ZAMORANA
Saber hablar y aprender a callar
No es posible asentir siempre, ni callarse siempre, ni aguantar sin protestar o dar la respuesta que pide el cuerpo, aunque en ocasiones calle la razón por no entrar en diatribas con el de enfrente; pero todo tiene un límite: unas veces lo pone la edad, otros el escarmiento o, simplemente, que uno despierta una mañana cansado de que no le tomen en cuenta porque no discrepa, por ser una persona pacífica, sencilla y, por consiguiente, moderada, contenida y gris.
La discreción a menudo se confunde con la falta de iniciativa, con el asentimiento o con la falta de personalidad; sin embargo, no siempre es así.
Se le atribuye a Hemingway la frase: “Se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para aprender a callar” y a George Eliot el dicho: “Bendito sea el hombre que no teniendo nada que decir, se abstiene de demostrárnoslo con sus palabras”; lo que vienen a proclamar ambos autores es la necesaria cautela –que antes he denominado discreción- para pensar primero y hablar después, siempre y cuando lo que se diga merezca la pena ser escuchado.
Esta reflexión previa viene a cuento de la gran cantidad de gente que habla sin parar y de todos los temas, aunque no estén versados en ellos: tertulianos, comentaristas, periodistas, conferenciantes y, por supuesto, los políticos. Somos testigos de primera fila en nuestra tierra, por poner un ejemplo actual. Los cabezas de lista de todos los partidos políticos que se presentan a las elecciones de Castilla y León aparecen por estos lares arropados por los grandes de Madrid, los presidentes de cada formación que, con su presencia en el campo pretenden apoyar la agricultura o, haciéndose una foto en un establo de vacas, hacen lo propio con la ganadería, aunque después se olviden de ambas actividades esenciales para los pueblos que aún siguen en pie.
Avalan el programa de los candidatos con amplias sonrisas, abrazos constantes y muchas, muchas palabras; en el mejor de los casos hablan sobre las propuestas que tienen en su agenda política si llegan a gobernar y, aunque sabemos que muchas no las cumplirán, es necesario escucharles porque algo aportan. Lo peor viene cuando dicho candidato o el presidente que le arropa limita su discurso a calumniar al contrincante y difamar a sus rivales sin aportar otra cosa que maledicencia e insidias por muy reales que sean.
En este teatro-espectáculo, el espectador es el más importante porque él decide el voto; un público por lo general entregado a su favorito y curioso con el que no lo es, porque en Zamora hay mucha curiosidad y eventos como estos son la novedad más anhelada en una tierra aburrida y sin mucho que hacer. Solo espero que los candidatos miren a los ojos de los zamoranos y no confundan su silencio con aceptación, ni tampoco la discreción con pacatería como afirmó en una aciaga ocasión una ínclita escritora de cuyo nombre no quiero acordarme.
Mª Soledad Martín Turiño
No es posible asentir siempre, ni callarse siempre, ni aguantar sin protestar o dar la respuesta que pide el cuerpo, aunque en ocasiones calle la razón por no entrar en diatribas con el de enfrente; pero todo tiene un límite: unas veces lo pone la edad, otros el escarmiento o, simplemente, que uno despierta una mañana cansado de que no le tomen en cuenta porque no discrepa, por ser una persona pacífica, sencilla y, por consiguiente, moderada, contenida y gris.
La discreción a menudo se confunde con la falta de iniciativa, con el asentimiento o con la falta de personalidad; sin embargo, no siempre es así.
Se le atribuye a Hemingway la frase: “Se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para aprender a callar” y a George Eliot el dicho: “Bendito sea el hombre que no teniendo nada que decir, se abstiene de demostrárnoslo con sus palabras”; lo que vienen a proclamar ambos autores es la necesaria cautela –que antes he denominado discreción- para pensar primero y hablar después, siempre y cuando lo que se diga merezca la pena ser escuchado.
Esta reflexión previa viene a cuento de la gran cantidad de gente que habla sin parar y de todos los temas, aunque no estén versados en ellos: tertulianos, comentaristas, periodistas, conferenciantes y, por supuesto, los políticos. Somos testigos de primera fila en nuestra tierra, por poner un ejemplo actual. Los cabezas de lista de todos los partidos políticos que se presentan a las elecciones de Castilla y León aparecen por estos lares arropados por los grandes de Madrid, los presidentes de cada formación que, con su presencia en el campo pretenden apoyar la agricultura o, haciéndose una foto en un establo de vacas, hacen lo propio con la ganadería, aunque después se olviden de ambas actividades esenciales para los pueblos que aún siguen en pie.
Avalan el programa de los candidatos con amplias sonrisas, abrazos constantes y muchas, muchas palabras; en el mejor de los casos hablan sobre las propuestas que tienen en su agenda política si llegan a gobernar y, aunque sabemos que muchas no las cumplirán, es necesario escucharles porque algo aportan. Lo peor viene cuando dicho candidato o el presidente que le arropa limita su discurso a calumniar al contrincante y difamar a sus rivales sin aportar otra cosa que maledicencia e insidias por muy reales que sean.
En este teatro-espectáculo, el espectador es el más importante porque él decide el voto; un público por lo general entregado a su favorito y curioso con el que no lo es, porque en Zamora hay mucha curiosidad y eventos como estos son la novedad más anhelada en una tierra aburrida y sin mucho que hacer. Solo espero que los candidatos miren a los ojos de los zamoranos y no confundan su silencio con aceptación, ni tampoco la discreción con pacatería como afirmó en una aciaga ocasión una ínclita escritora de cuyo nombre no quiero acordarme.
Mª Soledad Martín Turiño




















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