Eugenio de Ávila
Sábado, 29 de Enero de 2022
ESCÉPTICO

El engaño de la política

[Img #61712]Amo la política, pero sospecho de todo político profesional. Empírico. Creo más en Dios, siendo ateo, que en los cargos políticos de todos los partidos. Y, cuando esta gente pone en marcha la maquinaria electoral, se muestra más aún la distancia entre los políticos, hombres y mujeres, y el pueblo. Siempre hay excepciones que confirman la regla.

 

Hay militancia que cree, como el alma pía en sus santos y vírgenes, que sus dirigentes son semidioses, tipo Aquiles. El personal de izquierdas, que vota opciones marxistas o sus derivadas, profesa una religión, mantiene una fe profundísima en sus ritos y liturgias, en sus libros sagrados y su historia, aunque los datos evidencien todo lo contrario. Yo también creí cuando vivía Franco que ser de izquierdas me procuraría conocer la verdad. Los años, las vivencias, las lecturas, la inteligencia, me apartaron de ese camino a ninguna parte, de ideologías anacrónicas, periclitadas y caóticas.

 

Los que siguen a partidos de derechas, conservadores o de lo que sea, como centristas y demás ralea, nunca aman a sus jefes. Aznar, verbigracia, nunca gozó de la simpatía de la gente que le votaba, ni, por supuesto Rajoy, ni mucho menos Casado, al que dan ganas de darle una propina cuando se le escucha, porque le falta alma, pasión, fuerza…identidad. La gente de derechas, la que no es de izquierdas, para entendernos mejor, carece de fe en sus líderes, aunque vaya a misa domingos y fiestas de guardar. Paradoja de la política en nuestros días.

 

Yo no me veo festejando a Casado ni portando bandera con el puño y la rosa, o de esta comunidad en la que no creo, ni cantando la Internacional ni el Cara el Sol. No soy hincha de partido alguno. No me iría a la guerra por nada, solo por defender la libertad, la igualdad entre todos los hombres, pero sin exigir que se me considere a mí económicamente mejor que a un talento, sin privilegios ante la ley, sin convertirme en objeto del nepotismo. Yo no soy más que un analfabeto, o que alguien que sabe leer, escribir mal y las cuatro reglas, que jamás leyó un libro o que desconoce la música clásica, la filosofía de Schopenhauer o Nietzsche, o el cine de Ford, Welles o Visconti. Como ser humano, merezco un respeto, pero no por mis conocimientos, talento, si lo hubiera; inteligencia, se la tuviera. Soy un ser mortal. Un ser racional que conoce su finitud, que sabe que posee ya más tiempo pretérito que futuro.

 

 Pero no me exija fe en los políticos, en los partidos, en cualquier ideología. Soy tan libre que me molesta hasta mi envoltura. Y alcanzo el máximo descrédito hacia la política ahora, cuando unos ofrecen lo imposible, porque nunca gobernarán, y otros te venden el agua en una cesta, los que pueden gobernar.

 

 Ofrecer lo que no se puede dar. Vender lo que no es imposible comprar. Amar lo que no existe. Todo para el pueblo, pero sin el pueblo. Igualdad, pero con privilegios. Democracia, pero con nepotismo. La paja en el ojo ajeno, pero jamás la viga en el nuestro. La política se ha degradado en España como jamás pude imaginar. La mentira derrotó a la verdad, la indecencia,  a la honestidad; la imagen, a la esencia;  el subjuntivo, al indicativo; la estupidez, al talento.

La prueba del algodón: recoja los programas electorales de todos los partidos que pretenden su voto el día 13 de febrero. Tenga en cuenta que algunas formaciones nunca gobernarán. Dato fundamental. Y, cuando transcurra un tiempo prudencial, coteje las ofertas anteriores a la fecha electoral con los hechos, con la realidad. Y, al concluir la legislatura, insista en ese estudio. Y encontrará que pocas propuestas abandonaron el papel para asirse a la verdad. Verbigracia: el PP ha elaborado mil medidas para cambiar esta comunidad, esta autonomía sin sentido, construida sin cabeza, sin historia. Y, si gana las elecciones, veamos lo que hizo Fernández Mañueco con ese millar de propuestas. Y el PSOE también promete arreglar la sanidad, cambiarlo todo, no como pretendía Lampedusa, sino de verdad.

Hechos. Lo demás no importa. Ni los apretones de manos, ni las promesas, ni los abrazos. Nada. He perdido toda esperanza en los políticos. Me ausencia absoluta de fe en Dios y en los profesionales de la res pública me conduce a este escepticismo pirrónico.

“¿Dioses? Tal vez los haya. Ni lo afirmo ni lo niego, porque no lo sé ni tengo medios para saberlo. Pero sé, porque esto me lo enseña diariamente la vida, que si existen ni se ocupan ni se preocupan de nosotros.” Epicuro. Tampoco los políticos, dioses modernos, se preocupan del pueblo. Miento: solo cuando hay elecciones en el horizonte. El engaño de la política.

Eugenio-Jesús de Ávila

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