INCENDIOS
La belleza desoladora de un roble en llamas
“Belleza desoladora”. Así definió esta imagen la autora de la fotografía, una mujer joven, fusión de dos bellezas, la de esta dama, Amaia Arias, y la de la naturaleza, a la que ama, con la que disfruta y donde se siente más humana.
Existe, sin duda, una belleza macabra, un arte tétrico, un poema lúgubre, cuando el fuego devora árboles y fauna, se baña de miel y cera de abejas, borra de la paleta de la vida el verde de la clorofila; la savia, sangre de los robles; la fotosíntesis del mundo vegetal, para elegir el negro y el gris, el humo y la ceniza.
Llamas que transforman contornos y dimensiones, que envidian la luz del sol, a la luna opalina, a la fragua de Vulcano, a los solsticios de verano, queman el futuro de la Zamora más humilde, la más sencilla, la que habla con su historia a través del lenguaje de los castaños y los robles centenarios, herederos de una época en la que el hombre y la naturaleza formaban una simbiosis de vida y hacían el amor sobre un lecho de hierba y bajo el techo azul del cielo.
Provincia maldita esta que protagoniza telediarios y periódicos por mor de la desgracia y la calamidad, de incendios que roban sueños y memorias, de fuegos que queman el futuro y adelantan el apocalipsis.
La Zamora del olvido y del cainismo, la del pastor Viriato y sus colegas de profesión, la del ciervo y la del lobo, la de los rebaños y la de los cereales, se licua y se evapora, se nos escapa y huye.
Esta ya es la Zamora del humo en el agua y del agua incendiada, de las sombras del alma, de la ucronía, la que pudo ser y no fue, la que se muere sin extremaunción, sin esquela en los periódicos, sin lágrimas en el entierro, ni tan si quiera plañideras políticas.
La Zamora del árbol que se muere de pie, nunca de rodillas; la del roble que nos muestra cómo se quema su corazón enamorado de ruiseñores y jilgueros, amigo de las setas y las hormigas, de las abejas y las brisas en verano; hacedor de sombras y paraguas de las lluvias, envejece mi alma, me arranca vida y me acerca a la muerte de la alegría y el funeral de la esperanza.
Eugenio-Jesús de Ávila
“Belleza desoladora”. Así definió esta imagen la autora de la fotografía, una mujer joven, fusión de dos bellezas, la de esta dama, Amaia Arias, y la de la naturaleza, a la que ama, con la que disfruta y donde se siente más humana.
Existe, sin duda, una belleza macabra, un arte tétrico, un poema lúgubre, cuando el fuego devora árboles y fauna, se baña de miel y cera de abejas, borra de la paleta de la vida el verde de la clorofila; la savia, sangre de los robles; la fotosíntesis del mundo vegetal, para elegir el negro y el gris, el humo y la ceniza.
Llamas que transforman contornos y dimensiones, que envidian la luz del sol, a la luna opalina, a la fragua de Vulcano, a los solsticios de verano, queman el futuro de la Zamora más humilde, la más sencilla, la que habla con su historia a través del lenguaje de los castaños y los robles centenarios, herederos de una época en la que el hombre y la naturaleza formaban una simbiosis de vida y hacían el amor sobre un lecho de hierba y bajo el techo azul del cielo.
Provincia maldita esta que protagoniza telediarios y periódicos por mor de la desgracia y la calamidad, de incendios que roban sueños y memorias, de fuegos que queman el futuro y adelantan el apocalipsis.
La Zamora del olvido y del cainismo, la del pastor Viriato y sus colegas de profesión, la del ciervo y la del lobo, la de los rebaños y la de los cereales, se licua y se evapora, se nos escapa y huye.
Esta ya es la Zamora del humo en el agua y del agua incendiada, de las sombras del alma, de la ucronía, la que pudo ser y no fue, la que se muere sin extremaunción, sin esquela en los periódicos, sin lágrimas en el entierro, ni tan si quiera plañideras políticas.
La Zamora del árbol que se muere de pie, nunca de rodillas; la del roble que nos muestra cómo se quema su corazón enamorado de ruiseñores y jilgueros, amigo de las setas y las hormigas, de las abejas y las brisas en verano; hacedor de sombras y paraguas de las lluvias, envejece mi alma, me arranca vida y me acerca a la muerte de la alegría y el funeral de la esperanza.
Eugenio-Jesús de Ávila



















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