HABLEMOS
¿Vuelta a la componenda?
Carlos Domínguez
La baqueteada reforma laboral está dando mucho más juego del que prometía, para avalar la inconsistencia de la tramoya de un sanchismo que lleva este país al desastre, como bien podía esperarse del grupito guirigay de arribistas, incompetentes y oportunistas carentes de programa y capacidad gestora, más allá de eslóganes y tópicos de manual progresista, adornados últimamente con el soniquete melifluo de ilustres empoderadas, o más bien infatuadas de un gobierno pastiche. Para Sánchez y el PSOE, el problema de una encallada reforma laboral es que acredita su dependencia de un separatismo ensoberbecido, cuyas fuerzas airean cada vez con mayor descaro su deslealtad constitucional, acompañada del chantaje presupuestario y parlamentario a un ejecutivo claudicante y en abierto retroceso. ¿Generales anticipadas? Probablemente, de atender a la fuerza de los hechos.
Pero la gran dificultad, como suele, viene de la oposición y los populares, más allá del entreguismo de un empresariado oficial y oficialista, cual otra/misma cara de un sindicalismo ejerciendo de aparato corporativo financiado por las estructuras del Estado. El problema que aflora con el desbarajuste gubernamental y parlamentario en que está degenerando la reforma socialcomunista viene dado, y digo como suele, por ciertas actitudes del PP, donde algunos sectores y figurillas, oficiando de santones dados a pontificar desde púlpitos a la FAES, ese fanal naturalmente en diferido de una nueva “cultura” liberal centrista, no han dejado de deslizar la posibilidad de que el PP, al menos por vía de alguna artimaña como la abstención, se avenga a una reforma que, fuera de cuestiones técnicas o económicas relativas al mercado de trabajo, devuelve a los sindicatos su monopolio en materia “negociadora”, siendo esto lo que verdaderamente importa; el poder, en suma.
Como suele, gracias a un PP heredero de aznarismo y rajoyismo el electorado conservador está a un paso de asistir al tinglado de costumbre. Por el momento, Casado y sus pretorianos, ¡ay, ay, ay!, parecen decididos a plantar cara, a diferencia de un Cs cuya complacencia raya el ridículo si no la indignidad. Pero por la lógica de las cosas, con partidos bisagra como Podemos y el mismo Cs en quiebra política, teniendo en cuenta además el ascenso de un Vox capaz de disputar al PP el liderazgo de la derecha, todo apunta, y ello por conveniencia, a una nueva entente de los dos partidos que aspiran a monopolizar el poder, en una suerte de turno desvirtuado a causa de los vicios de una partitocracia agotada. O sea, es muy posible que a no tardar, bajo maniobras harto conocidas, asistamos a lo de siempre: avenencia, pacto y apaño, oteando las ventajas de un bipartidismo degradado e inoperante, con independencia de siglas y nombres. De entrada, en Madrid un alcalde popular y de repentino fervor almudeno incumple sus promesas electorales (Madrid central), igual que cede sin rubor ante los comunistas de extrema izquierda. Ello al alimón con un PP nacional capaz de entregar en aras de una mal entendida “responsabilidad” institucional el Tribunal de Cuentas y el Constitucional al PSOE, mediando respecto al primero la purga de los propios. Así que, electores de la derecha, a votar allí y aquí a los de siempre, confiando a la vuelta de la esquina en la muy “responsable” renovación del CGPJ, junto a otros “acuerdos” de Estado bajo iniciativa de un PSOE oportunista, obligado por las circunstancias y el protagonismo impresentable de sus socios a virar hacia posiciones moderadas, de corte “socialdemócrata”. Loa y palabra de Sánchez, por cierto. ¿Y quién mejor para empezar, a la espera claro está de los demás, que un Cs siempre amigo de la cosa?
La baqueteada reforma laboral está dando mucho más juego del que prometía, para avalar la inconsistencia de la tramoya de un sanchismo que lleva este país al desastre, como bien podía esperarse del grupito guirigay de arribistas, incompetentes y oportunistas carentes de programa y capacidad gestora, más allá de eslóganes y tópicos de manual progresista, adornados últimamente con el soniquete melifluo de ilustres empoderadas, o más bien infatuadas de un gobierno pastiche. Para Sánchez y el PSOE, el problema de una encallada reforma laboral es que acredita su dependencia de un separatismo ensoberbecido, cuyas fuerzas airean cada vez con mayor descaro su deslealtad constitucional, acompañada del chantaje presupuestario y parlamentario a un ejecutivo claudicante y en abierto retroceso. ¿Generales anticipadas? Probablemente, de atender a la fuerza de los hechos.
Pero la gran dificultad, como suele, viene de la oposición y los populares, más allá del entreguismo de un empresariado oficial y oficialista, cual otra/misma cara de un sindicalismo ejerciendo de aparato corporativo financiado por las estructuras del Estado. El problema que aflora con el desbarajuste gubernamental y parlamentario en que está degenerando la reforma socialcomunista viene dado, y digo como suele, por ciertas actitudes del PP, donde algunos sectores y figurillas, oficiando de santones dados a pontificar desde púlpitos a la FAES, ese fanal naturalmente en diferido de una nueva “cultura” liberal centrista, no han dejado de deslizar la posibilidad de que el PP, al menos por vía de alguna artimaña como la abstención, se avenga a una reforma que, fuera de cuestiones técnicas o económicas relativas al mercado de trabajo, devuelve a los sindicatos su monopolio en materia “negociadora”, siendo esto lo que verdaderamente importa; el poder, en suma.
Como suele, gracias a un PP heredero de aznarismo y rajoyismo el electorado conservador está a un paso de asistir al tinglado de costumbre. Por el momento, Casado y sus pretorianos, ¡ay, ay, ay!, parecen decididos a plantar cara, a diferencia de un Cs cuya complacencia raya el ridículo si no la indignidad. Pero por la lógica de las cosas, con partidos bisagra como Podemos y el mismo Cs en quiebra política, teniendo en cuenta además el ascenso de un Vox capaz de disputar al PP el liderazgo de la derecha, todo apunta, y ello por conveniencia, a una nueva entente de los dos partidos que aspiran a monopolizar el poder, en una suerte de turno desvirtuado a causa de los vicios de una partitocracia agotada. O sea, es muy posible que a no tardar, bajo maniobras harto conocidas, asistamos a lo de siempre: avenencia, pacto y apaño, oteando las ventajas de un bipartidismo degradado e inoperante, con independencia de siglas y nombres. De entrada, en Madrid un alcalde popular y de repentino fervor almudeno incumple sus promesas electorales (Madrid central), igual que cede sin rubor ante los comunistas de extrema izquierda. Ello al alimón con un PP nacional capaz de entregar en aras de una mal entendida “responsabilidad” institucional el Tribunal de Cuentas y el Constitucional al PSOE, mediando respecto al primero la purga de los propios. Así que, electores de la derecha, a votar allí y aquí a los de siempre, confiando a la vuelta de la esquina en la muy “responsable” renovación del CGPJ, junto a otros “acuerdos” de Estado bajo iniciativa de un PSOE oportunista, obligado por las circunstancias y el protagonismo impresentable de sus socios a virar hacia posiciones moderadas, de corte “socialdemócrata”. Loa y palabra de Sánchez, por cierto. ¿Y quién mejor para empezar, a la espera claro está de los demás, que un Cs siempre amigo de la cosa?


















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