NOCTURNOS
El pensionista erótico
Desconocía quién fue Schopenhauer y si Bach fue un músico o un jugador de fútbol alemán. ¡Qué más daba, si yo la quería! Yo me enamoré de mujeres hermosas y cultas, pero también de personas sin ambiciones por saber quiénes fueron los jacobinos y que es eso del comunismo y el puntillismo en pintura. Solo poseían un afán: amar y ser amadas. Y las amé sin pedir nada a cambio.
Ahora, cuando todavía sigo aprendiendo de la gente sin títulos universitarios, asumo que la cultura no seduce, que la educación, tampoco; que la elegancia se juzga y sirve de mofa; que la inteligencia carga y no enamora. En fin. Fracasé.
Me jubilaré a no tardar, pero hace algún tiempo que me convertí en un pensionista erótico. Puse punto final a mí vida por y para el amor. Decidí no volverme a enamorar. Hice propósito de la enmienda. Me arrepentí de haber amado con pasión, con demasiado énfasis, como si cada mujer que se cruzaba en mi camino, mereciera recoger todo el amor de vida hasta vaciarme, quedarme sin alma, convertido en un títere, en un Pinocho del amor. Me arrepentí de no haber amado a señoritas que me atraían como el hierro al imán. Lo que pudo haber sido y no fue. Ojalá fuese algún día.
Y, cuando noto que una dama me toca por dentro, hace sonar la lira de mi pasión, me alejo. Intento olvidarla, si bien, mantengo un cierto contacto, muy amistoso. Le doy los buenos días al alba, las buenas noches antes de conciliar el sueño, desde mi lecho sin nadie, con mi almohada pidiéndome un beso de despedida, como si me fuera a ir de madrugada
.
No quiero amar más, porque a mi edad sufrir por amor convoca a la tortura de la mente, a flagelarte con el cabello de esa mujer que deseas, a hacerte trampas con la belleza de su cuerpo, a colgarte del perfume de sus axilas y a desmoronarte si aparta su boca cuando te abalanzabas a robarle un beso.
No quiero más labios húmedos, ni más ingles abiertas, ni más senos desafiantes. Se me acabó el amor. He secuestrado a mi sexo. No pido rescate. Morirá de inanición porque no puede alimentarse del placer que le ofrecía tu cuerpo divino.
Eugenio-Jesús de Ávila
Desconocía quién fue Schopenhauer y si Bach fue un músico o un jugador de fútbol alemán. ¡Qué más daba, si yo la quería! Yo me enamoré de mujeres hermosas y cultas, pero también de personas sin ambiciones por saber quiénes fueron los jacobinos y que es eso del comunismo y el puntillismo en pintura. Solo poseían un afán: amar y ser amadas. Y las amé sin pedir nada a cambio.
Ahora, cuando todavía sigo aprendiendo de la gente sin títulos universitarios, asumo que la cultura no seduce, que la educación, tampoco; que la elegancia se juzga y sirve de mofa; que la inteligencia carga y no enamora. En fin. Fracasé.
Me jubilaré a no tardar, pero hace algún tiempo que me convertí en un pensionista erótico. Puse punto final a mí vida por y para el amor. Decidí no volverme a enamorar. Hice propósito de la enmienda. Me arrepentí de haber amado con pasión, con demasiado énfasis, como si cada mujer que se cruzaba en mi camino, mereciera recoger todo el amor de vida hasta vaciarme, quedarme sin alma, convertido en un títere, en un Pinocho del amor. Me arrepentí de no haber amado a señoritas que me atraían como el hierro al imán. Lo que pudo haber sido y no fue. Ojalá fuese algún día.
Y, cuando noto que una dama me toca por dentro, hace sonar la lira de mi pasión, me alejo. Intento olvidarla, si bien, mantengo un cierto contacto, muy amistoso. Le doy los buenos días al alba, las buenas noches antes de conciliar el sueño, desde mi lecho sin nadie, con mi almohada pidiéndome un beso de despedida, como si me fuera a ir de madrugada
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No quiero amar más, porque a mi edad sufrir por amor convoca a la tortura de la mente, a flagelarte con el cabello de esa mujer que deseas, a hacerte trampas con la belleza de su cuerpo, a colgarte del perfume de sus axilas y a desmoronarte si aparta su boca cuando te abalanzabas a robarle un beso.
No quiero más labios húmedos, ni más ingles abiertas, ni más senos desafiantes. Se me acabó el amor. He secuestrado a mi sexo. No pido rescate. Morirá de inanición porque no puede alimentarse del placer que le ofrecía tu cuerpo divino.
Eugenio-Jesús de Ávila

















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