NOCTURNOS
Me quedé sin amante
Se fue. No volverá. No la espero más. El día de su cumpleaños, cuando el sol se iba a refrescar los pies al Atlántico, entró en mi portal para abrazarme. Lo hizo más fuerte que nunca, casi como si me rodeasen los brazos de Hércules. No me besó. Y se marchó. No miró atrás. La esperaba su niño en el automóvil.
Durante un año y medio, creo, viví con esa mujer, que podría, por edad, ser mi hija menor, una pasión tropical: degusté la miel del sexo más dulce y sabrosa, estudié su ombligo como el vulcanólogo un cráter estromboliano, saboreé la crema que bate en sus entrañas, alcancé el nirvana cuando dejé de ser yo, Eugenio-Jesús de Ávila, para perderme en un placer que se disfruta solo cuando la carne se transforma en ceniza, el tuétano de los huesos polvo sin viento y el alma. la rúbrica de Dios en mi cuerpo.
Y se fue. Y no voy a llorar. Le di lo que tenía. Ella pensó que revoloteaban mariposas como labios femeninos alrededor de mi boca; que miraba a los ojos de cualquier mujer y me sonreía con sus pestañas para después imprimir su silueta en la soledad de mi lecho. Creyó que mi capacidad de seducción solo moriría conmigo cuando la dama negra me convocase a su cama con somier de nimbo y sábanas de cirros.
Y se fue. Pero siempre me quedará en mi memoria el sabor de su lengua, el color de su alma tatuada, los pendientes en el lóbulo izquierdo de mi oreja, su voz de rapsoda cuando me recitaba poesías y sus celos de jovencita que se enganchó a un seductor jubilado, a un Romeo sin Julieta y a un Quijote sin Dulcinea. Quise que fuera la última amante de mi vida. No me lo ha permitido. Ahora espero el solsticio de verano, una luna llena, un bello rostro de mujer y una voz que me haga cosquillas en los tímpanos de mi espíritu.
Eugenio-Jesús de Ávila
Se fue. No volverá. No la espero más. El día de su cumpleaños, cuando el sol se iba a refrescar los pies al Atlántico, entró en mi portal para abrazarme. Lo hizo más fuerte que nunca, casi como si me rodeasen los brazos de Hércules. No me besó. Y se marchó. No miró atrás. La esperaba su niño en el automóvil.
Durante un año y medio, creo, viví con esa mujer, que podría, por edad, ser mi hija menor, una pasión tropical: degusté la miel del sexo más dulce y sabrosa, estudié su ombligo como el vulcanólogo un cráter estromboliano, saboreé la crema que bate en sus entrañas, alcancé el nirvana cuando dejé de ser yo, Eugenio-Jesús de Ávila, para perderme en un placer que se disfruta solo cuando la carne se transforma en ceniza, el tuétano de los huesos polvo sin viento y el alma. la rúbrica de Dios en mi cuerpo.
Y se fue. Y no voy a llorar. Le di lo que tenía. Ella pensó que revoloteaban mariposas como labios femeninos alrededor de mi boca; que miraba a los ojos de cualquier mujer y me sonreía con sus pestañas para después imprimir su silueta en la soledad de mi lecho. Creyó que mi capacidad de seducción solo moriría conmigo cuando la dama negra me convocase a su cama con somier de nimbo y sábanas de cirros.
Y se fue. Pero siempre me quedará en mi memoria el sabor de su lengua, el color de su alma tatuada, los pendientes en el lóbulo izquierdo de mi oreja, su voz de rapsoda cuando me recitaba poesías y sus celos de jovencita que se enganchó a un seductor jubilado, a un Romeo sin Julieta y a un Quijote sin Dulcinea. Quise que fuera la última amante de mi vida. No me lo ha permitido. Ahora espero el solsticio de verano, una luna llena, un bello rostro de mujer y una voz que me haga cosquillas en los tímpanos de mi espíritu.
Eugenio-Jesús de Ávila


















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