Eugenio de Ávila
Sábado, 18 de Diciembre de 2021
NOCTURNOS

No soy, amor, el hombre que te enamoró

[Img #60205]Querría haber sido tú para verme desde fuera, desde los ojos de una mujer tan hermosa, culta y voluptuosa, a través de un alma como la tuya, que crece, que pesa, que se expande. Ignoro aún qué pensabas de mí, en qué consideración me tuviste mientras compartíamos cañas, viandas, conversaciones, silencios, miradas, ideas, cotilleos y confesiones íntimas.

 

Aunque tu hermosura siempre fue la primera imagen de mi encuentro contigo, cuando pasaban unos minutos, me olvidaba de que eres una mujer, de que tu cuerpo fundía mi carne hasta licuarla en perfume de placer. Entonces, me envolvían tus palabras, las que conformaban tus ideas, las que escondían tus genialidades, las que guardaban lo que querías de mí.

 

Desde que desapareciste del cuadro de mi vida, como si fueras un “sfumato” de Leonardo da Vinci, imaginé el dibujo que hiciste de mi persona. Verbigracia: que soy un seductor empedernido, que he tenido amantes por doquier, que solo deseaba tu cuerpo, pero sin el aditivo del alma; que, como tengo más pasado que futuro, me corría prisa saborearte, deleitarme entre tus ingles, rodear con la punta de mi lengua tu ombligo, saciarme en tu gineceo. Y, por último, que yo no sé conjugar el verbo amar.

 

Si ese fue el dibujo que tu intuición femenina forjó  de Eugenio-Jesús de Ávila Juárez, te equivocaste. A mi edad no se juega con nada -solo a la primitiva-, porque se pierde a todo,  y  los sentimientos no toleran más heridas, porque la carne vieja no cicatriza más que cuando se la llevan las parcas.

 

Verte me arrancaba vejez y me ilustraba de juventud. Mirarte a los ojos detenía el tiempo. Y, al escuchar tu sonrisa, repicaba mi campanilla llamando a la saliva que endulza los besos.

 

No, mujer, soy un cuerpo en el que se aloja un alma rendida, que asumió su fracaso, que envidia al hombre que ames, que se arrepiente de haber nacido antes de tiempo en la ciudad del pretérito, en la que los minutos se cuentan cada setenta segundos.

Eugenio-Jesús de Ávila

 

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