HABLEMOS
Ucrania: del error al drama
Carlos Domínguez
Occidente, que no propiamente la OTAN, ha cometido dos gravísimos errores en relación a la crisis ucraniana, traducida en un conflicto periférico de baja intensidad, según cabía esperar atendiendo a una prosaica realidad. El primero consistió en las falsas e imposibles esperanzas que se hicieron abrigar a Ucrania, país, recuérdese, que fue uno de los pilares del imperio soviético, sobre su incorporación no ya a Europa sino a la Alianza Atlántica, lo cual hubiera supuesto alterar de hecho la correlación de fuerzas en toda la Europa Oriental, no ya respecto a la hegemonía de Rusia como gran potencia, sino respecto a un ámbito regional sumamente atomizado, donde una Ucrania con aval de la OTAN se hubiera convertido por demografía y recursos en potencia dominante, a costa de sus vecinos y del precario equilibrio actual.
El segundo error de Occidente consistió en dar cancha y púlpito a un peligroso aventurero como Celenski, con un mandato discutible en origen por lo que toca a su legitimidad democrática, y empeñado en una escalada bélica de consecuencias imprevisibles, solicitando de los países de la OTAN armamento táctico junto a la intervención y control de su espacio aéreo, algo que inevitablemente hubiera desatado un conflicto global. Por fortuna, EE.UU no incurrió en semejante despropósito, logrando mantener el conflicto en sus justos y adecuados términos.
El balance de la guerra en Ucrania es el que es, en nada distinto a lo que cabía esperar de la lógica de las cosas. De momento, Rusia está alcanzando sus objetivos a un ritmo lento y perfectamente calculado, favorable a sus intereses diplomáticos y propagandísticos. En el fondo, EEUU y la OTAN la están dejando hacer, asumiendo como asumieron desde el principio un desenlace bien conocido. Sin embargo, el auténtico drama de dicho tinglado por parte de unos y otros es la situación y sufrimiento de la población ucraniana, que, además de la pérdida de vidas humanas, se encuentra de la noche a la mañana con un país devastado, cuya reconstrucción y vuelta a la normalidad llevará años incluso con la ayuda de Occidente. Reconstrucción, si bien se mira, que para Rusia tendrá ocupado a su potencial enemigo después de anexionarse del Donbás lo que le venga en gana, como hizo con Crimea sin que Occidente moviera un dedo; o algo que para ella resultaría más ventajoso, haciendo viable en la zona la formación de repúblicas satélites por población, cultura y estricta obediencia política.
En tales circunstancias, resulta difícil justificar el belicismo teatrero de un arribista como Celenski, así como el entusiasmo de sectores políticos y mediáticos que en Occidente lo jalean con entusiasmo digno de la más supina imbecilidad cuando no hipocresía, aun a sabiendas del inútil coste humano y económico que para la población ucraniana, única víctima real, conlleva una guerra absurda que jamás debió ocurrir. Sencillamente, porque dentro de los intereses geopolíticos de Rusia, sin duda hegemónicos e imperialistas, no se halla ni de lejos una expansión territorial al viejo estilo, en dirección a los países de la Europa medio oriental.
Occidente, que no propiamente la OTAN, ha cometido dos gravísimos errores en relación a la crisis ucraniana, traducida en un conflicto periférico de baja intensidad, según cabía esperar atendiendo a una prosaica realidad. El primero consistió en las falsas e imposibles esperanzas que se hicieron abrigar a Ucrania, país, recuérdese, que fue uno de los pilares del imperio soviético, sobre su incorporación no ya a Europa sino a la Alianza Atlántica, lo cual hubiera supuesto alterar de hecho la correlación de fuerzas en toda la Europa Oriental, no ya respecto a la hegemonía de Rusia como gran potencia, sino respecto a un ámbito regional sumamente atomizado, donde una Ucrania con aval de la OTAN se hubiera convertido por demografía y recursos en potencia dominante, a costa de sus vecinos y del precario equilibrio actual.
El segundo error de Occidente consistió en dar cancha y púlpito a un peligroso aventurero como Celenski, con un mandato discutible en origen por lo que toca a su legitimidad democrática, y empeñado en una escalada bélica de consecuencias imprevisibles, solicitando de los países de la OTAN armamento táctico junto a la intervención y control de su espacio aéreo, algo que inevitablemente hubiera desatado un conflicto global. Por fortuna, EE.UU no incurrió en semejante despropósito, logrando mantener el conflicto en sus justos y adecuados términos.
El balance de la guerra en Ucrania es el que es, en nada distinto a lo que cabía esperar de la lógica de las cosas. De momento, Rusia está alcanzando sus objetivos a un ritmo lento y perfectamente calculado, favorable a sus intereses diplomáticos y propagandísticos. En el fondo, EEUU y la OTAN la están dejando hacer, asumiendo como asumieron desde el principio un desenlace bien conocido. Sin embargo, el auténtico drama de dicho tinglado por parte de unos y otros es la situación y sufrimiento de la población ucraniana, que, además de la pérdida de vidas humanas, se encuentra de la noche a la mañana con un país devastado, cuya reconstrucción y vuelta a la normalidad llevará años incluso con la ayuda de Occidente. Reconstrucción, si bien se mira, que para Rusia tendrá ocupado a su potencial enemigo después de anexionarse del Donbás lo que le venga en gana, como hizo con Crimea sin que Occidente moviera un dedo; o algo que para ella resultaría más ventajoso, haciendo viable en la zona la formación de repúblicas satélites por población, cultura y estricta obediencia política.
En tales circunstancias, resulta difícil justificar el belicismo teatrero de un arribista como Celenski, así como el entusiasmo de sectores políticos y mediáticos que en Occidente lo jalean con entusiasmo digno de la más supina imbecilidad cuando no hipocresía, aun a sabiendas del inútil coste humano y económico que para la población ucraniana, única víctima real, conlleva una guerra absurda que jamás debió ocurrir. Sencillamente, porque dentro de los intereses geopolíticos de Rusia, sin duda hegemónicos e imperialistas, no se halla ni de lejos una expansión territorial al viejo estilo, en dirección a los países de la Europa medio oriental.



















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