NOCTURNOS
El amor platónico, el vulgar y el amor inteligente
Recuerdo que, ha mucho tiempo, casi medio siglo, estuve enamorado de una niña que era algo mayor que yo, un año. Fue mi primer amor. En esa época el amor no es tal, porque en esas edades el sexo supera al seso. Además, cuando eres un quinceañero, una damita sabe más que cualquier mozalbete, como era un servidor, émulo de Romeo.
Escribí entonces mis primeros versos, tantos como los besos que nunca hallaron aquellos labios de Julieta. Cuando eres joven, ni existe la muerte, ni el amor bancario, basado en el interés. Amas porque sí, sin saber por qué, quizá porque la niña es muy guapa o así lo dictan las hormonas. El adolescente es una fábrica de espermatozoides que quiere sembrar en tierra fértil, porque si no acumulas tanto estocaje que te impide pensar.
Cuando maduras, si bien hay personas octogenarias que todavía se comportan como jovenzuelos, amas solo a quien te ama, apuestas fuerte por una mujer, en mi caso, que sea tan hermosa como inteligente, que pueda ser tuya y tú de ella, incluso deseas que tu pareja, amante, novia te dominen, te dirijan, se impongan. En el amor se trata de perderse a uno mismo en otro cuerpo, en otra alma. Porque, cuánto menos pienses en ti y más en ella, más poderoso será el vínculo que te una a esa dama.
Me han gustado pocas mujeres en mi vida. Soy muy raro. Quise haberlo sido todo para esas féminas. A veces, frené mis deseos. Me dieron miedo. Otras, cuando más las amaba, consideraron que mi persona les resultaba demasiado apasionada, seductora, avasalladora, y prefirieron vivir la vida con sus esposos y sus novios, porque se sentían a gusto, aunque ni existía pasión ni amor intenso por sus hombres. Quizá yo también desperté temor en esas mujeres. Doy miedo y no sé por qué.
Nunca jamás me colgaré por una dama que no será mía. No se debe querer a quién no se puede tener. Si me encanta una fémina e intuyo que apenas me presta atención, desaparezco. No me enfado. Solo busco no sufrir por amar sin amor. A ciertas edades, ni las dolencias físicas ni las enfermedades del alma se recuperan. El dolor perdura hasta que las parcas vengan a tentarte, hasta que pagues el óbolo que guardas en la boca, huérfana de besos, a Caronte
Eugenio-Jesús de Ávila
Recuerdo que, ha mucho tiempo, casi medio siglo, estuve enamorado de una niña que era algo mayor que yo, un año. Fue mi primer amor. En esa época el amor no es tal, porque en esas edades el sexo supera al seso. Además, cuando eres un quinceañero, una damita sabe más que cualquier mozalbete, como era un servidor, émulo de Romeo.
Escribí entonces mis primeros versos, tantos como los besos que nunca hallaron aquellos labios de Julieta. Cuando eres joven, ni existe la muerte, ni el amor bancario, basado en el interés. Amas porque sí, sin saber por qué, quizá porque la niña es muy guapa o así lo dictan las hormonas. El adolescente es una fábrica de espermatozoides que quiere sembrar en tierra fértil, porque si no acumulas tanto estocaje que te impide pensar.
Cuando maduras, si bien hay personas octogenarias que todavía se comportan como jovenzuelos, amas solo a quien te ama, apuestas fuerte por una mujer, en mi caso, que sea tan hermosa como inteligente, que pueda ser tuya y tú de ella, incluso deseas que tu pareja, amante, novia te dominen, te dirijan, se impongan. En el amor se trata de perderse a uno mismo en otro cuerpo, en otra alma. Porque, cuánto menos pienses en ti y más en ella, más poderoso será el vínculo que te una a esa dama.
Me han gustado pocas mujeres en mi vida. Soy muy raro. Quise haberlo sido todo para esas féminas. A veces, frené mis deseos. Me dieron miedo. Otras, cuando más las amaba, consideraron que mi persona les resultaba demasiado apasionada, seductora, avasalladora, y prefirieron vivir la vida con sus esposos y sus novios, porque se sentían a gusto, aunque ni existía pasión ni amor intenso por sus hombres. Quizá yo también desperté temor en esas mujeres. Doy miedo y no sé por qué.
Nunca jamás me colgaré por una dama que no será mía. No se debe querer a quién no se puede tener. Si me encanta una fémina e intuyo que apenas me presta atención, desaparezco. No me enfado. Solo busco no sufrir por amar sin amor. A ciertas edades, ni las dolencias físicas ni las enfermedades del alma se recuperan. El dolor perdura hasta que las parcas vengan a tentarte, hasta que pagues el óbolo que guardas en la boca, huérfana de besos, a Caronte
Eugenio-Jesús de Ávila

















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