NOCTURNOS
Cómo desperdirse de un amor
Lo confieso: prefiero que una mujer me diga adiós, me despida, antes de tomar yo esa triste decisión. Hacer sufrir a una dama me desmorona. Las lágrimas de una fémina me atraviesan la piel del alma. Ver llorar a una mujer me estremece, me causa enorme impotencia y me obliga a odiarme cuando he sido yo el protagonista de ese llanto.
Cuando una historia de amor o de sexo con una dama empieza a degenerar, a consumirme, a dejar de ser lo que soy, inicio una serie de actuaciones teatrales, en las que representó un papel en el que no creo. Finjo ser un tipo osco, poco cariñoso, limito la ternura, guardo silencios como si realizase ejercicios espirituales, entristezco, respondo con monosílabos, muestro aburrimiento, ni tan si quiera mantengo relaciones sexuales. Y, por mucho que te ame una señorita, no tendrá otra salida que irme diciendo adiós, con delicadeza, por teléfono, por whatsapp, por algún medio en el que no me pueda mirar cara a cara. Despedidas que nunca se cierran con un “no te amo”, sino con frases manidas, como expresando un desconcierto, algo inexplicable. Por mi parte, aceptó su adiós a distancia con un rictus de tristeza en la voz y un “no te merezco” y “has sido una gran mujer, pero yo atravieso un momento psíquico complicado”.
Y me voy sin aspavientos, sosegado, vencido por el amor, culpable del fracaso de nuestra relación. Y, si es posible, cuando volvamos a cruzarnos en algún bulevar de la vida, la saludaré, me detendré un instante y formularé las preguntas de siempre, como si ella y yo jamás nos hubiéramos besado, acariciado y alcanzado juntos el éxtasis, desnudos los cuerpos y desabotonadas las almas. Y, por su cumpleaños y Navidad, recibirá mi amable llamada deseándole lo mejor, larga vida y un beso fuerte.
Puedes calificarme de hipócrita, pusilánime, despreciable; pero no sé dejar de amar y demostrarlo con seriedad. Cuando se muere el amor, le aplico la eutanasia a mi alma.
Eugenio-Jesús de Ávila
Lo confieso: prefiero que una mujer me diga adiós, me despida, antes de tomar yo esa triste decisión. Hacer sufrir a una dama me desmorona. Las lágrimas de una fémina me atraviesan la piel del alma. Ver llorar a una mujer me estremece, me causa enorme impotencia y me obliga a odiarme cuando he sido yo el protagonista de ese llanto.
Cuando una historia de amor o de sexo con una dama empieza a degenerar, a consumirme, a dejar de ser lo que soy, inicio una serie de actuaciones teatrales, en las que representó un papel en el que no creo. Finjo ser un tipo osco, poco cariñoso, limito la ternura, guardo silencios como si realizase ejercicios espirituales, entristezco, respondo con monosílabos, muestro aburrimiento, ni tan si quiera mantengo relaciones sexuales. Y, por mucho que te ame una señorita, no tendrá otra salida que irme diciendo adiós, con delicadeza, por teléfono, por whatsapp, por algún medio en el que no me pueda mirar cara a cara. Despedidas que nunca se cierran con un “no te amo”, sino con frases manidas, como expresando un desconcierto, algo inexplicable. Por mi parte, aceptó su adiós a distancia con un rictus de tristeza en la voz y un “no te merezco” y “has sido una gran mujer, pero yo atravieso un momento psíquico complicado”.
Y me voy sin aspavientos, sosegado, vencido por el amor, culpable del fracaso de nuestra relación. Y, si es posible, cuando volvamos a cruzarnos en algún bulevar de la vida, la saludaré, me detendré un instante y formularé las preguntas de siempre, como si ella y yo jamás nos hubiéramos besado, acariciado y alcanzado juntos el éxtasis, desnudos los cuerpos y desabotonadas las almas. Y, por su cumpleaños y Navidad, recibirá mi amable llamada deseándole lo mejor, larga vida y un beso fuerte.
Puedes calificarme de hipócrita, pusilánime, despreciable; pero no sé dejar de amar y demostrarlo con seriedad. Cuando se muere el amor, le aplico la eutanasia a mi alma.
Eugenio-Jesús de Ávila



















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