemos oído frases como:
“Buena ganancia conseguirá a cambio de lo que ha hecho”
“Si ha hecho eso, por algo será. Nadie da nada por nada”
“A saber cómo lo habrán favorecido para llegar a donde está”
Me avergüenza esa gente que hace de su ineptitud causa en contra del que gana, de aquel se esfuerza o, simplemente, de quien se ha procurado una meta y, tras trabajar con ahínco, consigue llegar a su destino.
Somos el país de la mediocridad, nos vence la desgana, la apatía; y vivimos instalados en un escenario social en que la desmotivación campa a sus anchas, pero nadie hace nada por eludirla.
Soy zamorana, amo a mi tierra con pasión, amo el pueblo donde viví mis primeros años, sus campos, su paisaje… y me duele decir que no tanto a sus gentes, aunque conservo maravillosos recuerdos de mi niñez y de lo que me enseñaron sin ser conscientes aquellos hombres y mujeres del campo, poco instruidos, pero académicos de la vida, notables en trabajo duro, sobresalientes en principios y valores, aunque fueran bajo el dictado de aquella época en tonos grises que vivimos.
A veces quisiera no enterarme de algún hecho que acontece en el pueblo, porque me duele, me altera y me encoleriza. He sido testigo de primera mano, y ahora lo soy desde la distancia, de esa maledicencia congénita que profesan algunas personas hacia quienes sobresalen; me abochorna que, en una población de apenas doscientos habitantes, se reproduzcan las bandas de montescos y capuletos, que existan divisiones, facciones, que los vecinos no se dirijan la palabra por un quítame allá esas pajas… y continúen viviendo una existencia vacía encerrados en su propio resentimiento. Casi resulta impensable que muchos, en el umbral de la senectud, con un pie aquí y otro en el cementerio, religiosos confesos, algunos de misa diaria, no pongan en paz su espíritu y dejen de hacer daño, o sencillamente se reúnan con aquel que han herido sin causa alguna para pedirle perdón, o busquen otras ocupaciones que no sean poner en la picota, recelar o difamar a los que envidian.
Es en esta época, ya casi al final de la vida, cuando hay que poner en orden los asuntos, tener en paz el espíritu y alcanzar la serenidad sin ofender a nadie; claro que esos son logros difíciles y no están al alcance de cualquiera, sobre todo si les ciega la mente sentimientos tan perversos como la inquina o la mismísima envidia.
Mª Soledad Martin Turiño
El conocido refrán bíblico: “nadie es profeta en su tierra” se ha convertido en realidad muchas veces; supongo que será debido al carácter envidioso de aquellos que se sientan a esperar, sin luchar, sin comprometerse mientras ven al de enfrente que triunfa, ya sea amigo, vecino, pariente o lo que sea; entonces llega el vituperio, la animadversión, la sospecha, la inquina. Todos hemos oído frases como:
“Buena ganancia conseguirá a cambio de lo que ha hecho”
“Si ha hecho eso, por algo será. Nadie da nada por nada”
“A saber cómo lo habrán favorecido para llegar a donde está”
Me avergüenza esa gente que hace de su ineptitud causa en contra del que gana, de aquel se esfuerza o, simplemente, de quien se ha procurado una meta y, tras trabajar con ahínco, consigue llegar a su destino.
Somos el país de la mediocridad, nos vence la desgana, la apatía; y vivimos instalados en un escenario social en que la desmotivación campa a sus anchas, pero nadie hace nada por eludirla.
Soy zamorana, amo a mi tierra con pasión, amo el pueblo donde viví mis primeros años, sus campos, su paisaje… y me duele decir que no tanto a sus gentes, aunque conservo maravillosos recuerdos de mi niñez y de lo que me enseñaron sin ser conscientes aquellos hombres y mujeres del campo, poco instruidos, pero académicos de la vida, notables en trabajo duro, sobresalientes en principios y valores, aunque fueran bajo el dictado de aquella época en tonos grises que vivimos.
A veces quisiera no enterarme de algún hecho que acontece en el pueblo, porque me duele, me altera y me encoleriza. He sido testigo de primera mano, y ahora lo soy desde la distancia, de esa maledicencia congénita que profesan algunas personas hacia quienes sobresalen; me abochorna que, en una población de apenas doscientos habitantes, se reproduzcan las bandas de montescos y capuletos, que existan divisiones, facciones, que los vecinos no se dirijan la palabra por un quítame allá esas pajas… y continúen viviendo una existencia vacía encerrados en su propio resentimiento. Casi resulta impensable que muchos, en el umbral de la senectud, con un pie aquí y otro en el cementerio, religiosos confesos, algunos de misa diaria, no pongan en paz su espíritu y dejen de hacer daño, o sencillamente se reúnan con aquel que han herido sin causa alguna para pedirle perdón, o busquen otras ocupaciones que no sean poner en la picota, recelar o difamar a los que envidian.
Es en esta época, ya casi al final de la vida, cuando hay que poner en orden los asuntos, tener en paz el espíritu y alcanzar la serenidad sin ofender a nadie; claro que esos son logros difíciles y no están al alcance de cualquiera, sobre todo si les ciega la mente sentimientos tan perversos como la inquina o la mismísima envidia.
Mª Soledad Martin Turiño


















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