NOCTURNOS
Los feos también tenemos derecho a que nos amen
Pronuncia una mentira piadosa: dime que me quieres, que soy el hombre más elegante, culto, atractivo que conociste; de personalidad más definida, el amor de tu vida. ¡Por favor: miénteme aunque solo sea una miaja, cinco minutos! Después me iré. No te besaré, ni te asiré por la cintura. Solo te confesaré que eres mi diosa, que te adoraré hasta mi óbito e incluso más allá de la muerte.
¡Qué te cuesta hacerme feliz un instante! Soy un menesteroso de tu amor, solo del tuyo. Desprecio la caridad de otras almas femeninas eróticas. Ya sé que soy un hombre vulgar, burdo, sin clase… una cosa. Ni tengo patrimonio económico ni intelectual. Soy un don nadie al que ninguna mujer desea, incapaz de haber enamorado a una sola dama, ni hermosa ni de las del montón, un ser grotesco.
Voy pasando por la vida inadvertido, como si no hubiese existido, un vivir sin que nadie se dé cuenta, y aguardo una muerte sin esquela, sin dolientes, sin lágrimas, con plañideras que contratará el sepulturero.
Los feos también tenemos derecho a amar y ser amados. Y yo me enamoré de ti, de tu cuerpo sensual y de lo que se esconde detrás de la piel, por debajo de los huesos, quizá en algún baúl viejo del cerebro. Porque tú eres una mujer hermosa, culta, elegante y con derecho a seducir a cualquier hombre mejor que yo: atractivo, cultivado, admirado y selecto. Naciste para elegir. Y yo para la discreción propia del hombre reñido con la estética.
Los hombres físicamente desagradables e intelectualmente mermados también tenemos derecho a que nos amen. Despreciados por la estética, vivimos ocultos al placer, al erotismo, a la pasión.
Eugenio-Jesús de Ávila
Pronuncia una mentira piadosa: dime que me quieres, que soy el hombre más elegante, culto, atractivo que conociste; de personalidad más definida, el amor de tu vida. ¡Por favor: miénteme aunque solo sea una miaja, cinco minutos! Después me iré. No te besaré, ni te asiré por la cintura. Solo te confesaré que eres mi diosa, que te adoraré hasta mi óbito e incluso más allá de la muerte.
¡Qué te cuesta hacerme feliz un instante! Soy un menesteroso de tu amor, solo del tuyo. Desprecio la caridad de otras almas femeninas eróticas. Ya sé que soy un hombre vulgar, burdo, sin clase… una cosa. Ni tengo patrimonio económico ni intelectual. Soy un don nadie al que ninguna mujer desea, incapaz de haber enamorado a una sola dama, ni hermosa ni de las del montón, un ser grotesco.
Voy pasando por la vida inadvertido, como si no hubiese existido, un vivir sin que nadie se dé cuenta, y aguardo una muerte sin esquela, sin dolientes, sin lágrimas, con plañideras que contratará el sepulturero.
Los feos también tenemos derecho a amar y ser amados. Y yo me enamoré de ti, de tu cuerpo sensual y de lo que se esconde detrás de la piel, por debajo de los huesos, quizá en algún baúl viejo del cerebro. Porque tú eres una mujer hermosa, culta, elegante y con derecho a seducir a cualquier hombre mejor que yo: atractivo, cultivado, admirado y selecto. Naciste para elegir. Y yo para la discreción propia del hombre reñido con la estética.
Los hombres físicamente desagradables e intelectualmente mermados también tenemos derecho a que nos amen. Despreciados por la estética, vivimos ocultos al placer, al erotismo, a la pasión.
Eugenio-Jesús de Ávila

















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