NOCTURNOS
Mujeres con duende
Ahora que me queda una cuesta empinada, la de la vejez, para llegar a la meta, me ha dado por mirarme dentro, en el baúl de la memoria, en el armario de los recuerdos. Quiero encontrarme a mí mismo, saber, verbigracia, por qué amé a tan pocas mujeres, si me gustaron tantas; cómo me enamoré en contadas ocasiones, si conocí a féminas tan bonitas como elegantes.
Hubo en mi vida, damas con ángel, a las que quise, con las que gocé intensamente. También señoritas y señoras con musa, que me entendieron y comprendí, a las que amé desde fuera. Pero solo me enamoraron las damas con duende que, en definición de Lorca, “es un poder y no un obrar, es un luchar y no un pensar; el duende sube por dentro desde las plantas de los pies”. Amé, profundamente, a esas damas con duende, ignorantes de que lo llevaban en su sangre, que circulaba por sus venas y sus arterias y asomaba a sus hermosos rostros. Esas chicas con duende ya no están en mi vida. Las recuerdo.
Quizá ningún hombre, de esos que compartieron sus vidas, reconociese el duende en esas mujeres que amó, conoció, quiso. Varones que se volverían locos por amasar y succionar sus senos, penetrar sus gineceos, gozar dentro de sus cuerpos. Pero su incultura sensual, lírica e incluso sexual, les impidió deleitarse con el duende que esas mujeres contenían en sus esencias.
A las mujeres con ángel, las quieres, pero no las amas, porque no transmiten, no manchan, no emocionan. Te gustan. Están en tu vida un tiempo, pero se disuelven, se licúan, se terminan,
A las señoritas con musa, las tratas, parece que te enamoras, pero solo es deseo. No son más que una inspiración en un momento lírico, como esa nube enlutada que descarga lluvia negra en cinco minutos, después lanza relámpagos, truena y se la devora la atmósfera.
Me enamoré de mujeres que guardaban el misterio del duende, canto que alumbraba sus miradas, esculpía el tono de sus voces y acariciaba mis tímpanos y amé a damas que me quitaron el miedo a la muerte. Después de tanta pasión, la vida carece de secretos que descubrir.
Eugenio-Jesús de Ávila
Ahora que me queda una cuesta empinada, la de la vejez, para llegar a la meta, me ha dado por mirarme dentro, en el baúl de la memoria, en el armario de los recuerdos. Quiero encontrarme a mí mismo, saber, verbigracia, por qué amé a tan pocas mujeres, si me gustaron tantas; cómo me enamoré en contadas ocasiones, si conocí a féminas tan bonitas como elegantes.
Hubo en mi vida, damas con ángel, a las que quise, con las que gocé intensamente. También señoritas y señoras con musa, que me entendieron y comprendí, a las que amé desde fuera. Pero solo me enamoraron las damas con duende que, en definición de Lorca, “es un poder y no un obrar, es un luchar y no un pensar; el duende sube por dentro desde las plantas de los pies”. Amé, profundamente, a esas damas con duende, ignorantes de que lo llevaban en su sangre, que circulaba por sus venas y sus arterias y asomaba a sus hermosos rostros. Esas chicas con duende ya no están en mi vida. Las recuerdo.
Quizá ningún hombre, de esos que compartieron sus vidas, reconociese el duende en esas mujeres que amó, conoció, quiso. Varones que se volverían locos por amasar y succionar sus senos, penetrar sus gineceos, gozar dentro de sus cuerpos. Pero su incultura sensual, lírica e incluso sexual, les impidió deleitarse con el duende que esas mujeres contenían en sus esencias.
A las mujeres con ángel, las quieres, pero no las amas, porque no transmiten, no manchan, no emocionan. Te gustan. Están en tu vida un tiempo, pero se disuelven, se licúan, se terminan,
A las señoritas con musa, las tratas, parece que te enamoras, pero solo es deseo. No son más que una inspiración en un momento lírico, como esa nube enlutada que descarga lluvia negra en cinco minutos, después lanza relámpagos, truena y se la devora la atmósfera.
Me enamoré de mujeres que guardaban el misterio del duende, canto que alumbraba sus miradas, esculpía el tono de sus voces y acariciaba mis tímpanos y amé a damas que me quitaron el miedo a la muerte. Después de tanta pasión, la vida carece de secretos que descubrir.
Eugenio-Jesús de Ávila

















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