NOCTURNOS
La inexistencia del amor y la hipocresía de amar
Me siento ridículo cuando pienso que me enamoré de una mujer que no mereció nunca que la amase. Fui exquisito con ella. La escuché, le di la palabra, la acompañé, acudí cuando me llamó, guarde silencio cuando me olvidó. Nunca mi persona vistió tal caballerosidad con una dama. Hoy, la recordé. Alguien me habló de una persona con la que mantiene un relación más intensa que conmigo. Y reflexioné sobre su paso por mi vida. Me entristecí. Hice el memo.
Podrías pensar que mi ego se encuentra herido. No. Ella no me hizo daño. No me clavó ninguna daga en mi sexualidad, en mi alma seductora. Fui yo, cándido, el que forjé una vana ilusión en que esa mujer me hiciera suyo. Me hice el hara kiri. La amaba tanto que quise que me devorase, que me hiciera suyo. Nunca me propuse que fuera “mi” amante, “mi” chica, “mi” novia. No existe la propiedad privada sobre las personas. Ella siempre será libre. Yo, también.
Cuando quiero a una mujer, me abandono a ella, me dejo en ella, me doy, por completo, a ella. Se evapora mi egoísmo para formar una nube de tormenta. Solo queda de mí el exterior, mi imagen, mi físico. Porque mi cerebro solo piensa en su bien, en su dicha, en su felicidad. Doy sin esperar nada a cambio. No cambiaría nunca amor por amor. Solo el rijoso busca en el sexo femenino su hedonismo. No le importa el placer de la mujer con la que yace. Solo piensa en él. Si el sexo preside la relación entre hombre y mujer, el amor no existe.
El placer solo es el complemento del amor, nunca su razón de ser. No hay amor sin sexo. Cierto. Cuando amas a una dama a distancia, solo te queda escribir poemas. Hay más sexo que amor. Nadie espera a nadie. Sería capaz de defender la existencia y la mentira del amor. Solo el poeta ama sin que lo amen, que es como poner la otra mejilla después de recibir un tortazo. Hipocresía. Nada. Amor a uno mismo. No hay otra verdad.
Eugenio-Jesús de Ávila
Me siento ridículo cuando pienso que me enamoré de una mujer que no mereció nunca que la amase. Fui exquisito con ella. La escuché, le di la palabra, la acompañé, acudí cuando me llamó, guarde silencio cuando me olvidó. Nunca mi persona vistió tal caballerosidad con una dama. Hoy, la recordé. Alguien me habló de una persona con la que mantiene un relación más intensa que conmigo. Y reflexioné sobre su paso por mi vida. Me entristecí. Hice el memo.
Podrías pensar que mi ego se encuentra herido. No. Ella no me hizo daño. No me clavó ninguna daga en mi sexualidad, en mi alma seductora. Fui yo, cándido, el que forjé una vana ilusión en que esa mujer me hiciera suyo. Me hice el hara kiri. La amaba tanto que quise que me devorase, que me hiciera suyo. Nunca me propuse que fuera “mi” amante, “mi” chica, “mi” novia. No existe la propiedad privada sobre las personas. Ella siempre será libre. Yo, también.
Cuando quiero a una mujer, me abandono a ella, me dejo en ella, me doy, por completo, a ella. Se evapora mi egoísmo para formar una nube de tormenta. Solo queda de mí el exterior, mi imagen, mi físico. Porque mi cerebro solo piensa en su bien, en su dicha, en su felicidad. Doy sin esperar nada a cambio. No cambiaría nunca amor por amor. Solo el rijoso busca en el sexo femenino su hedonismo. No le importa el placer de la mujer con la que yace. Solo piensa en él. Si el sexo preside la relación entre hombre y mujer, el amor no existe.
El placer solo es el complemento del amor, nunca su razón de ser. No hay amor sin sexo. Cierto. Cuando amas a una dama a distancia, solo te queda escribir poemas. Hay más sexo que amor. Nadie espera a nadie. Sería capaz de defender la existencia y la mentira del amor. Solo el poeta ama sin que lo amen, que es como poner la otra mejilla después de recibir un tortazo. Hipocresía. Nada. Amor a uno mismo. No hay otra verdad.
Eugenio-Jesús de Ávila


















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