Sábado, 29 de Noviembre de 2025

Mª Soledad Martín Turiño
Martes, 18 de Enero de 2022
ZAMORANA

Una mirada coincidente

[Img #61215]El eco se pierde entre el recodo del enorme río que baña una ciudad cualquiera. Desde lo alto se percibe el meandro con su enorme caudal; el agua baja tranquila pero incesante, teñida de un azul verdoso que se aprecia desde lejos y que, probablemente, varíe a media que el sol se refleje en sus aguas.

 

Intento bajar el montículo para estar a pie de río, pero resulta imposible porque la vegetación es espesa y hay zonas que alguien ha acotado con vallas metálicas, así que me limito a descender hasta donde permite la senda atestada de broza y follaje que campa a sus anchas. Por fin, diviso un claro y me encamino hacia allí; al llegar, el espectáculo es formidable y ha merecido la pena el esfuerzo e incluso los arañazos que jalonan mis piernas luchando con ramas y hojas, porque es un mirador perfecto. Me siento en el suelo y sigo visualmente la estela del río. Ahora es un espejo que, a veces, refracta tanto que incluso molesta a la vista, pero el panorama no puede ser más hermoso.

 

Me rodea un silencio roto tan solo por el zumbido de alguna avispa ocasional o cuando la leve brisa mueve la vegetación de mi entorno. No me canso de observar una naturaleza solitaria que debería ser disfrutada por la gente que habita en las cercanías de este lugar; así que me siento una espectadora de excepción con todas las vistas a mi disposición. 

 

Embebida y absorta por el río no me he dado cuenta de que, a lo lejos, en otro montículo cercano, un pastor guía a su rebaño mientras grita o silba al perro para que ninguna oveja se salga de su camino. Le contemplo sin ser vista y compruebo que se detiene a descansar en una piedra desde donde contempla el mismo espectáculo que yo en la otra ribera y supongo que ese puesto de observación no es fortuito, sino que lo tiene aprendido y tal vez sea el lugar donde repose por costumbre cuando lleve al rebaño a pacer por aquel territorio.

 

Cuando me levanto, me doy cuenta de que el pastor ha reparado en mi presencia, así que levanto el brazo a modo de saludo y él me responde del mismo modo. La breve y circunstancial conexión que se ha establecido entre los dos, permite que me sienta bien y propicia que mi regreso sea agradable, sin fijarme en los zarpazos de mis piernas.

 

A veces no son necesarias grandes manifestaciones, ni siquiera palabras; una sonrisa, una mirada, una palmada en la espalda, una caricia o un saludo puede ser el bálsamo más sanador de un alma entumecida o un cuerpo anhelante. Hoy, dos desconocidos han establecido un breve contacto visual, y ese acto ha significado algo más que un saludo; ha sido el compartir soledades en el marco de un deshabitado espacio natural que ninguno ha profanado, respetando el silencio.

 

Mª Soledad Martín Turiño

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