EL BECARIO TARDIO
Cosas del rugby
Esteban Pedrosa
La mañana era soleada y decidí acercarme hasta la Ciudad Deportiva, lugar para darse baños de sol hasta hartarse y combatir, así, una de las heladas que nos han visitado estos días.
Había visto el día anterior un cartel en el que se anunciaba un partido de rugby y hasta allí me encaminé, cámara en ristre, uniendo a los baños de sol, lo fotogénico que siempre me ha parecido ese deporte y tuve por cierto que la razón me asistía nada más empezar a pulsar el disparador y ver los resultados.
Yo imagino que ni en eso soy diferente y al rato quise saber el resultado, por aquella manía de ponerle cara al triunfador que tenemos y de ir siempre por uno de los dos equipos que contienden, sean del país que sean.
La pregunté al jugador que tenía más a mano: “Pues si te digo la verdad, creo que empatados a diez”., me dijo, con dudas. Aprovechando que el partido estaba detenido no sé por qué, charlamos y me dijo que él jugaba para divertirse “y si ganamos, mejor, pero aquí me olvido de todo”. Tuve curiosidad y pregunté a más jugadores por el resultado y creo recordar que solo uno vivía al día y me dijo el resultado. Entre los contendientes preguntados he de incluir a un linier que, si no entendí mal, era de uno de los equipos contendientes y en la otra línea se encontraba un linier del equipo contrario.
Cuando acabó el partido, recordé el baloncesto y la parafernalia prusiana que montan los equipos, con esa puesta en escena estudiada, poniéndose en fila, estabulados para darse la mano y dando muestra de deportividad, que no está mal, pero que se percibe cuidadosamente estudiada. El final de aquel partido de rugby era más natural, sin filas ni posturas encorsetadas, de tal manera que pareciera como si, de un momento a otro, sacarían pan y chorizo y una bota de vino o agua.
Ma fui contento para casa, convencido de haber presenciado un auténtico espectáculo deportivo y, muy importante, sin saber el resultado.
La mañana era soleada y decidí acercarme hasta la Ciudad Deportiva, lugar para darse baños de sol hasta hartarse y combatir, así, una de las heladas que nos han visitado estos días.
Había visto el día anterior un cartel en el que se anunciaba un partido de rugby y hasta allí me encaminé, cámara en ristre, uniendo a los baños de sol, lo fotogénico que siempre me ha parecido ese deporte y tuve por cierto que la razón me asistía nada más empezar a pulsar el disparador y ver los resultados.
Yo imagino que ni en eso soy diferente y al rato quise saber el resultado, por aquella manía de ponerle cara al triunfador que tenemos y de ir siempre por uno de los dos equipos que contienden, sean del país que sean.
La pregunté al jugador que tenía más a mano: “Pues si te digo la verdad, creo que empatados a diez”., me dijo, con dudas. Aprovechando que el partido estaba detenido no sé por qué, charlamos y me dijo que él jugaba para divertirse “y si ganamos, mejor, pero aquí me olvido de todo”. Tuve curiosidad y pregunté a más jugadores por el resultado y creo recordar que solo uno vivía al día y me dijo el resultado. Entre los contendientes preguntados he de incluir a un linier que, si no entendí mal, era de uno de los equipos contendientes y en la otra línea se encontraba un linier del equipo contrario.
Cuando acabó el partido, recordé el baloncesto y la parafernalia prusiana que montan los equipos, con esa puesta en escena estudiada, poniéndose en fila, estabulados para darse la mano y dando muestra de deportividad, que no está mal, pero que se percibe cuidadosamente estudiada. El final de aquel partido de rugby era más natural, sin filas ni posturas encorsetadas, de tal manera que pareciera como si, de un momento a otro, sacarían pan y chorizo y una bota de vino o agua.
Ma fui contento para casa, convencido de haber presenciado un auténtico espectáculo deportivo y, muy importante, sin saber el resultado.





















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