CARTA MAGNA
Aniversario de una Constitución que se incumple y otros consideran “un traje viejo”

Hoy se celebra -ya casí emplearía el pretérito de ese verbo en vez del presente de indicativo- el 43 aniversario de la Constitución Española. Se aprobó, cuando los españoles utilizaban el pañal de la democracia, un régimen de libertades que construyeron el franquismo postmoderno, haciéndose el hara kiri, hecho insólito, y la izquierda posibilista, que ya se había olvidado del Manifiesto Comunista de 1978, publicación propia de la segunda mitad del S.XIX, desfasada intelectualmente más de 170 años después, casi dos centurias. Anacronismo para fanáticos y gente muy religiosa.
Ni el pueblo, estabulado, tras cuarenta años de una dictadura que jamás fue homogénea ni fascista, salvo los primeros años con símbolos y acciones socializantes de lo que quedaba de Falange (Girón de Velasco y Carlos Pinilla), ni la gente del común supo nunca lo que aprobaron. Cada ciudadano depositó el voto que le pidió el poder y…todos tan felices. Se da el caso curioso que Cataluña fue la región española que más votó la Constitución. Ahora allí hacen política los que más la odian.
Tampoco hubo un periodo constituyente, sino que unos cuantos eruditos en constitucionalismo, más alguno agregado, ágrafo en este tema como Alfonso Guerra, la escribieron para que las masas se la comieran con patatas fritas. No hubo debate alguno. Como el Duque de Palomo, yo me lo guiso y tú, gente, te lo comes.
Se cometieron errores, como eso de las nacionalidades, que ahora pagamos. Y tampoco, pasados los años, se cumple con la independencia del Poder Judicial. Las izquierdas desean, como pasa en todas las dictaduras totalitarias, controlar a los jueces, por si acaso, el día de mañana, tiene que juzgar al personal. Hay que salvarse. Hoy por ti y mañana por mí. Yo te coloco en el Consejo General del Poder Judicial, organismo que debería desaparecer, y en el Supremo, y después tú, magistrado, me echas una mano por si me he saltado la ley en la gobernanza.
Ahora, los enemigos de España, el sostén de Pedro Sánchez, que es como un rey constitucionalista, que está ahí, presidiendo, pero no gobierna él, sino que deja hacer a los que odian la Carta Magna del 1978, tanto que cualquier día España se acuesta monárquica y se despierta con en una República, no federal, sino confederal, el gran chollo para vascos y catalanes. Se lo llevan todo a cambio de nada. Casi como en la actualidad, pero ahora con monarca.
Un servidor si cambiaria algunas cosas de la actual constitución. Verbigracia: la Ley Electoral, que le da un potencial extraordinarios a los partidos nacionalistas, con un representación muy superior al número de votos que obtienen en sus demarcaciones. Si PSOE y PP, también Ciudadanos y Vox acordaran cambiarla, los gobiernos españoles jamás se encontrarían chantajeados por la extrema derecha y la ultraizquierda marxista nacionalistas, como les sucedió a Felipe González cuando el feo asunto de Banca Catalana, que pudo haber significado el final político de actual quiebra y dislocación de Cataluña; a Aznar, que aprendió a parlar en catalán en la intimidad y emocionarse con las canciones de Lluis Llach, o a Rajoy, con el golpe de Estado, y ahora a Pedro Sánchez, rehén de la casta política más reaccionaria de Europa: PNV, ERC, filo fascista; Juntos por Cataluña, para seguir viviendo a cuenta del tonto que habite en La Moncloa; los comunistas etarras, y demás fantoches racistas.
Pero los partidos españoles se odian más entre ellos que a los nacionalistas. De ahí, ese alejamiento del pueblo llano, atontado con los programas sobre la Pantoja, Rocío Carrasco, futura parlamentaria de lo que quede de Podemos, más los partidos del Real Madrid, Barça y Atlético de Madrid, con más extranjeros en sus plantillas que españoles. En fin.
La otra cuestión fundamental sobre nuestra Carta Magna consiste en que apenas se cumple, porque sus buenas intenciones, se contradicen con la realidad. No todos los españoles somos iguales ante la ley, ni todos los españoles gozamos de los mismos derechos. Como en fútbol, existen autonomías de primera, segunda y tercera división, en incluso dentro de algunas regiones, como la nuestra, que no es solo una, sino dos rejuntadas a la fuerza, por huevos, Castilla y León, unas provincias gozan de privilegios extraordinarios, como Valladolid y Burgos, y ese apéndice de Pucela que es Palencia, y otras, sobre todo las tres del Reino de León, sufren un deterioro social y económico sublime.
Corolario: yo celebraré la Constitución cuando se cumpla. De momento, este largo fin de semana, con un “puente” político-religioso, la festejo en Portugal, la nación que quizá elija para pasar mi jubilación. Aquí hay respeto por las personas, no hay garabatos en las fachadas de edificios públicos, ni privados, ni en el patrimonio; ni basuras por las calles, solo educación y buen trato a los zamoranos. Yo amo a Pessoa. No tengo nada más que añadir.
Perdón. Solo una frase del genio luso: “Para comprender, me destruí. Comprender es olvidarse de amar. No conozco nada más al mismo tiempo falso y significativo que aquel dicho de Leonardo da Vinci de que no se puede amar u odiar una cosa sino después de haberla comprendido”. Yo todavía no comprendo qué clase de democracia es esta en la que el partido que gobierna con el PSOE, Podemos, se quiere cargar esta Constitución, porque es un traje viejo, como el libro para coleccionistas es ya el Manifiesto Comunista
Eugenio-Jesús de Ávila

Hoy se celebra -ya casí emplearía el pretérito de ese verbo en vez del presente de indicativo- el 43 aniversario de la Constitución Española. Se aprobó, cuando los españoles utilizaban el pañal de la democracia, un régimen de libertades que construyeron el franquismo postmoderno, haciéndose el hara kiri, hecho insólito, y la izquierda posibilista, que ya se había olvidado del Manifiesto Comunista de 1978, publicación propia de la segunda mitad del S.XIX, desfasada intelectualmente más de 170 años después, casi dos centurias. Anacronismo para fanáticos y gente muy religiosa.
Ni el pueblo, estabulado, tras cuarenta años de una dictadura que jamás fue homogénea ni fascista, salvo los primeros años con símbolos y acciones socializantes de lo que quedaba de Falange (Girón de Velasco y Carlos Pinilla), ni la gente del común supo nunca lo que aprobaron. Cada ciudadano depositó el voto que le pidió el poder y…todos tan felices. Se da el caso curioso que Cataluña fue la región española que más votó la Constitución. Ahora allí hacen política los que más la odian.
Tampoco hubo un periodo constituyente, sino que unos cuantos eruditos en constitucionalismo, más alguno agregado, ágrafo en este tema como Alfonso Guerra, la escribieron para que las masas se la comieran con patatas fritas. No hubo debate alguno. Como el Duque de Palomo, yo me lo guiso y tú, gente, te lo comes.
Se cometieron errores, como eso de las nacionalidades, que ahora pagamos. Y tampoco, pasados los años, se cumple con la independencia del Poder Judicial. Las izquierdas desean, como pasa en todas las dictaduras totalitarias, controlar a los jueces, por si acaso, el día de mañana, tiene que juzgar al personal. Hay que salvarse. Hoy por ti y mañana por mí. Yo te coloco en el Consejo General del Poder Judicial, organismo que debería desaparecer, y en el Supremo, y después tú, magistrado, me echas una mano por si me he saltado la ley en la gobernanza.
Ahora, los enemigos de España, el sostén de Pedro Sánchez, que es como un rey constitucionalista, que está ahí, presidiendo, pero no gobierna él, sino que deja hacer a los que odian la Carta Magna del 1978, tanto que cualquier día España se acuesta monárquica y se despierta con en una República, no federal, sino confederal, el gran chollo para vascos y catalanes. Se lo llevan todo a cambio de nada. Casi como en la actualidad, pero ahora con monarca.
Un servidor si cambiaria algunas cosas de la actual constitución. Verbigracia: la Ley Electoral, que le da un potencial extraordinarios a los partidos nacionalistas, con un representación muy superior al número de votos que obtienen en sus demarcaciones. Si PSOE y PP, también Ciudadanos y Vox acordaran cambiarla, los gobiernos españoles jamás se encontrarían chantajeados por la extrema derecha y la ultraizquierda marxista nacionalistas, como les sucedió a Felipe González cuando el feo asunto de Banca Catalana, que pudo haber significado el final político de actual quiebra y dislocación de Cataluña; a Aznar, que aprendió a parlar en catalán en la intimidad y emocionarse con las canciones de Lluis Llach, o a Rajoy, con el golpe de Estado, y ahora a Pedro Sánchez, rehén de la casta política más reaccionaria de Europa: PNV, ERC, filo fascista; Juntos por Cataluña, para seguir viviendo a cuenta del tonto que habite en La Moncloa; los comunistas etarras, y demás fantoches racistas.
Pero los partidos españoles se odian más entre ellos que a los nacionalistas. De ahí, ese alejamiento del pueblo llano, atontado con los programas sobre la Pantoja, Rocío Carrasco, futura parlamentaria de lo que quede de Podemos, más los partidos del Real Madrid, Barça y Atlético de Madrid, con más extranjeros en sus plantillas que españoles. En fin.
La otra cuestión fundamental sobre nuestra Carta Magna consiste en que apenas se cumple, porque sus buenas intenciones, se contradicen con la realidad. No todos los españoles somos iguales ante la ley, ni todos los españoles gozamos de los mismos derechos. Como en fútbol, existen autonomías de primera, segunda y tercera división, en incluso dentro de algunas regiones, como la nuestra, que no es solo una, sino dos rejuntadas a la fuerza, por huevos, Castilla y León, unas provincias gozan de privilegios extraordinarios, como Valladolid y Burgos, y ese apéndice de Pucela que es Palencia, y otras, sobre todo las tres del Reino de León, sufren un deterioro social y económico sublime.
Corolario: yo celebraré la Constitución cuando se cumpla. De momento, este largo fin de semana, con un “puente” político-religioso, la festejo en Portugal, la nación que quizá elija para pasar mi jubilación. Aquí hay respeto por las personas, no hay garabatos en las fachadas de edificios públicos, ni privados, ni en el patrimonio; ni basuras por las calles, solo educación y buen trato a los zamoranos. Yo amo a Pessoa. No tengo nada más que añadir.
Perdón. Solo una frase del genio luso: “Para comprender, me destruí. Comprender es olvidarse de amar. No conozco nada más al mismo tiempo falso y significativo que aquel dicho de Leonardo da Vinci de que no se puede amar u odiar una cosa sino después de haberla comprendido”. Yo todavía no comprendo qué clase de democracia es esta en la que el partido que gobierna con el PSOE, Podemos, se quiere cargar esta Constitución, porque es un traje viejo, como el libro para coleccionistas es ya el Manifiesto Comunista
Eugenio-Jesús de Ávila




















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