NOCTURNOS
El sexo de Dios
La cópula es reencuentro de almas en dos cuerpos. Hay un sexo primario, el que practican las bestias y una gran mayoría de parejas. Hay otro sexo superior, el que te eleva por encima del vulgo, el que te acerca a Dios. Hombres y mujeres somos máquinas de pensar. No siempre elaboramos conceptos sublimes, las más de las veces, tonterías. Jamás el cerebro descansa. Duerme. Durante ese periodo de tiempo sueña, que es como bucear en la fosa de las Marinas del alma. Se interpreta, cuanto te deja, la película surrealista de los sueños. Viajamos hacia lo desconocido.
Empírico. Durante los segundos que un hombre -no puedo pensar como mujer-eyacula, semillas de vida, no piensa; su cerebro se queda en blanco, el tiempo se detiene para el que ama. No existe. Se ignora. No se conoce. Se pierde a sí mismo para encontrarse en el amor sublime, en el amor a otro ser, femenino, que inspira la belleza de amar para ascender a otra dimensión. Durante un breve espacio de tiempo, yo, Eugenio-Jesús de Ávila, viajo hacia el no ser del placer divino. Me hallo en la eternidad cronometrada. Me fusiono con la dama que adoro para transcender.
Ahora, cuando copulo mentalmente con una fémina, cuando sus palabras me acarician el alma, sus ideas me deslumbran, sus genialidades me agitan, su elegancia me transmite belleza, levito por encima de mi materia; cuando me olvido de su hermoso rostro y sensual cuerpo, para verla desde fuera por dentro, necesitaría amarla, conocerla, adentrarme en su cuerpo a través de su esencia.
Porque quiero reencontrarme con el amor divino fundido con la adoración a una diosa. Y entonces eyaculo, cual big bang, un nuevo universo. La energía, que ni se crea ni se destruye, se transforma en amor. Y esa mujer, que compartió conmigo la elevación al Nirvana, que me permitió, enamorada, penetrar en la fontana de su gineceo, se convierte en el ángel femenino que me acerca a Dios, que no es más que amor, quién derrotó al tiempo y a la muerte.
Eugenio-Jesús de Ávila
La cópula es reencuentro de almas en dos cuerpos. Hay un sexo primario, el que practican las bestias y una gran mayoría de parejas. Hay otro sexo superior, el que te eleva por encima del vulgo, el que te acerca a Dios. Hombres y mujeres somos máquinas de pensar. No siempre elaboramos conceptos sublimes, las más de las veces, tonterías. Jamás el cerebro descansa. Duerme. Durante ese periodo de tiempo sueña, que es como bucear en la fosa de las Marinas del alma. Se interpreta, cuanto te deja, la película surrealista de los sueños. Viajamos hacia lo desconocido.
Empírico. Durante los segundos que un hombre -no puedo pensar como mujer-eyacula, semillas de vida, no piensa; su cerebro se queda en blanco, el tiempo se detiene para el que ama. No existe. Se ignora. No se conoce. Se pierde a sí mismo para encontrarse en el amor sublime, en el amor a otro ser, femenino, que inspira la belleza de amar para ascender a otra dimensión. Durante un breve espacio de tiempo, yo, Eugenio-Jesús de Ávila, viajo hacia el no ser del placer divino. Me hallo en la eternidad cronometrada. Me fusiono con la dama que adoro para transcender.
Ahora, cuando copulo mentalmente con una fémina, cuando sus palabras me acarician el alma, sus ideas me deslumbran, sus genialidades me agitan, su elegancia me transmite belleza, levito por encima de mi materia; cuando me olvido de su hermoso rostro y sensual cuerpo, para verla desde fuera por dentro, necesitaría amarla, conocerla, adentrarme en su cuerpo a través de su esencia.
Porque quiero reencontrarme con el amor divino fundido con la adoración a una diosa. Y entonces eyaculo, cual big bang, un nuevo universo. La energía, que ni se crea ni se destruye, se transforma en amor. Y esa mujer, que compartió conmigo la elevación al Nirvana, que me permitió, enamorada, penetrar en la fontana de su gineceo, se convierte en el ángel femenino que me acerca a Dios, que no es más que amor, quién derrotó al tiempo y a la muerte.
Eugenio-Jesús de Ávila


















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