CON LOS CINCO SENTIDOS
El viento en mis alas
Crecí cual pajarillo, pequeño, frágil, que no sabía ni podía volar. Me alimentaban de amor y, a base de tanto amor, me crecieron unas alas pequeñas que no servían para mucho, la verdad. Cuando intentaba alzar el vuelo, me caía al suelo y eso que mi peso era tan exiguo como el de un colibrí. Entonces, pasado un tiempo, me creció el corazón de tanto amor recibido y mis patitas escuálidas se convirtieron en patas fuertes con garras afiladas. Crecí, sin más, crecí mucho. Por fuera y por dentro.
Ya no se reían de mí y de mi forma de caminar o mis inútiles intentos por volar con el resto de las aves. Siempre arrinconada, triste, esperando crecer un día tras otro. Pero crecí, llegó la primavera a mi cuerpo y las alas me crecieron de tal manera que era la envidia del resto de las aves. Volaba y volaba con la simpleza de agitar mis alas y planear sobre los montes verdes, sobre las llanuras, sobre el mar, sobre los árboles y las personas. Disfrutaba descansando en las copas más altas de los cipreses de los cementerios, vislumbrando la inmensidad del horizonte y preguntándome ¿hacia dónde me llevarán mañana mis alas? Me daba tiempo a leer una a una las lápidas. “Aquí yace J.M.N. Querido por su familia y sus amigos”, “Que el más allá te resulte bonito J.R.D.”. Me quedaba embobada imaginando cómo habrían sido sus vidas, si habrían sido felices o sufrientes mortales, como la inmensa mayoría. Yo sólo soy un águila que sabe leer y volar. No encontré un cincel y un martillo para cambiar algunas de las dedicatorias, insulsas y hacerlas bonitas, perdurables. Tanto vivido y luego…nada. Me dio pena y me fui volando de nuevo a mi nido hasta el siguiente día.
Ese día me desperté eufórica, con más ganas de volar y de vivir que nunca, deseando ir más allá del horizonte que veía cada día desde mi cueva en la roca. Así que desplegué mis enormes alas blancas y chié al aire un graznido que resonó allende los mares. Volé varios kilómetros y después, me dejé planear por encima de la tierra más hermosa que mis ojos habían visto, estaba llena de iglesias, de gente discurriendo por las calles y era toda de piedra. Me posé en lo más alto de su Catedral y observé el entorno. Resulta que esa ciudad era Zamora, y yo, no lo sabía. Desde ese día, me prometí a mí misma subir a lo más alto de la Catedral hasta que mis alas dejaran de serme útiles, o se me congelaran. Es ya mi ciudad favorita para sobrevolar en el mundo entero. Por bonita, por eterna, por señorial y porque los genes de mi ser residen en ella, aunque a veces me duela.
Nélida L. del Estal Sastre
Crecí cual pajarillo, pequeño, frágil, que no sabía ni podía volar. Me alimentaban de amor y, a base de tanto amor, me crecieron unas alas pequeñas que no servían para mucho, la verdad. Cuando intentaba alzar el vuelo, me caía al suelo y eso que mi peso era tan exiguo como el de un colibrí. Entonces, pasado un tiempo, me creció el corazón de tanto amor recibido y mis patitas escuálidas se convirtieron en patas fuertes con garras afiladas. Crecí, sin más, crecí mucho. Por fuera y por dentro.
Ya no se reían de mí y de mi forma de caminar o mis inútiles intentos por volar con el resto de las aves. Siempre arrinconada, triste, esperando crecer un día tras otro. Pero crecí, llegó la primavera a mi cuerpo y las alas me crecieron de tal manera que era la envidia del resto de las aves. Volaba y volaba con la simpleza de agitar mis alas y planear sobre los montes verdes, sobre las llanuras, sobre el mar, sobre los árboles y las personas. Disfrutaba descansando en las copas más altas de los cipreses de los cementerios, vislumbrando la inmensidad del horizonte y preguntándome ¿hacia dónde me llevarán mañana mis alas? Me daba tiempo a leer una a una las lápidas. “Aquí yace J.M.N. Querido por su familia y sus amigos”, “Que el más allá te resulte bonito J.R.D.”. Me quedaba embobada imaginando cómo habrían sido sus vidas, si habrían sido felices o sufrientes mortales, como la inmensa mayoría. Yo sólo soy un águila que sabe leer y volar. No encontré un cincel y un martillo para cambiar algunas de las dedicatorias, insulsas y hacerlas bonitas, perdurables. Tanto vivido y luego…nada. Me dio pena y me fui volando de nuevo a mi nido hasta el siguiente día.
Ese día me desperté eufórica, con más ganas de volar y de vivir que nunca, deseando ir más allá del horizonte que veía cada día desde mi cueva en la roca. Así que desplegué mis enormes alas blancas y chié al aire un graznido que resonó allende los mares. Volé varios kilómetros y después, me dejé planear por encima de la tierra más hermosa que mis ojos habían visto, estaba llena de iglesias, de gente discurriendo por las calles y era toda de piedra. Me posé en lo más alto de su Catedral y observé el entorno. Resulta que esa ciudad era Zamora, y yo, no lo sabía. Desde ese día, me prometí a mí misma subir a lo más alto de la Catedral hasta que mis alas dejaran de serme útiles, o se me congelaran. Es ya mi ciudad favorita para sobrevolar en el mundo entero. Por bonita, por eterna, por señorial y porque los genes de mi ser residen en ella, aunque a veces me duela.
Nélida L. del Estal Sastre




















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