NOCTURNOS
Un amor tatuado por Dios
Pretendía amarte. No me lo permitiste. Acaso te dio miedo enamorarte de un viejo, de un tipo con más pretérito que futuro, con un hombre que ya se toma la vida del revés, con un ser humano que está de vuelta de la nada.
Quise disfrutar contigo de los últimos años de mi hombría. No va más. Me retiro a los versos, a la búsqueda de sus rimas. Te besaré en cada vocal que escriba, te acariciaré entre las palabras y te amaré con la sintaxis.
Yo creo que ya lo he amado todo, que no me queda ya ni una miaja de pasión en el baúl de mi erotismo. Me fui descapitalizando del amor, gastándolo en inversiones que concluyeron en bancarrotas de la fidelidad. Nunca he sabido si no supe amar o amé demasiado. Jamás sabré si mi manera de amar fue tan elevada que no se comprendió, como si fuera un texto de Schopenhauer o una película de Passolini, o tan burda como la de un badulaque del sexo, un malandrín del erotismo.
El caso que me voy caminando entre los recuerdos, hijos de la memoria, y se me aparece tu nombre, mujer, y lo pronuncio, en la soledad de mi lecho, sobre mi almohada, consejera del erotismo, con deleitación, pero con pena, con esa tristeza espesa que compone el tiempo, y me pregunto por qué te amé tanto, qué temiste de mí, por qué preferiste olvidarme a solas mientras yo te recordaba escribiendo en el papiro del agua.
Y me quedé contigo sin tenerte a mi vera, sin respirarte, sin acariciarte, sin mirarte. Y te guardo entre las aurículas de mi corazón, donde ejecuta un concierto mi dúo favorito: mi sístole-diástole. Y no le permito a mi cerebro que me libere del aroma que dejaste en el óleo de mi piel. Y te veo en las noches de verano, cuando un meteorito cruza el cielo de mi remembranza o entre el titilar de las estrellas. Y te adivino en cada gota de lluvia que cae sobre la memoria de mi vida. Y te siento entre la brisa que juega con las hojas de los chopos. Y me voy muriéndome sin pereza, con diligencia, sin miedo, enamorado de una utopía que se confundió con la ucronía.
Pudiste ser el último amor de mi vida y te quedaste como el deseo que nunca se transforma en realidad. Y, con todo, te amé tanto que te tengo conmigo sin que estés, sin poder tocar tu carne, pero gozando con tu espíritu, con tu esencia femenina encerrada en un cuerpo delicioso, tatuado por Dios.
Solo sé que me queda muy poco tiempo para amar y a ti demasiado tiempo para saber qué es el amor, cómo ganarlo y cómo perderlo. Y pensar ahora pretendí amarte y no me lo permitiste.
Eugenio-Jesús de Ávila
Pretendía amarte. No me lo permitiste. Acaso te dio miedo enamorarte de un viejo, de un tipo con más pretérito que futuro, con un hombre que ya se toma la vida del revés, con un ser humano que está de vuelta de la nada.
Quise disfrutar contigo de los últimos años de mi hombría. No va más. Me retiro a los versos, a la búsqueda de sus rimas. Te besaré en cada vocal que escriba, te acariciaré entre las palabras y te amaré con la sintaxis.
Yo creo que ya lo he amado todo, que no me queda ya ni una miaja de pasión en el baúl de mi erotismo. Me fui descapitalizando del amor, gastándolo en inversiones que concluyeron en bancarrotas de la fidelidad. Nunca he sabido si no supe amar o amé demasiado. Jamás sabré si mi manera de amar fue tan elevada que no se comprendió, como si fuera un texto de Schopenhauer o una película de Passolini, o tan burda como la de un badulaque del sexo, un malandrín del erotismo.
El caso que me voy caminando entre los recuerdos, hijos de la memoria, y se me aparece tu nombre, mujer, y lo pronuncio, en la soledad de mi lecho, sobre mi almohada, consejera del erotismo, con deleitación, pero con pena, con esa tristeza espesa que compone el tiempo, y me pregunto por qué te amé tanto, qué temiste de mí, por qué preferiste olvidarme a solas mientras yo te recordaba escribiendo en el papiro del agua.
Y me quedé contigo sin tenerte a mi vera, sin respirarte, sin acariciarte, sin mirarte. Y te guardo entre las aurículas de mi corazón, donde ejecuta un concierto mi dúo favorito: mi sístole-diástole. Y no le permito a mi cerebro que me libere del aroma que dejaste en el óleo de mi piel. Y te veo en las noches de verano, cuando un meteorito cruza el cielo de mi remembranza o entre el titilar de las estrellas. Y te adivino en cada gota de lluvia que cae sobre la memoria de mi vida. Y te siento entre la brisa que juega con las hojas de los chopos. Y me voy muriéndome sin pereza, con diligencia, sin miedo, enamorado de una utopía que se confundió con la ucronía.
Pudiste ser el último amor de mi vida y te quedaste como el deseo que nunca se transforma en realidad. Y, con todo, te amé tanto que te tengo conmigo sin que estés, sin poder tocar tu carne, pero gozando con tu espíritu, con tu esencia femenina encerrada en un cuerpo delicioso, tatuado por Dios.
Solo sé que me queda muy poco tiempo para amar y a ti demasiado tiempo para saber qué es el amor, cómo ganarlo y cómo perderlo. Y pensar ahora pretendí amarte y no me lo permitiste.
Eugenio-Jesús de Ávila



















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