HABLEMOS
Un país a la rebatiña
Carlos Domínguez
Ni al pairo ni al retortero, este país anda con Sánchez más bien a una piñata gigantesca, dentro de un proceso de descomposición que recuerda el ocurrido durante el Medievo con el califato cordobés, la estructura política en su momento mejor organizada y administrada bajo criterios de centralidad, pero consumida en medio de particularismos y un nefasto espíritu carroñero, para el que primaba el lucro personal en forma de tajada política o territorial, cuando no simplemente crematística. Las taifas acabaron con aquel eficaz andamiaje, de la mano de caciques y logreros atrincherados en infinidad de poderes regionales o locales.
Algo parecido ocurre hoy con la España sanchista, víctima de castas, oligarquías y facciones disfrazadas de partidos, que persiguen únicamente la ventaja particular a costa de sembrar el rencor, la división y el enfrentamiento, alegando fantasmales reivindicaciones históricas o lingüísticas, todo orquestado con miras a obtener el mayor botín posible de la liquidación del Estado, en forma de despojos competenciales y presupuestarios, obtenidos mediante la presión o el chantaje político. Deriva posible gracias a un gobierno sin el menor escrúpulo, a la hora de poner en almoneda aquello que, comenzando por la ley y las instituciones, garantiza la seguridad junto a la paz civil.
Conocemos sobradamente la fórmula sanchista socialista, no otra que una monumental rebatiña de miles de miles de millones a las primeras de cambio, tirando de chequera presupuestaria nutrida naturalmente de fondos ajenos por vía del latrocinio fiscal, para ganar la voluntad de masas clientelares, la de aparatos sindicales y facciones separatistas afines por motivos de oportunidad, cuyo objetivo declarado es el cambio radical de la sociedad, acompañado de una ruptura de la unidad nacional. Para alguien como Sánchez y su cohorte gubernamental, nada importa la quiebra y división del Estado, siempre que puedan retener el poder a cualquier precio, así, y más allá de la cuestión nacional, hipotecar a nuestros hijos por generaciones, con una deuda pública que, inflación de por medio, lleva a este país directamente a la catástrofe.
Ni al pairo ni al retortero, este país anda con Sánchez más bien a una piñata gigantesca, dentro de un proceso de descomposición que recuerda el ocurrido durante el Medievo con el califato cordobés, la estructura política en su momento mejor organizada y administrada bajo criterios de centralidad, pero consumida en medio de particularismos y un nefasto espíritu carroñero, para el que primaba el lucro personal en forma de tajada política o territorial, cuando no simplemente crematística. Las taifas acabaron con aquel eficaz andamiaje, de la mano de caciques y logreros atrincherados en infinidad de poderes regionales o locales.
Algo parecido ocurre hoy con la España sanchista, víctima de castas, oligarquías y facciones disfrazadas de partidos, que persiguen únicamente la ventaja particular a costa de sembrar el rencor, la división y el enfrentamiento, alegando fantasmales reivindicaciones históricas o lingüísticas, todo orquestado con miras a obtener el mayor botín posible de la liquidación del Estado, en forma de despojos competenciales y presupuestarios, obtenidos mediante la presión o el chantaje político. Deriva posible gracias a un gobierno sin el menor escrúpulo, a la hora de poner en almoneda aquello que, comenzando por la ley y las instituciones, garantiza la seguridad junto a la paz civil.
Conocemos sobradamente la fórmula sanchista socialista, no otra que una monumental rebatiña de miles de miles de millones a las primeras de cambio, tirando de chequera presupuestaria nutrida naturalmente de fondos ajenos por vía del latrocinio fiscal, para ganar la voluntad de masas clientelares, la de aparatos sindicales y facciones separatistas afines por motivos de oportunidad, cuyo objetivo declarado es el cambio radical de la sociedad, acompañado de una ruptura de la unidad nacional. Para alguien como Sánchez y su cohorte gubernamental, nada importa la quiebra y división del Estado, siempre que puedan retener el poder a cualquier precio, así, y más allá de la cuestión nacional, hipotecar a nuestros hijos por generaciones, con una deuda pública que, inflación de por medio, lleva a este país directamente a la catástrofe.




















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