GRACIAS
¡Me estresa tanta cultura!
Va con la vida que los tiempos cambien y que las nuevas generaciones se vayan alejando en costumbres y miradas de los que peinan canas. Uno de los sectores que se ha visto afectado por el ciclón de horas, que da paso al vendaval de días, que van empujando los años, sin apenas dejar que nos quitemos el polvo de encima, es el vecindario. Ya no se estila pedirle sal o laurel a tu vecino y, mucho menos, debatir sobre cómo está el precio del pan, asomados por la ventana del patio de luces. Hago esta reflexión porque, cierto día de la semana pasada, disfruté de la entrañable película «Historias de Madrid», con nuestro Cary Grant español, el espectacular Tony Leblanc; y trasladé mi memoria hasta aquellos momentos, en los que compartir poyo y silla al sereno era la medicina para cumplir con el día.
Y a día de hoy, -no es que quiera presumir por darles envidia a ustedes-, he recuperado aquella nostalgia de gran familia que presta un barrio, porque tengo la fortuna de poder llamar por el balcón a mi vecina, para repartir masa madre y comunicar el parte meteorológico, que en cuanto empieza a embestir el viento de Valorio me avisa: “¡arría toldos!”. Tanto valoro el cariño que circula por la escalera, cuando nos encontramos, que estoy tomándole las medidas para conservarla en una vitrina y que me dure muchos años, por favor.
Pues esta vecina, sobre la que les cuento mi suerte, me preocupó con su llamada vespertina el pasado jueves. Se sentía estresada porque se acumulaba, en ese fin de semana que ya llegaba, toda una ristra de actos culturales y eventos artísticos, y no podía, como se suele decir, estar en misa y repicando.
Ha sido una sensación increíblemente satisfactoria andar por las calles de Zamora, de Carrión a Biblioteca, de Etnográfico a Viriato, de Principal a Pompa Circense y ¡que no llegamos al Troncoso!
Gracias altas, gordas, grandes, amplias hasta más allá del horizonte, a los organizadores de PoetiZA y del Festival Internacional de Títeres y Marionetas, y por todos los encuentros que solo el arte y la cultura pueden remover dentro de uno la emoción: momentos que cuidaré en esa vitrina de tesoros que remozan la vida.
Esther Ferreira Leonís
Va con la vida que los tiempos cambien y que las nuevas generaciones se vayan alejando en costumbres y miradas de los que peinan canas. Uno de los sectores que se ha visto afectado por el ciclón de horas, que da paso al vendaval de días, que van empujando los años, sin apenas dejar que nos quitemos el polvo de encima, es el vecindario. Ya no se estila pedirle sal o laurel a tu vecino y, mucho menos, debatir sobre cómo está el precio del pan, asomados por la ventana del patio de luces. Hago esta reflexión porque, cierto día de la semana pasada, disfruté de la entrañable película «Historias de Madrid», con nuestro Cary Grant español, el espectacular Tony Leblanc; y trasladé mi memoria hasta aquellos momentos, en los que compartir poyo y silla al sereno era la medicina para cumplir con el día.
Y a día de hoy, -no es que quiera presumir por darles envidia a ustedes-, he recuperado aquella nostalgia de gran familia que presta un barrio, porque tengo la fortuna de poder llamar por el balcón a mi vecina, para repartir masa madre y comunicar el parte meteorológico, que en cuanto empieza a embestir el viento de Valorio me avisa: “¡arría toldos!”. Tanto valoro el cariño que circula por la escalera, cuando nos encontramos, que estoy tomándole las medidas para conservarla en una vitrina y que me dure muchos años, por favor.
Pues esta vecina, sobre la que les cuento mi suerte, me preocupó con su llamada vespertina el pasado jueves. Se sentía estresada porque se acumulaba, en ese fin de semana que ya llegaba, toda una ristra de actos culturales y eventos artísticos, y no podía, como se suele decir, estar en misa y repicando.
Ha sido una sensación increíblemente satisfactoria andar por las calles de Zamora, de Carrión a Biblioteca, de Etnográfico a Viriato, de Principal a Pompa Circense y ¡que no llegamos al Troncoso!
Gracias altas, gordas, grandes, amplias hasta más allá del horizonte, a los organizadores de PoetiZA y del Festival Internacional de Títeres y Marionetas, y por todos los encuentros que solo el arte y la cultura pueden remover dentro de uno la emoción: momentos que cuidaré en esa vitrina de tesoros que remozan la vida.
Esther Ferreira Leonís




















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