Mª Soledad Martín Turiño
Sábado, 05 de Febrero de 2022
ZAMORANA

Un buen momento

[Img #62019]Ojalá lleguen pronto los buenos tiempos, el viento barra de un plumazo las malas sensaciones creadas por tanta espera, incredulidad, desesperación, enfermedad y muerte, y se pueda caminar libremente sin la sensación de ser perseguidos por un minúsculo ser vivo que es capaz de atacar con ferocidad desmedida.

 

Ahora que abordamos los inicios del mes de febrero, cuando empieza a tornar la esperanza, cuando los días van pareciendo más largos y luminosos, albergo la esperanza de reencontrarnos con la vida de verdad, con ese tiempo que nos obligaron a perder en favor de la salud y cuando lo retomemos, habrá de gozarse doblemente, llevando a cabo muchos de los propósitos que entonces no pudimos realizar.

 

Salgo al campo en este lugar norteño dominado por la cordillera cantábrica, las colinas verdes llenas de árboles parecen estrangular la carretera y ocupar el terreno que les pertenece por derecho; casi siempre el agua está presente: un río, un arroyo o un regato suelen acompañar al paseante por estas sendas creadas por el hombre para solaz de deportistas o paseantes que caminan a paso raudo o lento, a solas con sus pensamientos, mientras crece un reconfortante sentimiento de estar en paz con la naturaleza y de formar parte de ella. Cuando, en algunos tramos, parece que estamos solos, se oye el cantar de un pájaro, el ladrido de un perro, o se divisa a lo lejos un rebaño de cabras, o vacas que pastan libremente en los prados.

 

El aire es puro, incontaminado, limpio. Respiro profundamente varias veces intentando liberar la toxicidad que han adquirido los pulmones en la ciudad, para llenarlos con la tibieza de este ambiente idílico. De vez en cuando me siento en uno de los bancos de madera dispuestos a lo largo del camino para reponer fuerzas antes de reemprender la marcha; entonces observo un cielo azul salpicado de nubes algodonosas que constituye todo un espectáculo.

 

Consigo dejar la mente en blanco y me centro únicamente en la belleza del lugar mientras el tiempo parece detenerse. Nada se mueve. Las hojas de los árboles permanecen quietas y hasta el rumor del agua que fluye en el arroyo cercano se pierde entre los árboles y la hojarasca; más que un paisaje, parece el interior de un estudio, tal es la quietud y placidez del momento.

 

Se atribuye a la escritora americana Dorothy Parker la frase: “se enferman de calma quienes conocen la tormenta”, y tal vez sea el ansia por adquirir un poco de paz en medio de la vorágine de una vida absurda que nos hemos creado, la que propicia que cuando salimos de ella para refugiarnos en un lugar hermoso y solitario, alma, mente y corazón se mezclen con este ambiente para confortar, al menos momentáneamente, el dolor de la tempestad que cabalga a sus anchas, y nos priva de ser completamente libres.

 

Mª Soledad Martín Turiño

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