ZAMORANA
La libertad de ser libre
Desterrado del poder, humillado por los políticos, abandonado a su suerte por no comulgar con ideas ajenas, vive en este exilio donde ha encontrado un poco de la paz que le arrebataban desde el comienzo del día, con una agenda dictada por otros: reuniones, comidas de trabajo, notas de prensa, desmentidos, cualquier cosa inédita que sirviera para desprestigiar al contrario…, adornado siempre con palabras cuidadas, sin llegar a ser ordinario porque había que medir formas y dichos para que los electores lo tuvieran en cuenta. Ya lo cantaba Serrat en “Lecciones de urbanidad”:
Muéstrese en público cordial,
atento, considerado,
cortés, cumplido, educado,
solícito y servicial.
Y cuando la cague, haga el favor
de engalanar la boñiga.
Que, admirado, el mundo diga:
"¡Qué lindo caga el señor!"
Él aprendió la lección y actuaba según los dictámenes impuestos por el grupo, el partido, los colaboradores y una cohorte de acólitos que le presionaban para dictarle lo que debía decir, pensar e incluso sentir, porque todo estaba programado y él llegó a convertirse en un títere que escenificaba lo que previamente otros habían dispuesto.
Sin embargo, una mañana se levantó con una pesarosa sensación o, tal vez, una clarividencia especial; puede que fuera porque no había dormido bien, o porque el día anterior había tenido unas palabras con su asesor que se tomaba cada vez más licencias. Ya no solo era su consejero político, también se involucraba en sus asuntos privados: si su familia debía aparecer en público con él, si era preferible esconderla, si su mujer debería peinarse o vestir de esta o aquella manera…
Se sentó en la cama y empezó a ser él mismo. Poco quedaba de aquel espíritu libre que desde joven pretendía hacer una buena labor en la política, sanear, mejorar las cosas… Se veía con cara ilusionada al principio de su andadura y no se reconocía en el hombre que era ahora: desgastado, viejo, desilusionado, sin metas… Entonces, simplemente lo decidió. Habló con su esposa, aquella mujer sencilla que le apoyaba siempre, incluso cuando no estaba de acuerdo con él, que le esperaba noches enteras hasta que llegaba sin manifestarle un solo reproche, aquella mujer a la que apenas veía con tantos viajes y reuniones hasta altas horas de la madrugada, aquella mujer que tenía sus propios problemas, pero nunca se los expresaba porque el importante era él…
Le dijo solo un par de frases, ante la estupefacción de ella que tomaba su segunda taza de café en solitario antes de salir para la oficina. Se acercó a ella, le tomó las manos y le dijo:
“Te quiero, vamos a empezar de nuevo, solos los dos”
“Lo dejo todo, empezaré en otro bufete y, si quieres, en otra ciudad”
Ella, sorprendida, sonrió y, a modo de respuesta, sin saber si aquellas sentencias se cumplirían, le abrazó antes de marcharse; así, sin preguntas.
Han transcurrido dos años. Él se fue de la política, lo abandonó todo y se centró en su nueva vida como abogado en el bufete que antes le había acogido. Llevaba una vida reglada, con un horario concreto, muy lejos de las jornadas maratonianas de antes. A veces quedaba para comer son su mujer haciendo los dos un alto en el camino de sus respectivos trabajos. Los fines de semana quedaban con amigos o se iban al campo, hacían marchas, pescaban en el río o simplemente pasaban allí las horas, tendidos en el verdor de la hierba y mirando al cielo.
En ese refugio y aquella vida encontró la libertad que había pedido. Allí era feliz.
Mª Soledad Martín Turiño
Desterrado del poder, humillado por los políticos, abandonado a su suerte por no comulgar con ideas ajenas, vive en este exilio donde ha encontrado un poco de la paz que le arrebataban desde el comienzo del día, con una agenda dictada por otros: reuniones, comidas de trabajo, notas de prensa, desmentidos, cualquier cosa inédita que sirviera para desprestigiar al contrario…, adornado siempre con palabras cuidadas, sin llegar a ser ordinario porque había que medir formas y dichos para que los electores lo tuvieran en cuenta. Ya lo cantaba Serrat en “Lecciones de urbanidad”:
Muéstrese en público cordial,
atento, considerado,
cortés, cumplido, educado,
solícito y servicial.
Y cuando la cague, haga el favor
de engalanar la boñiga.
Que, admirado, el mundo diga:
"¡Qué lindo caga el señor!"
Él aprendió la lección y actuaba según los dictámenes impuestos por el grupo, el partido, los colaboradores y una cohorte de acólitos que le presionaban para dictarle lo que debía decir, pensar e incluso sentir, porque todo estaba programado y él llegó a convertirse en un títere que escenificaba lo que previamente otros habían dispuesto.
Sin embargo, una mañana se levantó con una pesarosa sensación o, tal vez, una clarividencia especial; puede que fuera porque no había dormido bien, o porque el día anterior había tenido unas palabras con su asesor que se tomaba cada vez más licencias. Ya no solo era su consejero político, también se involucraba en sus asuntos privados: si su familia debía aparecer en público con él, si era preferible esconderla, si su mujer debería peinarse o vestir de esta o aquella manera…
Se sentó en la cama y empezó a ser él mismo. Poco quedaba de aquel espíritu libre que desde joven pretendía hacer una buena labor en la política, sanear, mejorar las cosas… Se veía con cara ilusionada al principio de su andadura y no se reconocía en el hombre que era ahora: desgastado, viejo, desilusionado, sin metas… Entonces, simplemente lo decidió. Habló con su esposa, aquella mujer sencilla que le apoyaba siempre, incluso cuando no estaba de acuerdo con él, que le esperaba noches enteras hasta que llegaba sin manifestarle un solo reproche, aquella mujer a la que apenas veía con tantos viajes y reuniones hasta altas horas de la madrugada, aquella mujer que tenía sus propios problemas, pero nunca se los expresaba porque el importante era él…
Le dijo solo un par de frases, ante la estupefacción de ella que tomaba su segunda taza de café en solitario antes de salir para la oficina. Se acercó a ella, le tomó las manos y le dijo:
“Te quiero, vamos a empezar de nuevo, solos los dos”
“Lo dejo todo, empezaré en otro bufete y, si quieres, en otra ciudad”
Ella, sorprendida, sonrió y, a modo de respuesta, sin saber si aquellas sentencias se cumplirían, le abrazó antes de marcharse; así, sin preguntas.
Han transcurrido dos años. Él se fue de la política, lo abandonó todo y se centró en su nueva vida como abogado en el bufete que antes le había acogido. Llevaba una vida reglada, con un horario concreto, muy lejos de las jornadas maratonianas de antes. A veces quedaba para comer son su mujer haciendo los dos un alto en el camino de sus respectivos trabajos. Los fines de semana quedaban con amigos o se iban al campo, hacían marchas, pescaban en el río o simplemente pasaban allí las horas, tendidos en el verdor de la hierba y mirando al cielo.
En ese refugio y aquella vida encontró la libertad que había pedido. Allí era feliz.
Mª Soledad Martín Turiño




















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