Miguel A. Vegas
Viernes, 30 de Septiembre de 2022
ELECCIONES EN ITALIA

Italia: lecciones para el feminismo excluyente, la neoizquierda y el totalitarismo “Woke”.

[Img #70182]Acabamos de asistir a unas elecciones democráticas en un país importante de la UE y tanto antes como después, voces de alarma antifascista se han alzado para intentar, sin conseguirlo, que cundiera  el pánico.  Pero antes de ir a esa cuestión convendría intentar conocer por qué sucede en Italia lo que-una vez más- acaba de suceder.

Recordemos que antes de la II GM, Italia y Alemania tuvieron sistemas políticos similares: totalitarismo, líder carismático, partido único, fortaleza estatal, expansionismo belicista, nacionalismo exaltado y carencia de libertades. Por tal motivo-propiciado por el impulso democrático y reformador de las naciones aliadas vencedoras- sus sistemas políticos tuvieron que ser modificados radicalmente una vez derrotados. La respuesta política a su derrota supuso reformas importantes en ambos países, pero de diferente calado y protagonistas. Para Alemania, división del país entre los dos bloques, y sistemas políticos absolutamente divergentes. Y para Italia el inicio de un proceso de re-nacionalización, reagrupación territorial y construcción de conciencia de país que se realizó mediante un proceso constituyente supervisado, pero gestionado exclusivamente por políticos italianos que redactaron una Constitución y elaboraron un sistema político fuertemente parlamentarizado, con mecanismos electorales muy complejos.

Sirvieron además como fuentes auspiciadoras del cambio-por un lado- la reciente memoria histórica que sobrevolaba en el imaginario colectivo del pueblo italiano de las penosas y graves repercusiones que tuvo el periodo totalitario fascista y-por otro-la poderosa influencia de los partidos comunistas en la postguerra (en la RDA como partido único y en Italia el PCI como partido prominente).

Todos los partidos italianos relevantes en aquel momento (democristianos, socialdemócratas, liberales, comunistas y socialistas) abogaban por un buen sistema parlamentario, conscientes de los errores de fragmentación partidista e inestabilidad del sistema anterior que favoreció la degradación democrática, el advenimiento del fascismo y el partido único.

Por eso los constituyentes pusieron énfasis en adoptar una forma parlamentaria de gobierno con mecanismos que evitaran su degeneración…. aunque las pruebas y el devenir histórico en estos decenios demuestran que no lo lograron. Prácticamente desde sus inicios el sistema ha fallado y ha tenido fatales consecuencias: no ha conseguido estabilidad de los gobiernos, ni de los soportes parlamentarios y ni siquiera para el  propio sistema.

Su consecuencia más palpable y reconocible es la turbulencia, inestabilidad y poca duración de sus gobiernos, así como constantes y a veces traumáticas reformas constitucionales y cambio de leyes electorales. Todo ello ha significado que, para la Ciencia Política, el sistema italiano sea calificado como  “multipartidista fuertemente atomizado, muy inestable y particularmente complejo y extremo”.

Ello ha supuesto, prácticamente desde siempre,  la necesidad de fomentar coaliciones de gobierno muy precarias e inestables. A pesar de la  bipolarización inicial en torno a la Democracia Cristiana y al eje Comunista-Socialista, todas las legislaturas han sido difíciles, con gobiernos muy inestables y poco duraderos debido a la fragilidad de sus coaliciones y a lo variopinto de su composición (sirva de ejemplo que solo en las 9 primeras legislaturas se sucedieron más de 40 gobiernos diferentes de coaliciones normalmente encabezadas por la Democracia Cristiana y, algunas, por el Partido Socialista. O que la duración media de sus gobiernos sea de 18 meses).

Recordemos también que en los 90 el sistema colapsó por los problemas de corrupción generalizada en partidos e instituciones (escándalos de “Mani Puliti” y “Tangentópoli”). Desde entonces todos los esfuerzos políticos se centraron en reformas electorales y leyes de partidos, pensando que favorecerían la estabilidad y eliminarían la excesiva proporcionalidad. Pero se ha producido lo contrario:  cada vez mayor fragmentación (en algunas elecciones, más de 20 formaciones políticas diferentes, agrupadas en coaliciones variopintas y “multicolores”). La consecuencia final ha sido la práctica desaparición de los partidos tradicionales de gobierno u oposición (DC, PCI, PS) o que permanecen con peso anecdótico en el actual sistema de partidos. En este siglo la tendencia se ha ido agudizando, con la aparición de nuevos jugadores (nacionalistas, populistas, partidos-persona, etc.).

 En ese caldo de cultivo, con la desafección y hastío de los ciudadanos respecto a los partidos tradicionales- estigmatizados por la corrupción, los desvaríos y las traiciones entre ellos cuando se coaligaban- no es de extrañar que los populismos, nacionalismos y movimientos aglutinados alrededor de una  persona con tirón popular, hayan sido los nuevos protagonistas del panorama político italiano. Si a ello añadimos las incertidumbres económicas, el burocratismo de Bruselas y su exceso regulador, los problemas en las grandes ciudades con la integración de la inmigración ilegal, la presión de los nuevos lobbies, el activismo inmisericorde de las redes sociales y el permanente enfrentamiento Norte-Sur que ya forma parte de la idiosincrasia italiana, desembocamos en un panorama más que ideal para el resurgir de propuestas políticas cada vez más populistas y extremas.

 

Con esos antecedentes, todos los augurios, sensaciones y estudios demoscópicos vaticinaban que en estas elecciones habría un triunfo claro de la coalición populista de centro-derecha y ultraderecha. Y no tanto por sus postulados sino por la falta de respuestas o propuestas tanto desde los sucesivos gobiernos (hayan sido de izquierda, tecnócratas, de centro derecha o liberales) como desde la oposición, de la que tampoco emergieron alternativas creíbles, realistas y cercanas a sus problemas. Ni siquiera desde donde se esperaba que provinieran: el espectro de la izquierda. Algo que se está convirtiendo en habitual en toda Europa.

Tras este preámbulo para situarnos, y a la vista de que una mujer accederá por primera vez a la Jefatura de Gobierno en uno de los países más importantes del mundo, uno pensaba ingenuamente que las mujeres- en general- iban a celebrarlo…

Pues, amigos míos, parece ser que no. Mi gozo democrático y feminista, en un pozo. Para toda la ultra izquierda (utilicemos ya el término sin complejos), para el “progresismo” y para cierto feminismo, el hecho de que por primera vez una mujer acceda a la Jefatura de gobierno de un país de primer orden es una fatal y lamentable noticia. Según ellos, por un motivo anatematizador: es fascista.

Las más avezadas activistas del neo-feminismo objetan que ser mujer no conlleva estar del lado de las mujeres; ni significa que vaya a defender sus derechos (esos que en Europa ya tienen pero que tan fervientemente defienden).  Para el feminismo sectario, mujeres como Meloni en Italia o como Álvarez de Toledo en España, serían epítome y ejemplo de lo que “no debe ser“ una mujer desde su óptica de verdaderas adalides y luchadoras por su liberación. Es decir, las que ellas señalan como “de ultraderecha”, aunque sean independientes, formadas, exitosas y valientes, no son un buen ejemplo. No lo son, desde esa visión, porque rompen con el discurso mayoritario y ejemplifican ser independientes de criterio y carentes de sometimiento, no ya a los hombres sino-lo que es más peligroso para su causa-a las mujeres que creen estar en posesión de la verdad respecto a lo que es ser y sentirse mujer en el S. XXI (ya saben: diverxs, inclusives, empoderades….)
Aun no se han dado  cuenta de que muchas mujeres también quieren liberarse de la opresión del neo feminismo.

O sea, se presumen tan feministas y pregonan creer tanto en el poder transformador de la mujer… que no se alegran de que una de ellas “rompa el techo de cristal” accediendo al principal puesto político de uno de los países más importantes del mundo. Será que no gustan las mujeres valientes, comprometidas, luchadoras y con criterio propio. Las prefieren sometidas a su ideología y a sus mandatos. Pretenden liberarlas del heteropatriarcado y de hombres machirulos ....pero que se sometan al criterio y consignas de otras mujeres.

Derivado de este pensamiento hemos llegado a leer y escuchar en estos convulsos y confusos tiempos opiniones tan tajantes y excluyentes como que el triunfo de esta mujer no es un palpable ejemplo de “empoderamiento” y consecución de logros femeninos y feministas. A mayores, niegan su validez, minimizan o ridiculizan su éxito e insultan a los millones de mujeres que la han votado ya que, para esas otras mujeres, esas votantes son tontas y no merecen respeto.
Puestos así ¿por qué no ir más allá?  Quítenles a las mujeres de derechas hasta el derecho de creerse mujeres, ya que-según lo más “woke”- son fascistas antes que mujeres (curiosamente este tipo de comportamiento no sucede cuando se ubican en el extremo opuesto del espectro político).

El viejo lema del feminismo de la segunda ola “Mujeres al poder” parece que ya no vale. ¿O en realidad sus proclamadoras querían decir: “mujeres  (que comulguen con nuestras ideas) al poder”?

Hemos captado el mensaje.  Lamentáis que una mujer haya obtenido libre, mayoritaria y democráticamente la opción de ser Primera Ministra en un país reconocible en el mundo occidental precisamente por tener uno de los mayores índices de poder masculino (por no decir heteropatriarcal). Es más, la odiáis porque es una ultra (pero de derecha). La denostáis por estar orgullosa de su país y de sus raíces culturales. Os abonáis al estúpido y volátil criterio de demonizarla, cuando a cualquier otra política ultra (pero del signo contrario) sí la consideráis aceptable, correcta, incluso chuli. Y-por supuesto- verdaderamente empoderada. Incluso si todo lo que hubiera logrado fuera por la cuota o gracias a un hombre. Eso lo perdonáis o lo justificáis.

Todas  y todos los que así os pronunciáis ¿sois conscientes de que vais en la misma línea de lo que sucede en algunas partes de Italia (como Pescara) o de muchos “italianos de segunda y tercera generación” que la lapidarían por el simple hecho de ser mujer, por ser “nazrani” o por el atrevimiento de querer gobernar.? (¡ es muy fuerte!). Cuesta creer que vayáis en esa línea, aunque leyendo y oyendo comentarios estos días uno llega a asustarse.

Así que,entendido. En vuestro argumentario, tener presuntamente una ideología de “ultraderecha” no sólo descalifica para acceder al poder-habiendo sido elegida democrática y libremente por una gran mayoría- sino para ejercer de mujer. Alucinante.

En Europa hay muchas personas que, viniendo de postulados de izquierda y creyendo en sus valores, luchamos por las mejoras de nuestras sociedades y por extender las libertades en nuestros países, pero que asistimos  horrorizados a la deriva de izquierda postmoderna.   Ciudadanos demócratas alucinando con esta neoizquierda constructora de colectivismos que pretende enganchar a los ciudadanos en luchas de identidades, con  ficticios enfrentamientos, propuestas sin altura de miras y  totalmente “woke” (¡ sí, sí! muy despiertos y alertas ante todo lo que se salga del pensamiento que se quiere imponer, cual nuevos inquisidores).

Observamos desmotivados la escasez de  discurso y el exceso de relato de una izquierda cada vez más intrascendente y desnortada que se apunta a cualquier causa que crea le puede aportar rédito.

 Se ha perdido el aura, el interés y la credibilidad.  Un neomarxismo (“socialismo del siglo XXI“ lo llaman)  camuflado en Frentes, Mareas, Plataformas, Movimientos y Olas cuyos protagonistas viven tan de espaldas a la realidad de los problemas de la gente que la gente también les da la espalda. Con tanta soberbia intelectual y escasez de currículo vital que son incapaces de hacer reflexión y autocrítica. Cual nueva religión sectaria, quien se oponga o discrepe será calificado de “negacionista”, “facha” o “fóbico”, como antes se tachaba de hereje a quien estuviera contra la verdad establecida o revelada.

Son más conservadores y rancios de lo que ellos creen y sus comportamientos están más cercanos a lo que toda la vida ha sido considerado como tal. 

¿Este izquierdismo no se da cuenta de que cada vez es más rechazado por la gente progresista. Cree de verdad que el fascismo está redivivo? ¿es posible que tantos ciudadanos, y en tan diferentes países, sean fascistas porque no les votan? ¿Todos fascistas, menos vosotros?

Sin autocrítica mientras se constata, país tras país y elección tras elección, que la gente (esa a la que tanto dicen defender y representar) les da la espalda ¿van a seguir rodeando los parlamentos cuando sus resultados electorales son insatisfactorios? ¿van a promover comportamientos fascistas, soterrados como “alertas antifascistas”?

Despachar con tanto simplismo la situación que acabamos de constatar en Italia (y antes en Hungría, Polonia, Francia, Dinamarca, Países Bajos, Suecia o nuestro propio país) no deja de ser un signo más de que falta criterio en el análisis. O que sobra sectarismo. Porque seguir calificando como “ultraderecha” a cualquier idea o comportamiento electoral que difiera del de los autodenominados “progresistas”, además de simple, es bobalicón. Y nada creíble.

Porque ya  no es un hecho excepcional que clases medias, electores de extracto obrero y los más desfavorecidos opten por candidatos y partidos totalmente alejados de los que tradicionalmente se han arrogado su representación. Pero la respuesta habitual de estos soberbios intelectuales y de sus más fieles seguidores es calificar a esas mayorías como “tontos” (ya saben, el manido lema de que “no hay nada más tonto que un obrero votando a la derecha”. Como si lo contrario, a la vista de los resultados históricos, no lo fuera más aún).
 

Ciertos políticos, muchos sociólogos, algunos significados  politólogos  y periodistas lo vienen advirtiendo desde hace tiempo, pero el buenismo imperante y la nueva religión “woke” enseguida saltó a estigmatizarlos.

La deriva ha ido in-crescendo y una gran parte de la ciudadanía ya no aguanta más.

 

No señores, no. Los que no siguen vuestros dictados, ni comulgan con vuestras propuestas y deciden no votaros no son nazis, ni fascistas, ni franquistas,  ni ultraderechistas. Simplemente están “hasta los huevos”.

La inmensa mayoría somos ciudadanos  honrados, esforzados cumplidores,  cansados, hastiados y algunos hasta temerosos. Muchos creímos en las propuestas de progreso e igualdad del universo social-comunista. Pero la deriva ideológica y las propuestas peregrinas nos ha traído hasta la situación actual por mirar hacia otro lado, tapar los problemas, estigmatizar al que denuncia, ser tolerantes hasta lo indecible e insoportable, aguantar con impuestos excesivos para mantener a la clase política y mantener una ingente cantidad de subvencionados por las arcas públicas (es decir, por nuestro dinero).
 

Eso, entre otras cosas, puede explicar el declive político de los Partidos Socialistas en Europa (especialmente en Francia, Grecia e Italia, prácticamente desaparecidos) por no hablar del derrumbe de los Partidos Comunistas.

 

Sí, amigos; todo esto representa un caldo de cultivo ideal para el populismo de ambos signos que no se supera con lemas, frases y alertas sino con acciones y propuestas realistas y cercanas a nuestros problemas.

Despachar todo este sentir ciudadano tan complejo con el término despectivo “ultraderecha”-como se viene insistiendo desde toda la corriente progre europea-demuestra ser una simpleza y una torpeza que terminaremos pagando en pocos años. La vieja Europa morirá de tontería y de falta de reacción fagocitada por el monstruo que ella misma alimentó.

¿No lo veis? ¿No percibís aún que las clases humildes, los desfavorecidos, los ciudadanos de clase media o los currantes de todos los sectores no son ya patrimonio irreductible de la izquierda? ¿No os dais cuenta de que los sindicatos de clase ya no se representan más que a sí mismos y a sus liberados? ¿Qué más necesitáis para constatar que las calles,  manifestaciones y el rechazo a las élites dirigentes se promueven con tanta o más fuerza, dignidad y legitimidad desde otras posiciones políticas? ¿Aun no os habéis enterado de que la pancarta, la asamblea, el “piquete informativo” o la intelectualidad ya no son patrimonio exclusivo vuestro? La realidad ya es otra.

 

Una realidad constatable y repetida elección tras elección: los conocidos como “zonas, barrios o cinturones rojos “ eran, hasta hace unos años, electoralmente dominados por partidos representantes del izquierdismo. Se han ido transformando en zonas de acogida y diversidad que- lejos de integrar- se han desintegrado porque, en muchos casos, han perdido la identidad del propio país. Y en ellas ya no se os vota porque no les representáis.
Los franceses, daneses, holandeses, polacos, españoles, alemanes y ahora italianos lo están viendo (y en muchos casos sufriendo) porque no solo ha desaparecido el comercio tradicional o las familias  que se desarrollaron en esos barrios, sino que-desgraciadamente- lo que más ha desaparecido ha sido la propia ley o las fuerzas del orden, sustituidas en algunos casos por clanes, bandas juveniles o “guardianes de las buenas costumbres”.
?
Las realidades de estas zonas en el corazón de muchos de nuestros países  no son las que disfrutan las élites de políticos atrincherados en sus burbujas parlamentarias bien surtidos de prebendas y asesores (“casta”); ni los votantes que no tienen que convivir diariamente con los destrozos socio-económicos y convivenciales de políticas excesivamente aperturistas, generosas en el gasto y garantistas implantadas en los últimos años. Esas de las que se benefician unos cuantos de esos barrios pero que también las padecen muchos más en esos mismos barrios periféricos, zonas obreras o pueblos fuera del entorno de las capitales o de las zonas confortables en las que vivís vosotros.

 

Hay que estar muy ciego para no admitirlo. Insistid en caducos lemas y frases pancarteras mientras la realidad os barre. Seguid en esa línea y el barrido será histórico y monumental. Mientras se sigan desarrollando teorías y políticas cada vez más alejadas de los problemas reales os seguiréis preguntando por qué la gente no os sigue ni os vota. Y seguiréis respondiendo: “porque son tontos”. Cero autocrítica hasta la desaparición.

Ahí está el ejemplo del Partido Socialista Italiano o del otrora poderosísimo PCI, que tan influyente fue entre la intelectualidad, la clase media y los trabajadores italianos. Desaparecidos.

Quizás la respuesta la gritasteis hace unos años muchos de vosotros, pero dirigida a otros. Parafraseemos vuestro conocido acertado y exitoso lema:

 “No nos representáis”.

 

Miguel A. Vegas

Ciudadano

 


 

 

 

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