NOCTURNOS
Amar y sufrir
A todas y todos, y también, creo, a todes, nos gusta sentirnos queridos, amados. Me encantaría que una mujer hermosa, bonita, inteligente como tú, se enamorase de mí. Después nos amaríamos. Quizá yo te querría más que tú a mí. No me gusta ser el último entre dos. En serio, te has preguntado por qué te deleita, ahora y siempre, antaño y hogaño, que se enamoren o enamorasen de ti. Te cuestionas por las razones que un hombre te amase, te ame y te amará. Establece una jerarquía de tus atractivos. No necesito que me cuentes cómo te quedó esa taxonomía. Tal clasificación forma parte de tu intimidad.
Como la soledad, la fémina con la que comparto vivienda y vida, no suele pronunciarse, apenas habla, no me molesta cuando me da por pensar. Y yo me hago muchas preguntas, más cuando las avecillas silencian sus trinos y la luna y los búhos juegan a esconderse de las sombras. Y, en la pasada madrugada, antes de despedirme de la almohada, me dije: “¿Por qué me gustaba tanto que una mujer, cuanto más hermosa mejor, me mirase, fijamente, a los ojos; me sonriera mientras sus labios formaban un corazón, y se enamorase de mi persona?”
No me conformé con una sola cuestión y seguí inquiriéndome: ¿Cómo me sentiría si ninguna fémina, a lo largo de mi longeva vida, me hubiese amado?” ¿Qué siente una persona, hombre o mujer, si nunca nadie le susurró un te amo, un te quiero; si jamás enamoró a nadie, ni guapo ni guapa, ni inteligente ni mediocre?
No sé si sería el mismo hombre sin haber enamorado a una mujer, sin haberme sentido amado, querido, mimado. Asumo que el desamor duele, a veces, demasiado, pero no hay morfina que mitigue semejante suplició en los adentros. Prefiero amar aun sufriendo, que ignorar ese sentimiento que todos, todas y todes merecen disfrutar. La vida duele, la muerte, no.
Eugenio-Jesús de Ávila
A todas y todos, y también, creo, a todes, nos gusta sentirnos queridos, amados. Me encantaría que una mujer hermosa, bonita, inteligente como tú, se enamorase de mí. Después nos amaríamos. Quizá yo te querría más que tú a mí. No me gusta ser el último entre dos. En serio, te has preguntado por qué te deleita, ahora y siempre, antaño y hogaño, que se enamoren o enamorasen de ti. Te cuestionas por las razones que un hombre te amase, te ame y te amará. Establece una jerarquía de tus atractivos. No necesito que me cuentes cómo te quedó esa taxonomía. Tal clasificación forma parte de tu intimidad.
Como la soledad, la fémina con la que comparto vivienda y vida, no suele pronunciarse, apenas habla, no me molesta cuando me da por pensar. Y yo me hago muchas preguntas, más cuando las avecillas silencian sus trinos y la luna y los búhos juegan a esconderse de las sombras. Y, en la pasada madrugada, antes de despedirme de la almohada, me dije: “¿Por qué me gustaba tanto que una mujer, cuanto más hermosa mejor, me mirase, fijamente, a los ojos; me sonriera mientras sus labios formaban un corazón, y se enamorase de mi persona?”
No me conformé con una sola cuestión y seguí inquiriéndome: ¿Cómo me sentiría si ninguna fémina, a lo largo de mi longeva vida, me hubiese amado?” ¿Qué siente una persona, hombre o mujer, si nunca nadie le susurró un te amo, un te quiero; si jamás enamoró a nadie, ni guapo ni guapa, ni inteligente ni mediocre?
No sé si sería el mismo hombre sin haber enamorado a una mujer, sin haberme sentido amado, querido, mimado. Asumo que el desamor duele, a veces, demasiado, pero no hay morfina que mitigue semejante suplició en los adentros. Prefiero amar aun sufriendo, que ignorar ese sentimiento que todos, todas y todes merecen disfrutar. La vida duele, la muerte, no.
Eugenio-Jesús de Ávila

















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