ZAMORANA
Castilla en Soria
Qué hermoso recorrer esa Castilla de castellanos viejos, Castilla de castillos, de almenas, de murallas, de románico, de arcos de piedra, de iglesias, ermitas, colegiatas y campanarios donde anidan, altivas, las cigüeñas. La Castilla medieval que baña el Duero recuerda vestigios de un pasado guerrero con el Cid erguido cabalgando sobre Babieca, la tizona en su mano derecha, campo adelante a todo galope mientras dejaba tras de sí una estela polvorienta.
Gentes silenciosas que guardan en sus casas tesoros impagables que consideran trastos viejos, dormidos en la nebulosa tela de araña que confiere el tiempo: viejos baúles centenarios, alacenas antiguas, trillos, puertas de madera labradas y un sinfín de pequeñas y grandes maravillas que ellos desprecian con desgana y no consideran sino bártulos rancios.
El cielo intensamente azul constituye el techo de estos villorrios que surgen a lo largo del camino, a pocos kilómetros de distancia unos de otros y a cuál más hermosos. La tierra soriana mantiene y conserva restos de un pasado medieval que se hace patente en ciudades como Medinaceli, El Burgo de Osma, Calatañazor, Berlanga y tantos otros lugares pequeños donde aún puede degustarse su historia entre las calles de piedra donde el tiempo parece haberse detenido.
El Duero es testigo y juez de estas tierras, lo vemos a cada paso, aunque juega apareciendo y ocultándose, pero ahí está con su caudal eterno para orgullo y deleite de la vista. A la derecha del camino, observa la subida hasta la ermita de San Saturio construida sobre enormes roquedales donde la gente hace una parada para recuperar el resuello antes de entrar en el recinto del santo patrón de la ciudad soriana.
En el Espino, junto a la imponente iglesia de Nuestra Señora, Machado está presente en los restos del olmo seco donde se inspiró para su poema, y dentro de la necrópolis, la sepultura de Leonor, su fallecida joven esposa, descansa en un silencio que solo rompen las ramas de los altos cipreses cuando se cimbrean con los aires de otoño.
Soria es Castilla, provincia hermana de costumbres similares a Zamora, de gentes sencillas como nosotros, de capital y pueblos que también reclaman su lugar en la historia presente y futura. Castellanos y leoneses somos hermanos, y seguiremos siéndolo cuando determinen un día separar por sobradas razones culturales e históricas a estas dos provincias en dos comunidades autónomas diferentes. Hemos bebido de las mismas fuentes, tenemos sangres mezcladas y razones suficientes para seguir hermanadas para siempre formemos o no una misma comunidad, y el Duero, ese rio que nos une, seguirá recordándonos que formamos parte de un todo común.
Mª Soledad Martín Turiño
Qué hermoso recorrer esa Castilla de castellanos viejos, Castilla de castillos, de almenas, de murallas, de románico, de arcos de piedra, de iglesias, ermitas, colegiatas y campanarios donde anidan, altivas, las cigüeñas. La Castilla medieval que baña el Duero recuerda vestigios de un pasado guerrero con el Cid erguido cabalgando sobre Babieca, la tizona en su mano derecha, campo adelante a todo galope mientras dejaba tras de sí una estela polvorienta.
Gentes silenciosas que guardan en sus casas tesoros impagables que consideran trastos viejos, dormidos en la nebulosa tela de araña que confiere el tiempo: viejos baúles centenarios, alacenas antiguas, trillos, puertas de madera labradas y un sinfín de pequeñas y grandes maravillas que ellos desprecian con desgana y no consideran sino bártulos rancios.
El cielo intensamente azul constituye el techo de estos villorrios que surgen a lo largo del camino, a pocos kilómetros de distancia unos de otros y a cuál más hermosos. La tierra soriana mantiene y conserva restos de un pasado medieval que se hace patente en ciudades como Medinaceli, El Burgo de Osma, Calatañazor, Berlanga y tantos otros lugares pequeños donde aún puede degustarse su historia entre las calles de piedra donde el tiempo parece haberse detenido.
El Duero es testigo y juez de estas tierras, lo vemos a cada paso, aunque juega apareciendo y ocultándose, pero ahí está con su caudal eterno para orgullo y deleite de la vista. A la derecha del camino, observa la subida hasta la ermita de San Saturio construida sobre enormes roquedales donde la gente hace una parada para recuperar el resuello antes de entrar en el recinto del santo patrón de la ciudad soriana.
En el Espino, junto a la imponente iglesia de Nuestra Señora, Machado está presente en los restos del olmo seco donde se inspiró para su poema, y dentro de la necrópolis, la sepultura de Leonor, su fallecida joven esposa, descansa en un silencio que solo rompen las ramas de los altos cipreses cuando se cimbrean con los aires de otoño.
Soria es Castilla, provincia hermana de costumbres similares a Zamora, de gentes sencillas como nosotros, de capital y pueblos que también reclaman su lugar en la historia presente y futura. Castellanos y leoneses somos hermanos, y seguiremos siéndolo cuando determinen un día separar por sobradas razones culturales e históricas a estas dos provincias en dos comunidades autónomas diferentes. Hemos bebido de las mismas fuentes, tenemos sangres mezcladas y razones suficientes para seguir hermanadas para siempre formemos o no una misma comunidad, y el Duero, ese rio que nos une, seguirá recordándonos que formamos parte de un todo común.
Mª Soledad Martín Turiño




















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