NOCTURNOS
El amor y el arte de vivir y la futilidad de morir
Solo la belleza me impide morir, romper con la inercia de vivir. Solo la belleza me mantiene con vida. Solo la belleza subsiste en el recuerdo. El amor es belleza. Y yo, a mi edad, parezco a Petronio, porque amo, porque me enamoró la elegancia de una mujer, su forma de tratarme, con cariño y displicencia, con mimo y desprecio. La quiero como si la rima al verso; la siento dentro como una sinfonía de Mahler, la recuerdo como el traje de su Primera Comunión el niño humilde. La deseo como el seductor libertino a una virgen.
Nunca hallé como en esa mujer tal hermosura lírica, delicada, se diría que casi japonesa y un descomunal talento para seducirte y vaciarte por dentro. ¡Cómo no enamorarme, aunque ya Cronos me advirtiese que no me daría más cuerda en el reloj de mí tiempo!
Ella ya no desea caminar a mi vera, porque prefiere brindar con sangre de la tierra en honor de la ucronía. Y yo solo sé amar hasta que me duela. Masoquista. Una nimiedad en esta era de la economía de mercado, de nada por poco, o de todo del revés, de mentiras que guardan embustes.
Ella me ofreció beber la ambrosía que alimenta a los que encontramos poesía en la gota de lluvia que se queda a dormir en el haz de una hoja, o permanecemos, hipnotizados, ante un gusano que teje su capullo de seda para transformarse en mariposa y engendrar nueva vida.
Desde que escuché su voz, supe que ella se convertiría en la mujer que me enseñase el arte de vivir y la futilidad de morir. Me enseñó a amarla sin que me amase, a que la adorase como si fuera una diosa mortal, a que le escribiese cartas de amor que habrá guardado en el archivo de su alma grande. Y yo sabía que no era nada para ella, ni polvo en el tiempo, ni un lunes de invierno, ni tan si quiera quiso pronunciar mi nombre de poeta hispanoamericano.
Pero, amigo, ¡cuánto la he amado! Tanto que me olvidé de mí mismo para acordarme, cada segundo de mi tonta vida, de ella. Y sé por qué la amo, aunque nunca he llegado a comprender por qué se ama si el amor no existe. ¡Ay, Dama del Esla, también hubiera sentido el placer de la carne cuando brindase contigo con un buen vino de Toro antes de amarte sobre un lecho de cirros!
Eugenio-Jesús de Ávila
Solo la belleza me impide morir, romper con la inercia de vivir. Solo la belleza me mantiene con vida. Solo la belleza subsiste en el recuerdo. El amor es belleza. Y yo, a mi edad, parezco a Petronio, porque amo, porque me enamoró la elegancia de una mujer, su forma de tratarme, con cariño y displicencia, con mimo y desprecio. La quiero como si la rima al verso; la siento dentro como una sinfonía de Mahler, la recuerdo como el traje de su Primera Comunión el niño humilde. La deseo como el seductor libertino a una virgen.
Nunca hallé como en esa mujer tal hermosura lírica, delicada, se diría que casi japonesa y un descomunal talento para seducirte y vaciarte por dentro. ¡Cómo no enamorarme, aunque ya Cronos me advirtiese que no me daría más cuerda en el reloj de mí tiempo!
Ella ya no desea caminar a mi vera, porque prefiere brindar con sangre de la tierra en honor de la ucronía. Y yo solo sé amar hasta que me duela. Masoquista. Una nimiedad en esta era de la economía de mercado, de nada por poco, o de todo del revés, de mentiras que guardan embustes.
Ella me ofreció beber la ambrosía que alimenta a los que encontramos poesía en la gota de lluvia que se queda a dormir en el haz de una hoja, o permanecemos, hipnotizados, ante un gusano que teje su capullo de seda para transformarse en mariposa y engendrar nueva vida.
Desde que escuché su voz, supe que ella se convertiría en la mujer que me enseñase el arte de vivir y la futilidad de morir. Me enseñó a amarla sin que me amase, a que la adorase como si fuera una diosa mortal, a que le escribiese cartas de amor que habrá guardado en el archivo de su alma grande. Y yo sabía que no era nada para ella, ni polvo en el tiempo, ni un lunes de invierno, ni tan si quiera quiso pronunciar mi nombre de poeta hispanoamericano.
Pero, amigo, ¡cuánto la he amado! Tanto que me olvidé de mí mismo para acordarme, cada segundo de mi tonta vida, de ella. Y sé por qué la amo, aunque nunca he llegado a comprender por qué se ama si el amor no existe. ¡Ay, Dama del Esla, también hubiera sentido el placer de la carne cuando brindase contigo con un buen vino de Toro antes de amarte sobre un lecho de cirros!
Eugenio-Jesús de Ávila

















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