CON LOS CINCO SENTIDOS
Reservado el derecho de admisión
Este cartelito lo veo en muchos sitios. A veces, no entiendo muy bien si se refiere a que te pueden echar si les da la gana o tienen potestad para hacerlo por el simple hecho de colgar en su puerta el dichoso cartel de marras. Se supone que con ello quieren dejar claro que si te pones a bailar sevillanas encima de una mesa o hablas con un tono de voz que se asemeje al de estar arreando ganado, por poner un par de ejemplos así, “al tuntún”, te pueden echar. Es lógico. Creo que también deberíamos ponerlo en la puerta de cada casa, para no dejar entrar en tu oasis particular ciertas cosas purulentas como la maldad, la mendacidad humana, la envidia, la tontería y la basura que, sin querer, se cuela en tu rellano y no la echas de ahí ni con agua hirviendo.
El corazón también es un lugar donde deberíamos poner, de manera bien visible, que no puede entrar cualquiera a torcer o a romper lo que ya está compartimentado, con la intención de hacerle daño y destruirlo a su antojo. Pero claro, el corazón no piensa, siente y te ayuda a respirar, mas no sabe si el que llama a la aldaba de su puerta viene para hacerte bien y abrazarte o para asestarte una puñalada trapera que ni esperabas. Para eso está el cerebro. Pero el cerebro, en ciertas ocasiones, está a por uvas y el jefazo que se queda al mando hasta que aquél vuelve es el corazón, esa víscera que no piensa y que deja entrar a cualquiera que le ponga ojitos tiernos.
Menos mal que el cerebro, tarde o temprano, vuelve y después de una interna e intensa discusión con el aturdido y engañado corazón, es capaz de ponerlo en su sitio de un par de metafóricos guantazos. Como tiene que ser.
Ten reservado el derecho de admisión en tu vida, en tu casa, en tu cabeza y en tu corazón, para que nadie te utilice, para respetarte a tí mismo. Porque te quieres y porque no mereces menos. Aunque te cueste.
Nélida L. del Estal Sastre
Este cartelito lo veo en muchos sitios. A veces, no entiendo muy bien si se refiere a que te pueden echar si les da la gana o tienen potestad para hacerlo por el simple hecho de colgar en su puerta el dichoso cartel de marras. Se supone que con ello quieren dejar claro que si te pones a bailar sevillanas encima de una mesa o hablas con un tono de voz que se asemeje al de estar arreando ganado, por poner un par de ejemplos así, “al tuntún”, te pueden echar. Es lógico. Creo que también deberíamos ponerlo en la puerta de cada casa, para no dejar entrar en tu oasis particular ciertas cosas purulentas como la maldad, la mendacidad humana, la envidia, la tontería y la basura que, sin querer, se cuela en tu rellano y no la echas de ahí ni con agua hirviendo.
El corazón también es un lugar donde deberíamos poner, de manera bien visible, que no puede entrar cualquiera a torcer o a romper lo que ya está compartimentado, con la intención de hacerle daño y destruirlo a su antojo. Pero claro, el corazón no piensa, siente y te ayuda a respirar, mas no sabe si el que llama a la aldaba de su puerta viene para hacerte bien y abrazarte o para asestarte una puñalada trapera que ni esperabas. Para eso está el cerebro. Pero el cerebro, en ciertas ocasiones, está a por uvas y el jefazo que se queda al mando hasta que aquél vuelve es el corazón, esa víscera que no piensa y que deja entrar a cualquiera que le ponga ojitos tiernos.
Menos mal que el cerebro, tarde o temprano, vuelve y después de una interna e intensa discusión con el aturdido y engañado corazón, es capaz de ponerlo en su sitio de un par de metafóricos guantazos. Como tiene que ser.
Ten reservado el derecho de admisión en tu vida, en tu casa, en tu cabeza y en tu corazón, para que nadie te utilice, para respetarte a tí mismo. Porque te quieres y porque no mereces menos. Aunque te cueste.
Nélida L. del Estal Sastre




















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