NOCTURNOS
Soñar que amé
Hoy me desperté y era otro. Me vino tu imagen a mi cabeza y caí en la cuenta de que no te amaba, que nunca te había amado. Me levanté. Entre en el baño. Mi cara no me pareció la mía de siempre. Me duché. Dudé de mí, de quién había sido hasta hoy. Reflexioné. Quizá soñé a otro hombre que amaba a esa mujer que entró en mi cerebro al alba.
No te echo de menos, porque solo fuiste un sueño; pero no sabes cómo te amé mientras era otro que no soy ahora. Te escribí dos cartas de amor, una mecanografiada, la otra, a mano, tal y como tú me pediste. Me hipnotizaba tu voz de nena, casi cursi, bonita y de papá. Olías a junco de río y respirabas las brisas como perfume de Loewe.
Hablábamos mucho y no hacíamos el amor. Nunca. Ni en sueños. La literatura ganó al hedonismo y el seso al sexo. Nunca supe si me amaste del revés o te reíste de mí de frente. Asumo que fui poca cosa para que te quedaras conmigo el resto de mi vida.
Una mujer tan hermosa, como tú –recuerdo aún que te llamabas Marisa- con toda su arquitectura en perfecto estado, con ese cuerpo gótico, el rostro renacentista y dos senos como cúpulas bizantinas, jamás podría enamorarse de un tipo tan vulgar como yo, que soy solo cabaña de madera mala, con termitas y carcoma.
Tú, mujer de mi sueño erótico, despertaste el poeta que buscaba versos entre tus pestañas y las estrofas en tu mirada. Y ahora, cuando me enfrenté a Morfeo y lo vencí, comprendo que nunca he sabido amar como en el sueño que te soñé.
Eugenio-Jesús de Ávila
Hoy me desperté y era otro. Me vino tu imagen a mi cabeza y caí en la cuenta de que no te amaba, que nunca te había amado. Me levanté. Entre en el baño. Mi cara no me pareció la mía de siempre. Me duché. Dudé de mí, de quién había sido hasta hoy. Reflexioné. Quizá soñé a otro hombre que amaba a esa mujer que entró en mi cerebro al alba.
No te echo de menos, porque solo fuiste un sueño; pero no sabes cómo te amé mientras era otro que no soy ahora. Te escribí dos cartas de amor, una mecanografiada, la otra, a mano, tal y como tú me pediste. Me hipnotizaba tu voz de nena, casi cursi, bonita y de papá. Olías a junco de río y respirabas las brisas como perfume de Loewe.
Hablábamos mucho y no hacíamos el amor. Nunca. Ni en sueños. La literatura ganó al hedonismo y el seso al sexo. Nunca supe si me amaste del revés o te reíste de mí de frente. Asumo que fui poca cosa para que te quedaras conmigo el resto de mi vida.
Una mujer tan hermosa, como tú –recuerdo aún que te llamabas Marisa- con toda su arquitectura en perfecto estado, con ese cuerpo gótico, el rostro renacentista y dos senos como cúpulas bizantinas, jamás podría enamorarse de un tipo tan vulgar como yo, que soy solo cabaña de madera mala, con termitas y carcoma.
Tú, mujer de mi sueño erótico, despertaste el poeta que buscaba versos entre tus pestañas y las estrofas en tu mirada. Y ahora, cuando me enfrenté a Morfeo y lo vencí, comprendo que nunca he sabido amar como en el sueño que te soñé.
Eugenio-Jesús de Ávila

















Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.145