NOCTURNOS
Vivir para amar
No me moriré por amor, pero vivo para amar. Si no amo a una mujer siento que no existo, vida muerta, sin pasión. Si no amas, vives por inercia. Si no me perfumo todos los días con la esencia de la feminidad, me huele mal la vida, hiede.
Me nutro de la inteligencia femenina, de su elegancia, de su talento, de su seso. Me alimento de hedonismo recorriendo, uno a uno, los poros de una dama, cráteres liliputienses de los que emana la lava del deseo. Mis oídos buscan la voz de una mujer como sinfonía del hedonismo, sinfonía inacaba, que enlaza sonidos para enamorarme.
Me arrebata el alma la delicadeza de una fémina, sus gestos suaves, la ternura de su mirada, que, a veces, cuando ama, torna en voluptuosa; esa caricia con sus yemas en mis cejas, un beso dulce en la frontera de lengua, un abrazo apasionado que busco sellarlo con mi boca sobre su cuello, escuchar como pronuncia mi nombre, esculpido por la gubia de sus labios, debatir sobre el misterio del amor y el secreto que esconde entre sus ingles.
Y me estoy yendo y todavía disfruto con la belleza femenina como ante una obra de arte, que no me pertenece, pero me toca hasta la última célula de mi sensibilidad. La Gioconda no es mía. Pero la primera vez que la contemplé creí que ese gesto de sus labios susurraba mi nombre. A ti, dama del silencio, anhelo besarte una noche de luna llena cerca del Duero, mientras el búho juega con las sombras del bosque.
Eugenio-Jesús de Ávila
No me moriré por amor, pero vivo para amar. Si no amo a una mujer siento que no existo, vida muerta, sin pasión. Si no amas, vives por inercia. Si no me perfumo todos los días con la esencia de la feminidad, me huele mal la vida, hiede.
Me nutro de la inteligencia femenina, de su elegancia, de su talento, de su seso. Me alimento de hedonismo recorriendo, uno a uno, los poros de una dama, cráteres liliputienses de los que emana la lava del deseo. Mis oídos buscan la voz de una mujer como sinfonía del hedonismo, sinfonía inacaba, que enlaza sonidos para enamorarme.
Me arrebata el alma la delicadeza de una fémina, sus gestos suaves, la ternura de su mirada, que, a veces, cuando ama, torna en voluptuosa; esa caricia con sus yemas en mis cejas, un beso dulce en la frontera de lengua, un abrazo apasionado que busco sellarlo con mi boca sobre su cuello, escuchar como pronuncia mi nombre, esculpido por la gubia de sus labios, debatir sobre el misterio del amor y el secreto que esconde entre sus ingles.
Y me estoy yendo y todavía disfruto con la belleza femenina como ante una obra de arte, que no me pertenece, pero me toca hasta la última célula de mi sensibilidad. La Gioconda no es mía. Pero la primera vez que la contemplé creí que ese gesto de sus labios susurraba mi nombre. A ti, dama del silencio, anhelo besarte una noche de luna llena cerca del Duero, mientras el búho juega con las sombras del bosque.
Eugenio-Jesús de Ávila


















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