NOCTURNOS
Amor prohibido
Te amo. Lo sabes. Pero contemplo como algo absurdo querer a quien no puedo tener, porque tú ya eres de otro que no soy yo. Y no pienso que dejes a tu dueño y señor, que lo tiene todo, una buena vida, un patrimonio, un futuro, por un tipo como yo, huérfano de posesiones mundanas, con más tiempo pretérito que por venir, un bohemio que vive de las palabras, que son como oraciones del alma que no pasan del ora pro nobis.
Mi patrimonio no se traduce ni en euros ni en hectáreas, ni en fincas, ni en negocios. Siempre fui un hombre sin ambiciones. No quise llegar más arriba de lo que me permitiese mi talento. Mi única pasión fue amar a mujeres bellas e inteligentes. Y mi gallardía, capacidad de seducción y, al decir de algunas damas, mis atractivos me obsequiaron con compañías femeninas mágicas, maravillosas, sensibles y superiores. He sido un privilegiado de Eros.
Sé que me amaron mucho, pero también que ellas eligieron el sosiego, la seguridad, el reposo, la conocido, que la aventura, la pasión, el verso, el placer, la duda y el riesgo, virtudes o defectos que definen mi personalidad. No soy un hombre fácil. Planteo problemas muy complicados de resolver para una dama clásica, que ignora si soy literatura, si actúo o si mi amor es tan verdad como mi finitud.
Nunca he pedido a mujer alguna más de lo que me pueda dar. Pero lo que me regale, lo acepto. Y si amo, me pierdo, dejo ser yo para desaparecer en ella. No me importa olvidarme de mí para recordarme en una mujer que reúna la belleza de Venus y la inteligencia de Atenea.
Y, como he amado a mujeres prohibidas y sé el castigo que te impone la sociedad, solo anhelo amar a una señorita libérrima, que quiera sentirse amada por dentro y por fuera, que anhele conocer a un hombre doctorado en erotismo que solo aspira a morir amando a una dama como tú.
Eugenio-Jesús de Ávila
Te amo. Lo sabes. Pero contemplo como algo absurdo querer a quien no puedo tener, porque tú ya eres de otro que no soy yo. Y no pienso que dejes a tu dueño y señor, que lo tiene todo, una buena vida, un patrimonio, un futuro, por un tipo como yo, huérfano de posesiones mundanas, con más tiempo pretérito que por venir, un bohemio que vive de las palabras, que son como oraciones del alma que no pasan del ora pro nobis.
Mi patrimonio no se traduce ni en euros ni en hectáreas, ni en fincas, ni en negocios. Siempre fui un hombre sin ambiciones. No quise llegar más arriba de lo que me permitiese mi talento. Mi única pasión fue amar a mujeres bellas e inteligentes. Y mi gallardía, capacidad de seducción y, al decir de algunas damas, mis atractivos me obsequiaron con compañías femeninas mágicas, maravillosas, sensibles y superiores. He sido un privilegiado de Eros.
Sé que me amaron mucho, pero también que ellas eligieron el sosiego, la seguridad, el reposo, la conocido, que la aventura, la pasión, el verso, el placer, la duda y el riesgo, virtudes o defectos que definen mi personalidad. No soy un hombre fácil. Planteo problemas muy complicados de resolver para una dama clásica, que ignora si soy literatura, si actúo o si mi amor es tan verdad como mi finitud.
Nunca he pedido a mujer alguna más de lo que me pueda dar. Pero lo que me regale, lo acepto. Y si amo, me pierdo, dejo ser yo para desaparecer en ella. No me importa olvidarme de mí para recordarme en una mujer que reúna la belleza de Venus y la inteligencia de Atenea.
Y, como he amado a mujeres prohibidas y sé el castigo que te impone la sociedad, solo anhelo amar a una señorita libérrima, que quiera sentirse amada por dentro y por fuera, que anhele conocer a un hombre doctorado en erotismo que solo aspira a morir amando a una dama como tú.
Eugenio-Jesús de Ávila
















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