NOCTURNOS
Yo también seré polvo enamorado
No recuerdo haberme enamorado de una mujer sin talento, ruda, masculina y rica. Me he enamorado poco, pero sin medida, a lo bestia, sin límite. Una mujer femenina, elegante, inteligente y hermosa me desmorona, me roba el cerebro, me hurta el ego, me vacía por dentro y me desalma. Cuando una dama me confiesa su amor, no me lo acabo de creer. Me parece que estoy protagonizando una película, que tendrá un final feo: ella me dejará y yo enloqueceré.
Supongo que ya no me queda nada que ofrecer a la sociedad en la que habito. Hasta ahora, solo he sido un mediocre más. No me distingo del resto de periodistas que trabajan por estos pagos. Solo un matiz: yo escribo lo que me da la gana y los demás, al dictado, según las directrices de los editores del medio en que desempeñen su labor. En el amor, me he comportado como un periodista libérrimo. Si le confieso a una mujer, mirándola a los ojos, a una cuarta de sus labios, que la amo, es que estoy escribiendo en mi periódico, en plena libertad, sin ocultar nada, sin autocensura.
Ahora bien, si en el periodismo lo he dado todo, si he volcado sobre mi periódico mi alma en tinta, en papel prensa, en el amor todavía me queda por dar la portada de mi vida, que, a cinco columnas diría: El editor de este periódico se ha enamorado locamente de una dama que también lo ama.
Y después me jubilaría de la profesión para amar eternamente. Ya sabes aquello tan barroco del polvo enamorado. ¡No tengo nada más que añadir!
Eugenio-Jesús de Ávila
No recuerdo haberme enamorado de una mujer sin talento, ruda, masculina y rica. Me he enamorado poco, pero sin medida, a lo bestia, sin límite. Una mujer femenina, elegante, inteligente y hermosa me desmorona, me roba el cerebro, me hurta el ego, me vacía por dentro y me desalma. Cuando una dama me confiesa su amor, no me lo acabo de creer. Me parece que estoy protagonizando una película, que tendrá un final feo: ella me dejará y yo enloqueceré.
Supongo que ya no me queda nada que ofrecer a la sociedad en la que habito. Hasta ahora, solo he sido un mediocre más. No me distingo del resto de periodistas que trabajan por estos pagos. Solo un matiz: yo escribo lo que me da la gana y los demás, al dictado, según las directrices de los editores del medio en que desempeñen su labor. En el amor, me he comportado como un periodista libérrimo. Si le confieso a una mujer, mirándola a los ojos, a una cuarta de sus labios, que la amo, es que estoy escribiendo en mi periódico, en plena libertad, sin ocultar nada, sin autocensura.
Ahora bien, si en el periodismo lo he dado todo, si he volcado sobre mi periódico mi alma en tinta, en papel prensa, en el amor todavía me queda por dar la portada de mi vida, que, a cinco columnas diría: El editor de este periódico se ha enamorado locamente de una dama que también lo ama.
Y después me jubilaría de la profesión para amar eternamente. Ya sabes aquello tan barroco del polvo enamorado. ¡No tengo nada más que añadir!
Eugenio-Jesús de Ávila



















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